lunes, 30 de diciembre de 2019

LABERINTOS, MITO Y DESTINO: un análisis de la obra de Ariel Pytrell



Lo trágicoˮ es equivalente a una semilla que se hunde en la humedad oscura de la tierra la tierra nutritiva que protege de la luz excesiva para germinar y reproducir, una vez más, la lucha por elevarse, en forma vertical, hacia la superficie; una especie de desafío a la ley natural del planeta, el esfuerzo por vencer la fuerza de la gravedad. Pero en este ascenso, la luz debe ser el objetivo; la vida es lo que debe prevalecer, a pesar de las múltiples transformaciones y muertesˮ.[1]
               
Con placer emprendemos la tarea de esbozar un breve análisis de Laberintos de Ariel Pytrell; obra que ya ha sido estrenada en los teatros porteños en el año 2012. Parte de nuestro agrado se debe a la amistad y cercanía del autor con quienes escribimos en este espacio. Otra importante porción de él, se debe a las cualidades intrínsecas de una obra por demás rica y cuidadosamente elaborada, cuyo estudio, para resultar fecundo en nuestro análisis, deberá ser acotado al trazado nítidamente definido de unos pocos rasgos característicos. Y es que nuestro escritor, además de Dramaturgo, es un teórico de su actividad que pone a prueba sus concepciones en la forma más peligrosa; arriesgándose a la incomprensión del público y, acaso también, tanto de los críticos como de aquellos mismos a los que les toque representar la obra. La tarea, luego, nos impone avanzar con tanto celo como cuidado.
El atributo característico de  la tragedia, no se cansa de repetir en uno y otro lado nuestro autor, es una esencia, un contenido, que puede volcarse al público de distintas formas. La forma es lo variable, lo contingente y accesorio. Su función se agota en vehiculizar adecuadamente el contenido. La sustancia vital de este contenido es lo “trágico”. En este sentido se torna comprensible el intento del autor de adaptar la tragedia antigua a las circunstancias presentes. La neotragedia abreva no de la forma, sino del mismo contenido substancial que nutría a la tragedia clásica, contenido consubstancial al ser humano y, como tal, eterno y válido para todos los tiempos. Es así como lo trágico consuma la expresión deficiente del misterio. Deficiente, por fuerza, porque se sirve de un lenguaje humano incapaz de apresar esa realidad tejida por trazos etéreos, en el telar divino de las Moiras, las madres de Goethe, los antepasados mismos de los dioses de nombre y esencia inescrutables. El arte trágico consiste en proporcionar un marco para que las realidades primordiales y divinas se manifiesten en el mundo socialmente constituido en que habita el ser humano. Esta epifanía de lo sobrenatural estremece naturalmente al individuo. El fundamento profundo de este estremecimiento radica, empero, en que lo que la tragedia comunica es algo que le es familiar e íntimo al hombre, aunque ocasionalmente se encuentre olvidado.  Es así como ese fondo de misterio es además constitutivo intrínseco a nuestra propia realidad. Consustancial a ella, también, la tendencia vertical, el esfuerzo de crecimiento y el dolor que lo acompaña; toda vez que en este crecimiento existe, también, algo sagrado y este encuentro del hombre con las realidades divinas no puede producirse sin impacto. Y aquí se encuentra la sustancia de la manifestación trágica, el grito de silencio, y la revelación del dolor. Dolor en el fondo de la vida, dolor en la gestación de algo que debe conmover el universo, dolor del nacimiento, del germinar del fondo de la realidad divina en el abismo profundo de nuestro propio desierto.


Pytrell nos recuerda que lo trágico no debe necesariamente ir vinculado a la muerte. Ciertamente, de lo que se trata es de que el relato sirva para vehiculizar el contenido de lo trágico y apuntar hacia el misterio (tal como de acuerdo a Heráclito el oscuro lo hacía el señor cuya morada se encuentra en Delfos); esto es, hacia las entrañas abisales de una realidad sagrada, de una esencia primordial y de un orden etéreo. En este punto se nos torna claramente comprensible que el arte trágico pueda desprenderse efectivamente de la sangre y de la muerte, pueda separarse de todo motivo escabroso y efectista y, no obstante ello, no pueda nunca ser separado de la belleza y el dolor, un par de hermanos gemelos que presiden los procesos de desarrollo espirituales. Todo esto se nos tornará mucho más comprensible si tenemos en cuenta las siguientes expresiones de Oscar Wilde en De profundis, también conocidas y que de una u otra forma el autor de Laberintos, según nuestra opinión, no podrá más que compartir:

Detrás de la alegría y la risa puede haber un temperamento grosero, duro e insensible. Pero detrás del dolor está siempre el dolor. El dolor, al contrario que el placer, nunca lleva máscara. La verdad en el arte no es una correspondencia entre la idea esencial y la existencia accidental, no es tampoco la semejanza entre la forma y la sombra o entre la forma reflejada en un espejo y la misma forma, no es tampoco el eco que viene de una colina perforada, ni es la corriente de plata que corre en el valle que muestra la luna a la luna y Narciso a Narciso. La verdad en el arte es la unión de una cosa consigo misma, lo externo como expresión de lo interno, el alma encarnada, el cuerpo animado por el espíritu. Por esta razón no hay verdad comparable al dolor. Hay ocasiones en que me parece que el dolor es la única verdad. Otras cosas pueden ser ilusiones del ojo o del apetito, hechas para cegar a uno y deslumbrar al otro; pero del dolor se han edificado los mundos y en el nacimiento de un niño o una estrella siempre hay dolor[2].
Es así como el dolor nos provee de un vehículo expresivo de primer orden apto para cernirnos al contenido trágico. A través de sus revelaciones entrevemos las fulguraciones de la belleza en su estado más puro. De este modo comprendemos como, al final de la representación de la tragedia, asistimos a una revelación primordial de las fuerzas misteriosas del hombre y la naturaleza. La sensación que queda es, en efecto, la de una verdad inasible, algo así como un susurro misterioso entregado secretamente a nuestros oídos por el viento; una manifestación se ha deslizado en el aire y huido furtivamente ante nuestros ojos. De repente nos miramos las manos dudando si seremos o no los mismos. La experiencia estética dio claramente en el blanco. Aquí hay algo que no comprendemos, aquí hay algo que presentimos pero que, de todas formas, aún ignoramos. Algo así como el secreto primordial de que se encuentra grávida el alma, y que suspira por dar a luz nuevos universos. Un lenguaje nunca oído, extraordinario y que, por otro lado, nos es sugestivamente familiar. Y es que la revelación trágica se consuma allí donde el lenguaje humano es incapaz de llegar. Las palabras no logran apresar esa sutil realidad que se manifiesta. Como el relámpago de fuego emanado del ojo de los dioses, se trata este de un saber fatal, un saber que fluye, que devora y calcina.
Es este el impacto característico de la irrupción tangible del misterio. Ahora bien, la característica fundamental de la esencia del misterio consiste en ser inconmensurable con los medios con que se expresa. La  naturaleza manifestada en el contenido de lo trágico corresponde a un ámbito inobjetivable por esencia. Por ello mismo, se presenta solo a “personas” que han salido del ámbito de lo cotidiano y genérico. Este es el ámbito que, de acuerdo a la filosofía de Sören Kierkegaard, corresponde a una de las acepciones del concepto de lo demoníaco. Lo trágico que comunica la tragedia, que reactualiza el mito transmitiendo un misterio primordial, lo hace a través de las vicisitudes del protagonista, el héroe del relato, que de una u otra forma ha sabido salir fuera del marco de lo genérico. Aquí se explica la oposición ensayada por el autor entre Ariadna, llamada “idiota” una y otra vez por Fedra, “la estúpida”. Todas estas referencias no son aquí casuales toda vez que Ariadna se encuentra en trance de acceder a un estadio divino. Y es que el arte trágico, por su función eminentemente develadora nos impone superar el marco de la socialización genérica. Es así que el dolor es un fenómeno (una revelación, según Oscar Wilde) que nos individualiza y nos separa del conjunto. Solamente su dedo mágico es lo suficientemente sensible para detectar las pulsaciones sutiles y aislarlas del resto más grosero. Es así como el dolor nos cualifica y diferencia y, una vez separados de lo cotidiano y genérico, nos abisma de lleno en el misterio de lo demoníaco.



Antes de proseguir debemos aclarar que utilizamos aquí el término “demoníaco” en una acepción restringida, tal como la utilizada por Sören Kierkegaard en Temor y temblor, pero no por acotada creemos que resulte menos certera. Lo demoníaco alude a un estado, abstracción hecha de la causa, por la que un individuo se encuentra fuera del ámbito de lo genérico. El individuo demoníaco entra así en un contacto personal con las realidades que lo trascienden, sean estas superiores o inferiores. Los abismos interiores que presiden las potencias ascendentes y descendentes (una dimensión ignorada que se extiende en profundidad) se tornan manifiestos. En esta instancia todas las decisiones se tornan críticas.



El personaje que encarna, en Laberintos, el espacio de figura demoníaca por antonomasia es claramente el Minotauro, una figura legendaria mitad animal, mitad humana, y con un vínculo extraño con las potencias subterráneas de la noche. Es así como, en esta obra, el escritor nos propone una “variación” del mito. Variación que nos recuerda, en más de un punto, a las ensayadas por Sören Kierkegaard a lo largo del libro temor y temblor, y, más específicamente, a las realizadas a propósito del relato tradicional de Inés y el tritón.
La “variación” es un experimento filosófico que permite echar luz sobre una verdad profunda. Tanto aquí como en el experimento científico las variaciones permiten confrontar situaciones imprevistas y que los fenómenos manifiesten el misterio oculto de la naturaleza en situaciones que no suelen presentarse de manera espontánea.  Aquí, en la obra, Ariel Pytrell hace suya la idea borgiana. Asterión se encuentra en búsqueda de redención. Es más, el desarrollo narrativo lo encuentra en un momento crítico. Lo demoníaco en Asterión, se nos aparece, por tanto, a través de varios niveles. Ahora bien, según la sugerencia de Kierkegaard, la representación escénica de lo demoníaco[3] se efectúa, de un modo privilegiado, por medio de la mímica. Ello es así, toda vez que la verdad a expresar es en todo punto inasible y, en cierta forma, trasciende el marco cotidiano de expresión a través de un lenguaje reglado. Aquí puede encontrarse el juego ensayado por Asterión de probar a “hablar” el lenguaje silencioso de los elementos. También aquí podemos encontrar algún fundamento a la separación de los dialectos hablados en Atenas y Cnosos. Ensayos sobre la insuficiencia de la lengua y de como su efectividad, conjuntamente con sus peculiares desarrollos concretos, dependen de la específica naturaleza de quienes se sirven de ella como herramienta.
Ahora bien, algunas de estas ideas a propósito de lo demoníaco de Asterión pueden encontrarse sugeridas aquí y allá por pasajes como el siguiente:

ARIADNA Asterión es mi hermano, hijo de mi madre, compartimos el mismo hilo de vida.        
NODRIZA− ¡Ariadna, ya basta con este juego! ¡Es monstruoso!
ARIADNA− No, mi pobre hermano es quien está ahí, cumpliendo una condena monstruosa. Sé que él está pagando por un crimen que jamás cometió. [4]
Aquí el autor juega con una verdad oculta a los protagonistas. Dicen lo verdadero aun sin quererlo. En efecto, tanto Ariadna como Asterión se encuentran unidos por un hilo mágico: El que permite salir del laberinto. Es más, la posibilidad misma de la comunicación se funda en que están en trance de acceder a una especie de divinización. Ariadna, hermana del monstruo, es así también hermana de lo demoníaco. Y en lo demoníaco, de acuerdo a Kierkegaard, se llega a un estado crítico en el que se sale a través de la paradoja divina o bien por la demoníaca. Como en el relato tradicional de Inés y el tritón, el contacto de Asterión con Ariadna resulta crítico. En Laberintos, la paradoja divina está a punto de consumarse, nuevamente a través del encuentro, en el trazado de un drama ideal y arquetípico:

 [ASTERIÓN A ARIADNA…] También ustedes buscan laberintos…hay una parte de mí que reconoce el principio. Hay otra parte que sabe del final. Y hay otra que quiere bailar de alegría, ¡como un niño desnudo! (ARIADNA sigue sin responder). ¿Sabías que todo lo que crece baila de dolor? Claro, ¿cómo pueden saber estas cosas? Pero te aseguro que desde aquí se siente el temblor de tierra cuando la raíz de una planta se estremece.[5]
El hombre busca laberintos. Pero el principio solamente puede ser reconocido desde el final. Todo lo que crece se estremece de dolor y en ese dolor hay alegría. Esto lo sabía Nietzsche cuando hacía decir a su Zaratustra que “la felicidad del espíritu consiste en ser coronado con lágrimas, como víctima para el sacrificio”. Claramente, los hombres no lo entenderían. Los sabios famosos mirarían para otro lado. Pero esa verdad está aún allí, cristalina e impoluta como una fuente viva, para quienes sean capaces de saciarse con ella y su existencia eterna. De un modo semejante la tierra se estremece ante el crecimiento cósmico de un grano de mostaza, algo así como la semilla del espíritu, que, en su desarrollo, es capaz de mover y construir con montañas.



El autor de la obra nos habla, aquí, de la alegría de los nacimientos. Ariadna puede o no saberlo. Sea como sea, no en vano Asterión domina varios dialectos. Todos estos lenguajes han sido aprendidos a lo largo de su tránsito y de su ascenso. Ahora se encuentra en posesión de sí mismo y se nos aparece, en el relato, con el carácter paradojal de un prisionero con una libertad extraña. Es así como Asterión, domina su laberinto y puede asomarse a la salida y escuchar. En este simple hecho, se nos sugiere algo preciso. Asterión puede ejercer naturalmente una actividad que los hombres no pueden ejecutar. Él solo es libre de entrar y salir del laberinto, tiene la clave y el albedrío, pero sin embargo no saldrá nunca de él hasta consumarse el último acto de su drama existencial:

ARIADNA Quiero entrar ahora.
ASTERIÓNentrar o salir cuando no es tiempo puede ser peligroso.
ARIADNA ¿Cómo saber cuándo es el momento?
ASTERIÓNCuando vibre la tierra[6].
Asterión que tiene la posibilidad no está facultado de entrar o salir del laberinto. No está autorizado a hacerlo, se nos dice, pero al mismo tiempo se nos sugiere algo más. Cada uno de nosotros se encuentra llamado a entrar a su debido tiempo en el laberinto. ¿Cuando? “Cuando vibre la tierra” ¿Y cuándo habrá de suceder eso? Cuando se baile de dolor por todo lo que crece. Cuando el fruto del espíritu caiga por su propio peso. Allí está esa alegría melancólica que acompaña a todo lo que crece, a todo lo que, en la oscuridad, llora de afán por las cimas, y siente hambre por las alturas. Allí se descubre que el sol también brilla de noche. Allí están las caricias de la luna. Allí los sueños navegan plácidamente en las inmensidades estrelladas de un cielo oscuro.
En este punto, entendemos, que cuando el autor habla de laberintos se refiere a algo preciso y de lo que tiene una idea clara. El mito guarda en sí mismo un contenido significativo y eterno. Es por ello que puede representarse y recrearse tal como Pytrell lo hace en esta obra. En esta instancia del desarrollo de nuestra exposición se nos impone esclarecer que cosa puede llegar a ser el “laberinto”. Dejaremos, no obstante, que sea el autor mismo quien nos lo enseñe mostrando así la actualidad del contenido significativo del mito que adapta:

¿Puede significar ‘laberinto’ algo así como ‘la casa del destino’, el lugar sagrado de las dobles hachas? Los procesos del tiempo hicieron que un término se asentara para siempre en español: `dédalo’. Un dédalo es algo sinuoso o enredado, con muchas vueltas y meandros. Es decir que su denominación es una especie de sinécdoque por medio de la que se identifica a lo creado con el nombre de su creador, de modo que es también un sinónimo de ‘laberinto’. [7]
Esta última parte es importante dado que dédalo, castigado por Minos, nos enseñará el modo correcto de salir del laberinto. Sea como fuere, es claro que la doble hacha señala una instancia crítica, donde el filo corta el aire en direcciones opuestas. Es la instancia donde todos los caminos se encuentran. En la intersección de ellos el monstruo, el Minotauro, el demonio condenado a vagar entre los corredores sinuosos del laberinto. El laberinto es, por tanto, la morada donde se consuma el destino. El individuo diferenciado, solo, fuera del marco de lo social, se encuentra en una encrucijada definitiva a la que lo arrojo la construcción de un espacio sagrado en lo profundo de su interioridad. Allí deberá consumarse el destino en la determinación de su morada definitiva.
En esta última parte del trabajo, comprendemos porqué no está el hombre autorizado a entrar o salir del laberinto fuera de su tiempo debido. La superficie del relato mítico nos habla de un monstruo que acecha en un laberinto. La sustancia nos habla de un monstruo preso en él que no está autorizado a abandonar su presidio. En la oscuridad todas las profundidades se revelan. El individuo debe aguardar su “laberinto” porqué este llegará inexorablemente, en una jornada u otra de su existencia. El motivo profundo de ello es que lo que el laberinto nos revela es al “destino”. Y con el destino el último protagonista del relato entra en escena y hecha una claridad deslumbradora a todo lo largo y ancho de la escena trágica. El destino, ya lo sabemos, es una potencia sagrada, tejido en la oscuridad por los antepasados inescrutables de los dioses, y es él la fuerza misteriosa  que se encuentra detrás y en las profundidades vivas de que se nutre el drama. El destino es el elemento eterno recogido por lo trágico y que, de un modo ambiguo y típicamente trágico, no se opone a la libertad de los protagonistas del relato. Contrariamente trabaja y acciona sus designios trascendentes con y a través de ella articulándose ambas en el marco más amplio de una síntesis superior.
Todo esto está dicho, de una u otra forma, en la obra. Por lo demás, claramente, el único en el relato capaz de conocer todo ello es Asterión, el mismo que vivencia  la transmutación de la bestialidad; en camino ascendente de la humanidad a la divinidad. El destino se nos presenta, prefigurado ya desde el principio en extrañas sincronías que rompen el tiempo y el espacio. Se presiente la presencia de un principio interior activo. Todo ello está presente en la obra, pero solo Asterión, decíamos, será capaz de percibirlo de un modo más o menos nítido. A lo largo de su proceso existencial el destino lo encuentra confinado en el laberinto y él descubre al cielo, a la luna, al sol que alumbra en las sombras, a la divinidad desnuda y el universo plagado de estrellas que vuelcan algo de luz como pensamientos titilantes surgidos de las profundidades de la noche. También descubre, como más tarde lo hará Dédalo, que el modo correcto de salir de los laberintos consiste en arriesgarse en una dirección vertical y arrojarse a las alturas. Pero a este conocimiento no lo adquirirá sin haberlo pagado antes con su sangre.

ASTERIÓN−No hay muerte. No hay vida. Sólo hay lo que fluye, como una juventud sin tiempo.
ARIADNA Entonces, ¿por qué me siento muerta? No, muerta no: vieja.
ASTERIÓN−Yo también me siento así. Tenemos una vida breve, ¿no?
ARIADNA−Sí, breve. ¿Por qué breve?
ASTERIÓN− ¿Por qué no breve, si así he nacido? ¿Por qué no híbrido, estrella, confusión, como este laberinto? Muchos creen que este laberinto me pierde pero, en realidad, me encuentra.[8]




[1] Pytrell, A., Estudio posliminarˮ en Laberintos, Buenos Aires, Hesíodo, 2015, p. 175
[2] Wilde, O., De Profundisˮ en Obras inmortales, Traducción de Alfonso Sastre y José Sastre, Madrid, Edaf, 1977, p. 1582.
[3] Estas ideas de Kierkegaard son expuestas en El concepto de la angustia y suponen un concepto algo distinto de lo demoníaco. No obstante lo cual, en lo que hace a la revelación escénica de un contenido existencial, las sugerencias acerca del modo de representar lo demoníaco siguen teniendo valor.
[4] Pytrell, Laberintos, Op. Cit., p. 56.
[5] Pytrell, Laberintos, Op. Cit., p. 87.
[6] Pytrell, Laberintos, Op. Cit., p. 101.
[7] Pytrell, Introducciónˮ en Laberintos, Op. Cit., p. 25.
[8] Pytrell,  Laberintos, Op. Cit., p. 105.

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