lunes, 2 de diciembre de 2013

La distopía de un mundo feliz


         

Todo ideal demasiado elevado
se torna, en su momento,
demasiado pesado
para las débiles espaldas
de los hombres[1].

      La temática que nos proponemos abordar aquí no pretende más que ser una mera nota al pie (quizás de carácter más teórico y “aburrido”) a la fantástica obra de Aldous Huxley, autor de Un mundo feliz.
      En dicha novela, el autor pretende recrear lo que sería un mundo feliz. A fin de cuentas, un mundo en el cual los hombres que lo habitan no tengan la posibilidad de sentir emociones (especialmente, de carácter “negativo”), evitando así la frustración o el malestar: pues, ¿cómo podría existir el malestar en un mundo donde todo lo que uno desea tiene la posibilidad de conseguirlo y en una forma más o menos inmediata; no deseando (ni pudiendo desear), consiguientemente, nada que no se encuentre de hecho ya realizado o pueda llevarse a cabo o conseguirse con los elementos ya existentes y sin implicar el mayor esfuerzo?
    Ahora bien, ¿es posible la realización de una utopía como esta? ¡Desde luego! Lo único que se requiere es que el Estado que rige determinada sociedad se encargue, mediante un ‘proceso de adaptación’ (que se inicia con los primeros minutos de existencia del embrión y que llega, por lo menos, hasta la edad infante del niño; logrando efectos a largo plazo y para toda la vida), de inducir en las personas los deseos que puedan realizarse incrementando del mayor modo posible la productividad y la economía de dicha sociedad; y desestimando, al mismo tiempo, todo posible querer que no concuerde con dicha “máxima” de crecimiento económico.
     Y, hecho esto, ¿hay algo que pueda incrementar aún más la felicidad de una sociedad? ¡Claro que sí!: tener la certeza de que la sociedad a la cual se pertenece se encuentra situada en la cúspide misma de la pirámide que esquematiza los diferentes estadios de posibilidades[2]. Es decir, creyendo que no existe un nivel de posibilidades mayor (aún no concretado) que el que de hecho se encuentra realizado.
    De este modo, podríamos hablar de dos conceptos básicos, que encontramos centrales para la comprensión de tan maravilloso relato: determinadas “posibilidades” (ubicadas en una suerte de escala ascendente) y la “efectivización” (de cada uno de los peldaños de dicha escalera de “posibilidades”). De manera que podríamos decir que la ‘idea central’ que vemos reflejada en dicho libro es que pareciera como si en dicha sociedad la efectivización se hubiese estancado en determinado punto de la escala de posibilidades (un punto totalmente definido por el Estado); pero no sólo eso, sino haciendo al mismo tiempo que la gente no pueda ser consciente de la existencia de un “más arriba” en dicha escala; creyendo, en consecuencia, encontrarse en la cima de la misma. De modo tal que las personas no tengan consciencia de ningún grado de ‘posibilidad superior’ a lo que está efectivamente dado en ellos y en el mundo que los rodea.
Así, y saliéndonos ya del mero análisis del texto para pasar a examinar la importancia de las ideas expresadas en el mismo, podemos decir que “El trágico destino de toda época, así como de cada persona, es conducir ineluctablemente hasta la parodia todos los ideales y sentimientos elevados que alguna vez encendieron su pecho e inflamaron su alma de ambiciones nobles”[3].
    Y, de hecho, ocurre que aún hoy en día “los términos corrientes se encuentran mal planteados y encadenan al hombre en sus palabras”[4]. Porque –y tomémonos un momento para analizarlo con el debido detenimiento–, ¿acaso no resulta particularmente difícil realizar siquiera el intento de elevarse por encima de los hombros de la enana sociedad que nos cobija? A su modo, cada Estado hace lo posible por conseguir algo de la felicidad mencionada por Huxley; y, aunque a nosotros no nos “hipnopedien” (o inculquen determinados proverbios y máximas mientras dormimos, como en Un mundo feliz), no dejan de existir otras fuerzas moralizadoras y socializadoras lo suficientemente poderosas como para ser también efectivas. Y, un modo de lograr semejante propuesta, consiste en ir inculcando (y distorsionando) determinadas definiciones de ‘palabras clave’ (como podrían serlo “igualdad” o “libertad”) para así ir moldeando no sólo el vocabulario, sino también el modo de pensar de la sociedad en su conjunto, con el fin de conducirla (de la forma menos “violenta” pero más eficaz posible) hacia el abismo espiritual y la mecanización integral.
     Finalmente, cuando cada uno se halle convencido de encontrarse efectivizando el último peldaño de la escala de posibilidades, todo aquello que escape a lo socialmente aceptado en dicho “mundo utópico” sin duda pasará a ser menospreciado a causa de ser considerado como perteneciente a un estadio inferior dentro de dicha escala, y ello sin mayores titubeos.
   De modo que lo más que se puede lograr en un “mundo feliz” es construir una diferenciación meramente superficial de las diversas “personalidades”, primando siempre la absoluta homogeneidad y la tan venerada “igualdad” (la cual fue constituida en la sustancia de cada uno). Y si bien el individuo no deja de agitarse desde dentro, su inquietud más lo mantiene precisamente lejos de sí, al ser constantemente expulsado centrífugamente hacia la periferia desde su centro (homogéneamente formado). Así, el núcleo interior de la persona, apresado en el océano social, no es capaz de asomarse desde sus profundidades, encontrándose atrapado allí por la tensión superficial de la frontera de un fluido social (homogéneo)[5]. Y, de este modo, “la igualdad, en tanto ideal, se torna homogeneización en la despersonalización”[6]. Nótese, a su vez, cómo en Un mundo feliz se considera como un gran progreso el hecho de que puedan nacer hasta noventa y seis individuos exactamente iguales (gemelos) de un mismo óvulo.
   Por lo que, casi inevitablemente, terminamos encontrándonos ante una cuestión angustiosa (ya marcada por el epígrafe de Nicolai Alexandrovich Berdiaeff que muy bien escogió Huxley para, de alguna manera, darle inicio y sentido a su novela): ¿cómo evitar la realización definitiva de las utopías (las cuales, sin duda, son realizables), siendo que la vida siempre parece caminar en pro de verlas concretadas?
    Pero, ¡Dios quiera que aún no nos hayamos vuelto lo suficientemente ingenuos!; y aún podamos confiar, al menos, en que “El poder de las palabras no es capaz de crear un nuevo mundo cuando éstas no se encuentran alumbradas por las llamas sagradas del verbo eterno”[7].


[1] “El fin de la Modernidad”.
[3] Op. Cit.
[4] Op. Cit.
[5] Cf.: Op. Cit.
[6] Op. Cit.
[7] Op. Cit.

2 comentarios:

  1. ¡Dios quiera que aún no nos hayamos vuelto lo suficientemente ingenuos!. ¡Realmente!..Excelente tu análisis, Pau. ¡Sigan así!...

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    1. muchas gracias por la lectura Roberto. Procuraremos no desentonar, con el nivel, de lo que vayamos subiendo. un abrazo grande!

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