Vivimos en una época en que ni se ama la verdad ni se la busca; la verdad es, cada vez más frecuentemente, reemplazada por el interés, y la utilidad, por el deseo de poder. La desafectación hacia la verdad se manifiesta, no sólo en una actitud nihilista o escéptica respecto a ella, sino también en su sustitución por esta o aquella creencia dogmática, en nombre de las cuales se admite la mentira y se la considera, no como un mal, sino como un bien.
Con este inquietante diagnóstico comenzaba Nicolás Berdiaev el libro Reino del espíritu y reino del César, su testamento filosófico, documento final de la profusa obra, en gran parte ignorada, de uno de los mayores pensadores del siglo XX. La verdad, que se encuentra llamada a redimir y a vencer al mundo, aquella que integrada por el alma la transfigura emancipándola de toda forma deficiente de servidumbre, el único valor que (en tanto condición de posibilidad de todos los demás) dignifica a la persona elevándola a la libertad, esta verdad se encuentra de hecho falseada. No se trata de que a la verdad no se la busque; sino que ocurre que esta bella y delicada soberana, desplazada de su trono un tanto inaccesible, se encuentra mancillada y en nombre de ella se termina honrando en realidad a cualquier bufón del reino. Este es el diagnóstico crudo de una época sórdida, con que comienza la obra del expatriado filósofo ruso.
Y bien, si esto era verdadero en la época de nuestro autor, ¿qué podríamos afirmar, con certeza, de nuestro propio tiempo? Lo cierto es que, si bien en esta época los métodos falseadores o impostadores de la verdad han experimentado cierto refinamiento, bien podríamos brindar una sentencia similar a la de Berdiaev en los inicios del pasado siglo. Ahora bien, en este contexto, nos urge más que nunca replantear la vieja problemática: ¿qué significa ser filósofo? Si en general ocurre que no se ama ni se busca la verdad, empeñarse en hacerlo ¿no es contentarse en ser un desconocido o ser crucificado en o junto a ella? Pero este nuestro presente ¿no fue la realidad misma de todos los pasados y de los correlativos futuros que gradualmente se han ido actualizando? Ha habido un filósofo, también ignorado, pero lo suficientemente agudo para reconocerlo y firmar así sus obras de este modo: El filósofo desconocido.
Este sabio hombre era consciente de que venía a representar un pensamiento, que era en realidad el verdaderamente olvidado (y no tanto su propia persona); y la actitud que le corresponde a dicho pensamiento es la del pensamiento puro, que se esfuerza -con todas las facultades y energías del alma- por elevarse a la idea y a la forma íntegra. La cual representa a aquella filosofía perenne, que no tiene un marco histórico que la limite, y que es capaz al mismo tiempo de abstraerse a toda modalización o determinación temporal; y que procura elevarse hacia la cima misma supraesencial de aquel arquetipo en que convergen (transfiguradas) las expresiones mundanales de la verdad; redimiendo, de este modo, al hombre caído en su esencia y sustancialidad.
Y es que, fuera de lo que pueda llegar a creerse, no son solamente algunos filósofos los ignorados, sino la Filosofía misma -con todo el peso tradicional que la palabra contiene-. Ante el frío aterrador de un paisaje desolado, la caricatura usurpa el puesto de la realidad y las marionetas todas se apretujan en derredor de su simulacro espurio. Ser un filósofo, un amante de la verdad, ha de ser hoy (más que nunca) estar dispuesto a ser un guerrero de la misma; no un luchador embanderado en seguridades dogmáticas o en prejuicios y vanguardias de moda, sino más bien ser un hombre dispuesto a atravesar virilmente el gran campo ruinoso de nuestra civilización agotada, cuyos cielos -alumbrados por los fulgores siniestros de una sorda conflagración- iluminan todo el heroísmo contenido en el caos suscitado por la propia guerra interna. Ser un Filósofo es estar dispuesto a aventurarse tras el derrumbe y la hecatombe interior, ha erigir en el pecho una bella y humilde hoguera secreta. La hoguera de Sophía, afirman los venerables misterios, virgen pura que a través de todas las épocas no deja de iluminar a las almas que se desprenden de toda mentira en su sustancia y se encuentran dispuestas a incinerarse en la Sagrada Llama que está destinada a iluminar el universo en la generación eterna de su verbo.


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