domingo, 29 de diciembre de 2013

ACELERACIONES HISTÓRICAS


Lo que mató a Kennedy
no fue el plomo o el acero de la bala,
sino... su velocidad

Raymond Panikkar


La historia, como articulación cultural diferenciada de la dinámica natural, en tanto expresión diacrónica de un proceso, también presentará, como la naturaleza que la funda, una diversidad de ritmos correlativos. Instancias de despliegue y retorno, el círculo se cierra sobre el comienzo, pero un poco más acá, o más allá, continúa el proceso, en lo que se incluye, dentro del ciclo, una dinámica lineal sin involucrar ruptura en su desarrollo.
Del mismo modo que el golpe de un látigo, los sucesos históricos, sea de la importancia que fueren, presentan sus períodos de gestación, contracciones enérgicas y repentinas sacudidas de un ímpetu que se ha ido gestando en las entrañas ocultas, pero perceptibles para la visión escrutadora y esclarecida. La historia, por lo demás, junto a sus partos, también presentará sus abortos. Y es que los sucesos, desde la base energética que contiene toda tendencia a la acción, se desatan, se asocian los coordinables, se chocan entre ellos, dando lugar, muchas veces, a un todo neto orientado hacia una forma inestable, un organismo inviable de vida corta, llamado a representar en el teatro de la historia no más que un ser transicional, entre formas societarias señaladas para ser más estables. 

Cada época histórica presentará, en función de la transformación contextual de sus variables epocales, una diferencia intrínseca más o menos marcada con las precedentes. Estas variaciones en el medio modelan e imponen la materia de tipos humanos variables, modificando al mismo tiempo sus posibilidades de desarrollo, correlativas a los medios disponibles para su acción.
Para Ortega cada generación que entraba en la vida de la historia traía consigo una impronta personal que señalaba el destino que venía llamada a cumplir. Del conflicto entre las generaciones coexistentes en los mismos períodos epocales surge una tensión, la tensión que tensa el arco vital y que dispara la historia.
Ahora bien, ¿cuál es el período que marca una generación? En términos generales podemos definir una generación como aquella camada de individualidades modeladas bajo el mismo clima de época y que dispone de medios similares para su desenvolvimiento. En función de ello, las diferencias entre las generaciones serían, en principio, mayores o menores. Ahora bien, es el caso que la historia presenta sus ritmos de variación, y si la ruptura cultural verificada en rasgos temporales objetivamente idénticos se acentúa, el tiempo histórico se acelera y este proceso se acentúa, decimos, con la técnica.
La técnica acelera el tiempo, porque dota a los organismos de miembros artificiales para su acción de transformación del medio vital. Y si el lapso de transformaciones efectivas se contrae, la identidad epocal se disgrega en períodos cada vez menores. Las generaciones se multiplican pudiendo verificarse, con cierta facilidad hoy, diferencias ciertas entre las generaciones de los nacidos en los 70, con la de los que somos nacidos en los 80 y, al mismo tiempo, de la nuestra con la del 90. En cada caso, pareciera, la continuidad temporal se fragmenta y la cualidad deja el lugar a una serie de incrementos cuantitativos unívocamente direccionados.
Y es que la técnica no solamente acelera el tiempo, sino que también lo direcciona. El influjo técnico depende de variables sociales lo que a su vez influirá en el modo en que se privilegien las ciencias, en virtud de su utilidad tecnológica. El capitalismo burgués transformó el concepto de la teoría, eminentemente contemplativa de los griegos, en acción práctica intelectualmente medida que, para resultar efectiva, requería de articulaciones conceptuales. Bajo este molde se forja el triunfo de todo un nuevo tipo humano, hombre hábil, pero miope, utilitario pero sin profundidad ni vuelo.
Ya Hegel, en su Filosofía del derecho, había notado que el trabajo, transformando una materia natural y exterior, transforma al mismo tiempo al hombre que la modela. Por una dialéctica misteriosa, todo aquello que el hombre objetiva, queriendo con ello ejercitar su dominio, lo somete; y es así que nuestro mundo, transformado en un inmenso mecanismo de desenvolvimiento inercial, generará un nuevo tipo humano, cada vez más adaptado a un medio progresivamente más complejo, tornándolo con ello en un ser cada vez menos libre, en tanto fragmentado en un tiempo profundamente acelerado.
Y es que la aceleración del tiempo, lejos de lo que pudiera llegar a creerse siguiendo las consideraciones con que principiamos nuestro trabajo, en lugar de acentuar las rupturas generacionales al fragmentar la temporalidad en instantes en rapidísima fuga, producirá –contrariamente– una homogeneización de las personalidades en la medida en que las experiencias no tienen el tiempo de ser asimiladas y madurar al hombre que las vivencia, condición necesaria para ingresar a la vida adulta. La dispersión etárea de nuestras sociedades es, quien lo duda, inmensa, quizás mayor que en ninguna otra época; pero los modos de vida se emparientan: tanto el joven como el viejo se parecen cada vez más, y es que ni uno ni el otro son lo que sus años harían prever: ambos, con aptitudes y disposiciones variables, disgregados y modelados artificialmente bajo el mismo molde, regido por principios mecánicos autonomizados y ciegos, se precipitan en los derroteros históricos sin comprensión ni reflexión del papel que vienen llamados a representar.
De cuatro capítulos básicos se compone la desnaturalización y alienación de la persona humana en nuestras sociedades. Capitalismo con su afán productivista, burguesismo con su afán de vida cómoda y consumista, nutrirán a la técnica que, arrastrando al hombre que la crea acelerará una historia ya inhumana, y la especialización que fragmenta al individuo convirtiendo su misma alma en un instrumento más. Desde entonces, la carne humana y sus huesos serán un engranaje más, una rueda ciega socialmente aceitada, llamada a aplastar sin consciencia los cráneos de todos aquellos que se detengan, siquiera un segundo, a razonar qué estamos haciendo de nuestro mundo, por demás tan bello.


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