martes, 19 de julio de 2016

Sören Kierkegaard y la angustia en la falta de espíritu


Ninguna vida humana puede escapar a la angustia, y la angustia misma es, como la desesperación —una por delante de la libertad, la otra por detrás—, el signo de la existencia. Profetiza la perfección, como la desesperación profetiza la liberación. Instala al hombre ante sí mismo, en tanto que el hombre no es, pero va a llegar a ser por la libertad. Asimismo prepara y anuncia también una ruptura, puesto que significa a la vez un estado inestable y un salto a dar. Pero desde este punto de vista, dice Kierkegaard, la angustia es la más abrumadora de las categorías; por ella “el terror, la perdición y la ruina habitan pared por medio con todo hombre”[1].

Ya hemos visto que, de acuerdo a Kierkegaard, el hombre es una síntesis de alma y cuerpo sostenida por el espíritu. El espíritu mismo es el que pone la síntesis y, en ese sentido, la sostiene. Decir que el espíritu sostiene la síntesis, que se extiende entre dos extremos que configuran un margen muy amplio, es señalar la posibilidad de que la síntesis se encuentre articulada de manera diferencial; en otros términos, el espíritu puede estar más cerca o más lejos, más acá o más allá de alguno de los extremos. Pero el espíritu es siempre un yo, y el Yo es el soporte de la conciencia, por lo cual, las diversas articulaciones de la síntesis expresaran otras tantas modalidades concretas de percepción vital y de desenvolvimiento de la conciencia.
La vida humana es un tener que hacerse porque su acto existencial se encuentra con una contradicción. La contradicción, nos dice Kierkegaard, es la que desata la historicidad. La contradicción impone la decisión y ésta supone, nuevamente, a la libertad. Ahora bien, toda elección entre esto o aquello, supone la no elección (o bien la suspensión momentánea) de aquello otro. El hombre es responsable en la medida en que su libertad es determinante de un estado de realidad futuro, responsable de lo que haga del mundo, pero también de sí mismo:

Existir es ser un ser libre. Cuando se preguntó cómo era posible la posibilidad, en qué se fundaban las posibilidades del hombre, Kierkegaard concluyó que el hombre era posibilidad, la posibilidad fundamental gracias a la cual surgían las otras posibilidades. Había posibles para el hombre, porque el hombre no era sino eso: posibilidad. Y a esa posibilidad anterior a todas las posibilidades concretas la llamó libertad. Existir es ser posibilidad antes de las posibilidades; y esa posibilidad fundamental, que no es posibilidad de nada determinado, y que tiene que crear sus posibilidades, es la libertad[2].


El hombre se proyecta al futuro constituyendo el ámbito de su realización. Pero esa proyección será diferencial, porque depende, evidentemente, de las condiciones concretas de percepción vital. El yo que descubre la posibilidad la encontrará siempre más o menos ampliada o restringida en relación directa al carácter que revista su “yo” en la articulación de su conciencia. En otros términos, el Yo descubrirá diversamente la posibilidad en función del modo en que el espíritu se encuentre puesto en la síntesis que expresa su personalidad completa.
En los casos en los que predomina el elemento corporal predominarán, por lo mismo, los elementos genéricos. La dinámica espiritual, en este caso, se encuentra obstruida desde dentro por una especie de servidumbre interna. Evidentemente, este carácter humano representa un tipo predominante, aunque inferior. Y es precisamente en esto en lo que radica su pujanza y su firmeza:

Si comparamos esta beatitud peculiar de la falta de espíritu con la situación de los esclavos en el paganismo, bien podemos afirmar que la esclavitud, a pesar de todo, tiene sentido, pues no es de suyo absolutamente nada. Por el contrario, la perdición propia de la inespiritualidad es lo más espantoso de todo; ya que la desdicha del hombre sin espiritualidad consiste cabalmente en que mantenga una relación con el espíritu…, relación que en sí misma no es nada. Por eso la inespiritualidad de que estamos hablando puede poseer hasta cierto punto todo el contenido de la espiritualidad, pero ¡nótese bien! no como verdad, sino en cuanto rumor y comadreo. Esto es, a los ojos de la estética, lo infinitamente cómico de la falta de espíritu; pero en general no se suele fijar la atención en ello, pues los mismos que tendrían que hacer el balance correspondiente, unos más y otros menos, no están bien seguros en todo lo que conviene al espíritu. Por eso cuando se trata de exponer la falta de espiritualidad se le hacen decir con gusto puras chácharas, y esto porque no se tiene el coraje de permitir que la falta de espíritu se exprese en su propio lenguaje. Esto no es, ni más ni menos, que inseguridad. El hombre sin espiritualidad puede decir absolutamente lo mismo que haya dicho el espíritu más rico, con la sola diferencia de que el primero no lo dice en virtud del espíritu. El hombre sin espiritualidad se ha convertido en una máquina parlante. Por eso no tiene nada de extraño que pueda aprender de memoria una retahíla de textos filosóficos tan bien como una confesión de fe o un recital político. ¿Acaso no es muy curioso que el único ironista de la historia y el mayor de todos los humoristas coincidan en afirmar –una cosa que, por otra parte, parece ser la más sencilla de todas que se debe distinguir entre lo que se entiende y lo que no se entiende?[3].

El espíritu lleva consigo a la conciencia, y su desenvolvimiento y profundización producirán siempre, por lo tanto, un reconocimiento cada vez más intenso de la responsabilidad inherente a la decisión. He aquí por qué los caracteres más vulgares, tantas veces, se encuentran imperturbables y seguros, en situaciones ante las cuales una conciencia más refinada titubearía. Precisamente porque allí, tras la superficie del rostro o la exterioridad de la expresión, habrá de buscarse en vano la presencia de un yo. Su decisión es una continuación inercial de las leyes que rigen la dinámica natural. Su determinación se establece, por lo tanto, sin interrupción. Por eso, exteriormente, su carácter se muestra firme y sus decisiones, seguras. No alcanzan a sospechar la profundidad vertiginosa de lo que ignoran y es por eso mismo, también, que los caracteres más ignorantes o limitados suelen mostrarse, en lo intelectual, tan insolventes como seguros.
Esta debilidad del aparato cognitivo responde, junto a la debilidad de su matriz espiritual, a la ejercitación inadecuada de sus funciones. El material de que se sirve será siempre tan limitado como él mismo y, por lo tanto, será incapaz de desarrollarse. Estos caracteres pueden aprender a imitar el lenguaje del espíritu, pero siempre sin comprenderlo. Es por esa falta de profundidad que mide la espiritualidad o el modo concreto en que se encuentra puesto en la síntesis el espíritu, lo que funda su carácter precipitado y su influencia sobre los asuntos humanos. Por eso este carácter se muestra eficiente en determinaciones operativas, precisamente porque la vida cotidiana se mueve en el plano de la superficie y no de la profundidad, toda vez que la vida moderna configura un marco que rechaza la presencia de la espiritualidad:

En el hombre sin espiritualidad no hay ninguna angustia; es un hombre demasiado feliz y está demasiado satisfecho y falto de espíritu como para poder angustiarse. Con todo, ésta es una razón bien triste y podemos asegurar que la diferencia entre el paganismo y la inespiritualidad estriba en que el primero caminaba hacia el espíritu y la segunda, en cambio, ya está de vuelta, alejándose constantemente del espíritu. Por esta razón, si así se quiere, el paganismo es simple ausencia del espíritu y este sentido es muy distinto de la positiva falta de espíritu. Y por eso mismo es aquél infinitamente preferible. La falta de espíritu es un estancamiento de la espiritualidad y una caricatura de la idealidad. De ahí que la falta de espíritu no sea precisamente necia cuando nos viene con todas sus retahílas, sino que lo es, sobre todo, en el sentido en que de la sal se dice en la Sagrada Escritura: “ Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se salará?” Su extravío total, pero también su seguridad satisfecha, consisten cabalmente en ese no entender nada en el sentido espiritual ni tomar nada a pecho como auténtica tarea, sin que por eso deje de rozar todo con su lívido chismorreo. Si alguna vez es tocada por el espíritu e instantáneamente empieza a tener convulsiones como una rana galvanizada, entonces aparece un fenómeno que corresponde por completo al fetichismo pagano. Para los faltos de espíritu no hay ninguna autoridad, pues saben muy bien que para el espíritu no la hay; pero como ellos, desgraciadamente, no tienen ninguna espiritualidad, helos ahí convertidos en unos perfectos idólatras, y esto a pesar de todo su saber. Con la misma veneración adoran a un tonto de capirote que a un héroe, pero, sobre todo, su auténtico fetiche será siempre el charlatán[4].




El falto de espíritu, a fuerza de ignorar la auténtica divinidad, habrá de forjar una de su propia sustancia inferior. Su altar será siempre encendido en el fuego de las pasiones y los raciocinios más vulgares. De este modo, este auténtico descreído, este ser aparentemente superado, es un auténtico fetichista. En términos funcionales, su conducta no dejará de reflejar esa inadecuación interna expresando un carácter cómico. Lo cómico, sabemos, se funda y establece sobre la base de una contradicción. Y aquí existirá siempre una inadecuación fragrante entre la imagen proyectada y el yo interior. El individuo sin espíritu, a fuerza de la debilidad de su conciencia o, en otros términos, del carácter difuminado de su yo, se encuentra proyectado hacia la exterioridad y encuentra en sí mismo, en su interior, algo así como una posibilidad insondable que le produce una sensación de vacío y terror.
He aquí, nuevamente, por qué este carácter, que no conoce la angustia, conocerá, sí, el miedo. Carácter dependiente como ningún otro de las condiciones proporcionadas por el exterior. Se encontrará, como ningún otro, sujeto al acaso de la fortuna, dado que su “yo” carece de interioridad; en otros términos, es un objeto más, junto al mundo de las otras realidades proyectadas. Ese yo ilusorio, precisamente por no ser ni siquiera un yo, esto es, un auténtico centro existencial, pretenderá erigir un imperio sobre las otras realidades, solventando su servidumbre interna con una dominación exterior, en la que pretenderá arrastrar las otras realidades y mónadas espirituales hacia una altura similar a la del subsuelo a la que él habita.
Es así que los faltos de espíritus, cuyas energías se encuentran carentes de realidad espiritual, se ven condenadas a imitar sin poder nunca realizar. Pero aquí siempre sus esfuerzos resultan vanos, porque finalmente son incapaces de comprenderse a sí mismos y a los demás, y, por lo tanto, sus ansias se encuentran traspasadas por un miedo que las contiene por entero y que lo rechaza siempre hacía el margen cada vez más acotado de una personalidad degradada. Esta angustia de esa “nada” espiritual, que acecha desde las alturas desdibujadas que les sirve de fundamento al  yo debilitado, debe ser ocultado. Por ello, esa farsa del yo y del espíritu termina en una especie de pantomima vital, constituyendo la realidad vulgar de una representación ilusoria:

Hemos dicho que en la falta de espíritu no hay ninguna angustia, ya que ha quedado excluida de la misma manera que también lo está el espíritu. Sin embargo, la angustia está al acecho. Hay la posibilidad de que un deudor cualquiera logre sustraerse felizmente de su acreedor y mantenerlo alejado con muy buenas palabras, pero existe un acreedor que jamás se quedó corto, y este acreedor es el espíritu. Por eso, considerando las cosas desde el punto de vista del espíritu, la angustia también se halla presente en la falta de espíritu, aunque oculta y enmascarada. Solamente el tener que contemplar este espectáculo le llena a uno de escalofríos. Porque sin duda que ya sería una cosa espantosa el imaginarse la propia figura de la angustia sin ningún atuendo que la camuflara, pero esta figura nos espanta todavía más cuando, por necesidad, viene disfrazada para no presentarse como lo que en realidad es. Es verdad que no se contempla a la muerte sin un escalofrío cuando ésta se presenta en su auténtica figura, es decir, como el siniestro esqueleto armado con la guadaña, pero al que la observa entre bastidores le causa todavía mucho más pavor verla entrar disfrazada en escena –como una desconocida que se ha puesto el disfraz para burlarse de los hombres que se imaginan poderse burlar de ella y comprobar cómo los encandila a todos con sus buenas maneras y los arrastra a la loca algazara del placer sin freno[5].


Este proceso de descripción espiritual y de análisis psicológico se encuentra confirmado por la experiencia cotidiana. No obstante lo anterior, el fundamento de todo ello, la substancia misma de lo desarrollado, solamente podrá ser alcanzado por quienes contengan en sí mismos una profundidad similar o un espíritu afín al del pensador que estamos trabajando. Lo inferior no puede conocer a lo superior y, contrariamente, puede ser reconocido de un modo inmediato por una mirada clarividente, como la que oculta la luz del día, en pleno cielo, tras las nubes y la oscuridad, más allá de la atmósfera terrena, el titilante ojo de las estrellas, resplandeciente siempre en lo alto en su contemplar eterno y solitario. Sin embargo, no renunciamos a tratar de comprender y explicar, en la medida de nuestras fuerzas, lo expuesto por ese gran pensador que dedicó su vida a un proceso de interiorización, intensificación de la conciencia, y profundización del Yo. 
Creemos, estas ideas finales, esta última verdad entrevista, puede ser vislumbrada, ya que no esclarecida, a la luz de las cinco últimas estrofas contenidas en La danza macabra, que forma parte de esas Flores del mal del gran poeta francés Charles Baudelaire:

Pero, ¿quién no ha abrazado jamás a un esqueleto,
Y quién no se ha nutrido con cosas de sepulcro?
¿Qué importa el perfume, el vestido o el tocado?
Quien se asquea revela que creía hermoso.

Bayadera sin nariz, buscona triunfal,
Di a esos bailarines que se sienten ofuscados:
“Muñecos orgullosos, a pesar del carmín y los polvos,
¡todos oléis a muerte! ¡Oh, esqueletos perfumados,

Antinoos marchitos, dandis de rostro imberbe,
Cadáveres maquillados, seductores canosos,
El temblor general de la danza macabra
Os arrastra a lugares que no son conocidos!

Desde el frígido Sena al ardor del Ganges
El rebaño mortal salta y ríe, sin ver
Por un hueco del techo la trompeta del ángel
Siniestramente abierta como un negro trabuco.

En todo cielo, bajo todo sol, la Muerte mira
Tus contorsiones, risible Humanidad,
Y, como tú, a menudo, perfumada de mirra,
¡confunde su burla con tu imbecilidad!”[6]




[1] Jolivet, R., El existencialismo de Kierkegaard, Trad. de Mércedes Bergada, Buenos Aires, Espasa Calpe, 1952, p. 65.
[2] Fatone, V., Introducción al existencialismo, Buenos Aires, Columba, 1973, pp. 22-23, énfasis en el original.
[3] Kierkegaard, S., El concepto de la angustia, Buenos Aires, Libertador, 2006, pp. 112-114.
[4] Op. Cit., pp. 114-115.
[5] Op. Cit., p. 115.
[6] Baudelaire, C., Las flores del mal - Pequeños poemas en prosa, Trad. de Elisa Dapia Romero, Barcelona, Edicomunicación, 1999, pp. 133-134.

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