La estética de la contemplación, con ser paradigmáticamente
religiosa en el sentido estricto y más elevado del término, es eminentemente
afirmativa. La conciencia religiosa, no obstante ello, en cuanto a sus expresiones concretas, es profundamente
antinómica. La batalla monumental entre el bien y el mal, entre el mundo caído
y enfermo y las alturas ideales de su ser reintegrado, se desata y arrastra los
elementos mundanales en el torbellino universal de la conflagración.
La belleza de
la contemplación, tratada en estos ensayos por nuestro autor, se basa en una
estética común, ya desarrollada en su obra: ésta es la estética de
la ruptura. Ruptura que es interrupción, no es huida sino liberación, en un situarse
un poco más acá de todo conflicto y determinación. Interrupción que, en sentido
estricto, ni afirma ni niega, sino más bien se substrae a toda forma de ser
modalizado, permaneciendo en esencia otra cosa, por completo distinta de lo que
nos enseña la experiencia de nuestra dinámica cotidiana. En tanto tal,
justifica la vida y el mundo, sin mencionarlos, colocándose sobre ellos, pero no
por donde pudiera dominarlos o juzgarlos, sino en un más acá de la distinción,
hacia las formas integrales, incontaminadas, del mundo (lógicamente) anterior a
la consistencia de las cosas en su realidad y determinación:
En la teología hudsoniana
la creación entera guarda la felicidad sagrada del origen, donde ningún tipo de
especulación metafísica ya es posible: el cardenal es el primer cardenal, y el
ombú del caserío el primero de los ombúes. Parece como si Hudson en sus libros
nunca se hubiera enterado que la creación está dañada por el pecado del hombre
y por su vanidad. En su teología, la Creación no gime esperando su fin, sino que alaba
por el estado actual en que se despliega, virgen y perfecta.
Nuestro autor contrapone, con mucha razón, la inteligencia instrumental, producto occidental,
orientada hacia la explotación práctica de los objetos del mundo circundante[1],
con la contemplación que se delecta, a través de la belleza de lo sensible, en
el misterio revelador subsistente en el mundo de las formas. Revelación
inteligible del ser misterioso de las expresiones sensibles, maneras incompatibles
de orientarse el ser inteligente hacia su objeto. La primera, eminentemente
práctica y utilitaria, despuntó en Occidente con el alba de la Modernidad en el Renacimiento. La segunda, predominantemente tradicional, más allá del velo de
realidad que encubre el ensueño empañado de rocío un paisaje misterioso del Oriente profundo, se eleva a la forma sublime de la plegaria:
En una ocasión, escuche
decir a un sacerdote que una de las maneras mas sencillas de contemplar y de
rezar, consiste en nombrar a los pájaros que se nos aparecen cuando caminamos:
aquel es un jilguero, aquella una calandria, el prepotente canto que viene de
la cima pertenece a un benteveo, el que camina graciosamente, cómo yéndose a
caer es el hornero.
La profundidad
de la crítica que delinea una nítida y particular orientación religiosa y
estética, se torna inquietante cuando el trabajo de Ezequiel Ambrustolo se
ocupa de la crítica histórico-social de nuestra civilización. Es en este punto
donde se vuelve particularmente patente que los Ensayos sobre Hudson no son más que una excusa, en todo caso, no
más que una ocasión afortunada que permite vertebrar una mensaje que se nos
antoja ya como urgente. La dinámica de nuestra cultura se precipita
aceleradamente hacia un abismo de deshumanización y de barbarie, pareciera decírsenos.
La inteligencia instrumental, los progresos técnicos, la ultraespecialización
disciplinar conjuntamente con la funcionalización de la persona configuran un
panorama tenebroso donde se esparce la imagen de lo humano desintegrado. No
obstante ello, la crudeza del diagnóstico no deja perder de vista la etiología
espiritual, a manera de causalidad profunda, de una decadencia que parece ya
irreversible, vislumbrando, sin mucha esperanza, la posibilidad de una
terapéutica adecuada a la especificidad de la patología.
Quisimos dejar
simplemente constancia de las riquezas de abordajes alternativos y no
excluyentes a que se prestan los Ensayos
sobre Hudson de Ezequiel Ambrustolo; el lector cuidadoso sabrá encontrar
otros muchos e incitantes motivos de reflexión en una obra que, más allá de la
prosa cuidada, la palabra clara y la brevedad del conjunto, se encuentra
grávida de una gran riqueza e intrínseca complejidad sugestiva. El gusto que
nos deja tan bella obra, paradójicamente, es el deseo de abandonar un rato la
lectura, contemplar la naturaleza, donde la divinidad tejió con esmero el
sagrado vestido superficial de las cosas, vestido que es al mismo tiempo velo, que a
un tiempo oculta y manifiesta un símbolo cuyo mensaje no podrá ser contenido en
palabras:
No conozco mejor
argumentación de porqué siempre es más grato vivir que leer. La de Hudson es
una vida dedicada a la lectura del paisaje, consagrada a cantar y salmodiar ese
libro de horas infinito que es la naturaleza, el mejor regalo de Dios a los
hombres, de un Creador que es, sin dudas, el mejor de todos los poetas.
[1] Esta es la clave del famoso aserto de Francis Bacon: “a la
naturaleza se la somete obedeciéndola” esta es, una inteligencia que se eleva
hacia el saber, para ejercer el dominio sobre lo natural, desde entonces
desnaturalizado por el designio inteligente de su explotador.

donde se consigue ese librito? Otro Ezequiel, también escribió sobre Hudson. Martínez Estrada.
ResponderEliminarGracias por la data, Ezequiel. Te dejo el enlace de un blog donde podrás contactarte con el autor del libro reseñado. Un saludo. http://elblogdelamanuense.blogspot.com.ar
Eliminar