Todo ideal demasiado elevado
se torna, en su momento,
demasiado pesado
para las débiles espaldas
de los hombres[1].
La
temática que nos proponemos abordar aquí no pretende más que ser una mera nota
al pie (quizás de carácter más teórico y “aburrido”) a la fantástica obra de
Aldous Huxley, autor de Un mundo feliz.
En
dicha novela, el autor pretende recrear lo que sería un mundo feliz. A fin de
cuentas, un mundo en el cual los hombres que lo habitan no tengan la posibilidad
de sentir emociones (especialmente, de carácter “negativo”), evitando así la
frustración o el malestar: pues, ¿cómo podría existir el malestar en un mundo
donde todo lo que uno desea tiene la posibilidad de conseguirlo y en una forma
más o menos inmediata; no deseando (ni pudiendo desear), consiguientemente,
nada que no se encuentre de hecho ya realizado o pueda llevarse a cabo o
conseguirse con los elementos ya existentes y sin implicar el mayor esfuerzo?
Ahora
bien, ¿es posible la realización de una utopía como esta? ¡Desde luego! Lo
único que se requiere es que el Estado que rige determinada sociedad se
encargue, mediante un ‘proceso de adaptación’
(que se inicia con los primeros minutos de existencia del embrión y que llega,
por lo menos, hasta la edad infante del niño; logrando efectos a largo plazo y
para toda la vida), de inducir en las personas los deseos que puedan realizarse
incrementando del mayor modo posible la productividad y la economía de dicha
sociedad; y desestimando, al mismo tiempo, todo posible querer que no concuerde
con dicha “máxima” de crecimiento económico.
Y,
hecho esto, ¿hay algo que pueda incrementar aún más la felicidad de una
sociedad? ¡Claro que sí!: tener la certeza de que la sociedad a la cual se
pertenece se encuentra situada en la cúspide misma de la pirámide que
esquematiza los diferentes estadios de posibilidades[2]. Es
decir, creyendo que no existe un nivel de posibilidades mayor (aún no
concretado) que el que de hecho se encuentra realizado.
De
este modo, podríamos hablar de dos conceptos básicos, que encontramos centrales
para la comprensión de tan maravilloso relato: determinadas “posibilidades”
(ubicadas en una suerte de escala ascendente) y la “efectivización” (de cada
uno de los peldaños de dicha escalera de “posibilidades”). De manera que
podríamos decir que la ‘idea central’ que vemos reflejada en dicho libro es que
pareciera como si en dicha sociedad la efectivización
se hubiese estancado en determinado punto de la escala de posibilidades (un punto totalmente definido
por el Estado); pero no sólo eso, sino haciendo al mismo tiempo que la gente no
pueda ser consciente de la existencia de un “más arriba” en dicha escala;
creyendo, en consecuencia, encontrarse en la cima de la misma. De modo tal que
las personas no tengan consciencia de ningún grado de ‘posibilidad superior’ a
lo que está efectivamente dado en ellos y en el mundo que los rodea.
Así, y
saliéndonos ya del mero análisis del texto para pasar a examinar la importancia
de las ideas expresadas en el mismo, podemos decir que “El trágico destino de
toda época, así como de cada persona, es conducir ineluctablemente hasta la
parodia todos los ideales y sentimientos elevados que alguna vez encendieron su
pecho e inflamaron su alma de ambiciones nobles”[3].
Y,
de hecho, ocurre que aún hoy en día “los términos corrientes se encuentran mal
planteados y encadenan al hombre en sus palabras”[4].
Porque –y tomémonos un momento para analizarlo con el debido detenimiento–,
¿acaso no resulta particularmente difícil realizar siquiera el intento de
elevarse por encima de los hombros de la enana sociedad que nos cobija? A su
modo, cada Estado hace lo posible por conseguir algo de la felicidad mencionada
por Huxley; y, aunque a nosotros no nos “hipnopedien” (o inculquen determinados
proverbios y máximas mientras dormimos, como en Un mundo feliz), no dejan de existir otras fuerzas moralizadoras y
socializadoras lo suficientemente poderosas como para ser también efectivas. Y,
un modo de lograr semejante propuesta, consiste en ir inculcando (y
distorsionando) determinadas definiciones de ‘palabras clave’ (como podrían
serlo “igualdad” o “libertad”) para así ir moldeando no sólo el vocabulario,
sino también el modo de pensar de la sociedad en su conjunto, con el fin de
conducirla (de la forma menos “violenta” pero más eficaz posible) hacia el
abismo espiritual y la mecanización integral.
Finalmente,
cuando cada uno se halle convencido de encontrarse efectivizando el último
peldaño de la escala de posibilidades, todo aquello que escape a lo socialmente
aceptado en dicho “mundo utópico” sin duda pasará a ser menospreciado a causa
de ser considerado como perteneciente a un estadio inferior dentro de dicha
escala, y ello sin mayores titubeos.
De modo que lo más que se puede lograr en
un “mundo feliz” es construir una diferenciación
meramente superficial de las diversas
“personalidades”, primando siempre la absoluta homogeneidad y la tan venerada
“igualdad” (la cual fue constituida en la sustancia de cada uno). Y si bien el
individuo no deja de agitarse desde dentro, su inquietud más lo mantiene
precisamente lejos de sí, al ser constantemente expulsado centrífugamente hacia
la periferia desde su centro (homogéneamente formado). Así, el núcleo interior
de la persona, apresado en el océano social, no es capaz de asomarse desde sus
profundidades, encontrándose atrapado allí por la tensión superficial de la
frontera de un fluido social (homogéneo)[5]. Y,
de este modo, “la igualdad, en tanto ideal, se torna homogeneización en la
despersonalización”[6]. Nótese, a su vez, cómo en
Un mundo feliz se considera como un
gran progreso el hecho de que puedan nacer hasta noventa y seis individuos
exactamente iguales (gemelos) de un mismo óvulo.
Por
lo que, casi inevitablemente, terminamos encontrándonos ante una cuestión
angustiosa (ya marcada por el epígrafe de Nicolai Alexandrovich Berdiaeff que
muy bien escogió Huxley para, de alguna manera, darle inicio y sentido a su
novela): ¿cómo evitar la realización definitiva de las utopías (las cuales, sin
duda, son realizables), siendo que la vida siempre parece caminar en pro de
verlas concretadas?
Pero,
¡Dios quiera que aún no nos hayamos vuelto lo suficientemente ingenuos!; y aún
podamos confiar, al menos, en que “El poder de las palabras no es capaz de
crear un nuevo mundo cuando éstas no se encuentran alumbradas por las llamas
sagradas del verbo eterno”[7].

¡Dios quiera que aún no nos hayamos vuelto lo suficientemente ingenuos!. ¡Realmente!..Excelente tu análisis, Pau. ¡Sigan así!...
ResponderEliminarmuchas gracias por la lectura Roberto. Procuraremos no desentonar, con el nivel, de lo que vayamos subiendo. un abrazo grande!
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