El
caso Weininger es uno de los más extraños acontecimientos de la filosofía
contemporánea. El historiador, el crítico, el mero curioso de la filosofía, no
pueden permanecer indiferentes ante la obra, plena de vida y de pensamiento,
rebosante de pasión intelectual, del precoz filósofo de Viena. Y más allá del
interés abstracto, algo más íntimo y cordial sentimos cuando recordamos que
todo este mundo de ideas germinó y cuajó en una cabeza de veinte años, y que el
filósofo se suprimió voluntariamente a poco de publicar su libro[1].
Poco material existe, y aún
menos actualmente se escribe y habla, del pensamiento filosófico del precoz
pensador austríaco Otto Weininger. Se conocen sí detalles relativos a su
trágico final, pero el estudio y caracterización de su pensamiento, penetrante y rico en perspectivas de desarrollo, se verifica de un modo escaso,
por demás sesgado y siempre superficial. Hay cuestiones profundas que no se
resuelven con encontrar una etiqueta que denigre al pensador de que se trate,
por más que esta sea certera. La verdad existencial es contradictoria y cuando
la teoría filosófica se resuelve en vida, las contradicciones tórnanse por
demás dolorosas. El genio filosófico resguarda en sus entrañas una lucha
encarnizada que se libra a sangre viva. Por eso, los momentos de reflexión son
momentos de auscultación en un contenido que, a fuerza de sernos propio,
esconde un misterio que nos trasciende. En medio del ruido, el polvo y la
oscuridad es fácil perderse y caer en abismos insondables, que en cada recodo y
encrucijada suelen interponerse en el camino, interrumpiendo muchas veces a
último momento un avance funesto. Un paso en falso y está el abismo y el error.
En esta ruta fatal, muchas veces se pierde la vida del cuerpo, otras veces se
pierde el alma. Más estridentes, manifiestas, o silenciosas, ambas son
igualmente derrotas.
La cuestión del genio, de este
modo, se cruza a la reflexión intrépida de un modo necesario y natural. a partir de ello, proponemos detenernos en las reflexiones de Weininger en virtud de una más clara elucidación del asunto que nos ha salido al paso[2].
Es importante distinguir, aquí, en primer lugar, entre talento y genialidad:
Existen, dirémoslo de una vez, múltiples talentos,
pero una sola genialidad, que puede elegir determinada dirección para
manifestarse. Hay algo genial que es común a todos los hombres geniales, aunque
se pueda diferenciar el gran filósofo del gran pintor, el gran músico del
gran escultor, el gran poeta del gran
fundador de religiones. El talento, que es tan sólo un medio por el cual se manifiesta
el espíritu de un hombre, es mucho más accesorio de lo que realmente se cree, y
su importancia se exagera porque desgraciadamente se valoriza con ojos de miope[3].
El talento, entonces, parece
anclar en el ser humano de un modo superficial. En cierta manera, es una vía
por la cual la conciencia se encuentra con las cosas con una disposición que, a
través de ciertos canales, le ofrecen cierta facilidad de expresión e
instrumentalización. De esta manera, es posible encontrar personas con ciertas
facilidades, sea para la música, los idiomas, las matemáticas, etc.; pero lo
cierto es que todas estas aptitudes afectan a los medios con los que el alma se
expresa, mas nunca a sí misma. El genio es distinto al talento y, por lo tanto,
la genialidad refiere completamente a otra cosa:
La conciencia genial es la que se halla más distante
del estado de hénide, pues posee la mayor claridad y transparencia. La
genialidad, por lo tanto, aparece ya como una especie de masculinidad superior,
y en consecuencia, la mujer nunca podrá ser genial. Ésta es la aplicación más
justificada de los resultados obtenidos en el capítulo anterior, o sea que el
hombre vive de modo más consciente que la mujer, pudiendo decirse, en resumen,
que la genialidad es identificable con la conciencia más elevada porque es más
general. Esa exaltada conciencia tan sólo es posible gracias al enorme número
de contrapuestos que se unen en el hombre superior[4].
Vemos aquí que la genialidad
refiere no a las facultades, sino a la conciencia. Nos acercamos, así, a un
acto existencial concreto, difícil de definir por ser lo más propio,
imparticipable, y la fuente viva de nuestra identidad. No obstante estas
limitaciones, podremos acercarnos al fenómeno por algunas de sus
manifestaciones más externas. La hénide[5]
representa un hallazgo muy agudo en la medida en que introduce la perspectiva
evolutiva en el núcleo de nuestras representaciones subjetivas. Se trata,
finalmente, de considerar un proceso de articulación, cada vez más definido,
del contenido psíquico. Las ideas difieren en claridad y distinción. En un
extremo ideal de oscuridad y confusión, se encuentra la Hénide, en el
otro extremo se encuentra el contenido representativo de una subjetividad
perfecta. En este proceso de esclarecimiento de los contenidos de la conciencia
se distingue el genio por esa lucidez inmanente que comunica a todos sus
contenidos psíquicos.
El desarrollo de los contenidos
de expresión, esto es, de las objetivaciones, nos conduce de lleno al sujeto.
Es así que le interesa al autor fundar una caracteriología. Esta
caracteriología, como es natural, dista mucho de ser completa, pero resulta de
lo más sugestiva, original y repleta de observaciones penetrantes. El genio,
establecimos, se diferencia del talento en virtud de un atributo intrínseco a
su propia conciencia. Una vez distinguida analíticamente la conciencia de sus
manifestaciones externas, pero vinculadas sistemáticamente en una perspectiva
caracteriológica, se entiende la utilidad del estudio de ciertas tendencias y
aptitudes psicológicas del genio. Y es así que, a lo largo de su estudio:
En los ejemplos citados el genio aparece como el
hombre capaz de comprender a muchos más seres que el individuo mediocre.
Cuéntase que Goethe decía de sí mismo que no existía ningún vicio ni ningún
delito para lo que no hubiera sentido una predisposición, y que en algún
momento de su vida no hubiera comprendido perfectamente. El hombre genial es,
pues, más complicado, más complejo, más rico. Y un hombre debe considerarse
tanto más genial cuanto más hombres encierra dentro de él, y añadiremos que
cuanto más vivos se hallen dentro de él, los sentirá más intensamente.
Si la comprensión para sus semejantes sólo ardiera en él como una brasa
semiapagada, no sería capaz, como poeta, de inflamar en sus héroes la llama
poderosa de una vida, y sus figuras carecerían de relieve y de fuerza. El ideal
de un genio del arte es vivir en todos
los hombres, es perderse entre todos, diluirse en la multitud; mientras
que la tarea del filósofo es recoger en sí mismo a todos los individuos y reabsorberlos
en una unidad, que será precisamente su misma unidad[6].
El genio se define por una
conciencia más intensa que le permite una visión más penetrante; por lo tanto,
es capaz de comprender más. No obstante el autor prefiere aludir siempre a
Zola, se nos ocurre el imponente genio superior de un Balzac[7].
El genio, entonces, es capaz de anclar en las diversas personalidades y
habitarlas. De este modo, es también capaz de comprender sus perspectivas de
análisis. De este modo, también, es capaz de superarlas en la construcción de
una síntesis conceptual superior.
Este genio, como hemos
consignado, no es específico ni tampoco separable de la personalidad. El
talento discurre a través de una vía que comunica el exterior con la
conciencia. Pero todas las vías con las cuales se comunica la subjetividad
concurren en el núcleo de la propia conciencia. Por eso, el genio impregnará la
totalidad de sus creaciones. Por eso, también, habrá de ser siempre universal:
Según hemos dicho, la genialidad incluye en su idea la
universalidad. Para el hombre entera y completamente genial (lo que es una
ficción necesaria) nada existe que no esté en vital, íntima y fatal relación
con él. Genialidad sería la apercepción universal y, por tanto, memoria
completa, eternidad absoluta. Se debe, sin embargo, para poder apercibir alguna
cosa tener ya una afinidad con ella. Se apercibe, comprende y capta sólo
aquello con lo que se tiene una semejanza. Hemos llegado a considerar al genio
a pesar de todas sus complicaciones, como el hombre en el cual el Yo es más
intenso, vital, consciente, continuo y único. El “Yo”, sin embargo, es el punto
central, la unidad de la apercepción, la “síntesis” de toda variedad[8].
Aquí puede salirnos al paso una
contradicción aparente. Y es que, precisamente, este desarrollo intenso de la
propia personalidad, en lugar de aislar al individuo, permite el encuentro y la
comunicación con las demás subjetividades; habrá de ser la condición de
posibilidad de la comprensión de las otras conciencias. Este problema fue
tratado, anteriormente a la obra de Weininger, por Oscar Wilde en uno de sus
ensayos dialogados, donde se ocupa del talento del crítico e intérprete de las
obras artísticas:
El crítico será realmente un intérprete, pero no
tratará el arte como una esfinge, expresándose a través de enigmas, y cuyo
fútil secreto puede adivinar y revelar un hombre con los pies heridos y que
desconoce hasta su nombre; le considerará más bien como una divinidad, y su
misión será la de hacer más profundo su misterio y más maravillosa su majestad.
Y entonces, querido amigo, sucede esto tan extraño; el crítico será realmente
un intérprete, pero no en el sentido de repetir bajo otra forma un mensaje
confiado a sus labios; porque así como el arte de un país adquiere, solamente
por contacto con el arte de países extraños, esa vida propia e independiente
que llamamos nacionalidad, de igual manera, por una curiosa inversión, sólo
intensificando su propia personalidad, el crítico puede interpretar la personalidad
artística de los demás, y cuanto más entra la suya en la interpretación, más
verosímil, satisfactoria, convincente y auténtica resulta dicha interpretación.
ERNEST._ Pues yo pensaba que su personalidad suponía
un filtro perturbador de su creación.
GILBERT._ En absoluto; es, al contrario, un elemento
revelador. Si uno tiene la intención de comprender a los demás, debe antes
intensificar su personalidad[9].
En este punto de nuestra
exposición el riesgo que afrontamos es, ante todo, el de ser demasiado
prolijos. Las explicaciones de detalles no subsanarán la incomprensión de los
que no saben ver y, para los otros, la inclusión de ulteriores explicaciones
sobrarían. No obstante ello, quisiéramos hacer alguna somera observación en la
medida en que pueda llegar a orientarnos hacia vías teóricas potencialmente
fructíferas. Existe un proceso de articulación de las representaciones de la
conciencia que resulta concomitante al de la propia personalidad. La
consideración evolutiva debería, por lo tanto, trasladarse de la hénide
a la caracteriología y a las formas que puede llegar a revestir la conciencia[10].
Esta evidencia puede extenderse a la consideración de una historia ideal de la
personalidad (en parte ya desarrollada por la figura filosófica y teológica más
grandiosa del S. XIX hasta la actualidad) y debe inscribirse en el marco de una
consideración evolutiva mucho más extensa como la orgánica y universal.
Solamente así, estas intuiciones dispersas podrían adquirir un modo de
articulación sistemático, toda vez que permite la inclusión del fenómeno en un
todo espacial y temporalmente complejo y mucho más vasto. Los confines de la
conciencia, finalmente, en una consideración teórica que atienda a los tipos
ideales (lo que representa un gran acierto en la obra de Weininger) deberán
ensancharse hasta incluirlo todo.
Solamente así, bajo la premisa de
una comprensión más completa y adecuada de la totalidad, podrá situarse y
considerarse adecuadamente el fenómeno humano. Esta es la razón profunda de las
importantes insuficiencias (excusables) de las ideas filosóficas de Otto
Weininger. Y es que solamente con una noción más clara y definida de la
realidad y sus tendencias de desarrollo nos será dado acercarnos a la idea del
hombre como microcosmos. Solamente así se vuelve comprensible, también, que la
biografía del genio reproduzca, en cierta forma, la historia de la humanidad y,
quizás también, la del universo entero[11].
[1] Romero, F., “Otto Weininger” en Ideas y
figuras, Buenos Aires, Losada, 1958, p. 7.
[2]
Coincidimos plenamente con Berdiaev en las siguientes
expresiones vertidas en una nota de El sentido de la creación: “En
WEININGER se encuentran ideas geniales sobre la genialidad. Véase en su libro Sexo
y carácter los capítulos sobre el talento y el genio, el talento y
la memoria y el problema del yo y del genio. Otto Weininger establece la
naturaleza universal del genio en oposición a la naturaleza específica del
talento y ve en cada individuo una genialidad potencial. La genialidad es una
tendencia particular del espíritu” (Berdiaev, N., El sentido de la creación,
Trad. de Ramón Alcalde, Buenos aires, Carlos Lohlé, 1978, p. 217).
[3] Weininger, O., Sexo y carácter, Trad.
de Felipe Jiménez de Asúa, Buenos Aires,
Losada, 1959, p. 154.
[4]
Weininger, Op. Cit., p. 153, énfasis en el original.
[5] “El hecho psíquico original es la hénide
(de ἓν), donde no hay todavía distinción
entre lo representativo y lo emocional. Este contenido o elemento psíquico es
casi inconsciente e indefinible por su misma condición de hecho psíquico
primario e indiferenciado; el proceso de diferenciación lo conduce luego a
plena luz de conciencia. La hénide absoluta es un concepto límite; desde ella
el hombre se eleva a las formas más distintas del pensamiento y del sentimiento”
(Romero, F., Op. Cit., p. 27).
[6]
Weininger, Op. Cit., p. 147, énfasis en el original.
[7] En una parte de su obra nos cuenta algo que
todos sus lectores sospechamos y creemos cierto: “Vivía frugalmente, había
aceptado todas las condiciones de la vida monástica, tan necesaria para los
laboriosos. Apenas si, cuando hacia buen tiempo, paseaba un poco por el bulevar
Bourdon. Sólo una pasión me sacaba de mi estudioso hábito; pero ¿no era eso lo
mismo que seguir estudiando?... Iba a observar las costumbres del barrio, sus
vecinos y sus caracteres. Tan mal vestido como un obrero, indiferente al decoro,
no daba lugar a que me mirasen con recelo; podía mezclarme en sus grupos, ver
cómo cerraban sus tratos o discutían a la hora de dejar el trabajo. La
observación era ya para mí intuitiva, calaba el alma sin descuidar el cuerpo; o
mejor dicho, captaba tan bien los detalles exteriores, que en el acto iba más
allá; me confería la facultad de vivir la vida del individuo sobre quien la
ejercía, permitiéndome suplantar su personalidad, al modo de aquel derviche de Las
mil y una noches se incautaba del cuerpo de una persona pronunciando sobre
él unas palabras” (Balzac, H., “Facino Cane” en Serrasine y otros relatos,
Trad. de Rafael Cansino Assens, Madrid, Aguilar, 1996, p. 43).
[8]
Weininger, Op. Cit., p. 223.
[9]
Wilde, O., “EL crítico artista” en Ensayos y artículos, Barcelona,
Edicomunicación, 1999, pp. 55-56.
[10]
En rigor, existe en Weininger una aproximación hacia concepciones que atiendan
al desarrollo evolutivo de la individualidad. Esta consideración evolutiva se
facilita desde el momento en que se considera a la genialidad y a la intensidad
de la conciencia correlativas desde un punto de vista cuantitativo, lo que facilita
la comprensión de un modo de transición gradual. En esta línea podemos
interpretar expresiones como la que siguen: “No me parece en efecto inadmisible
que habiendo muchos más hombres ‘geniales’ que ‘genios’ la diferencia
cuantitativa en el talento encuentre su expresión, ante todo, en el momento en
que el individuo llega a ser genio. Para muchos individuos este momento
coincidiría con el de su muerte” (Weininger, Op. Cit., p. 173).
[11]
Quizás nos sirva, para clarificar un poco este aserto, consignar algunas
expresiones de Kierkegaard acerca de las relaciones existentes entre la
historia universal y el genio. Y es que: “El caso del genio nos revelará
también aquí con claridad meridiana algo que no deja de darse en los individuos
de menor originalidad, pero se da de tal manera que ya no es tan fácil cifrarlo
en una categoría. El genio sólo se distingue en general de cualquier otro
hombre en cuanto que dentro de sus supuestos históricos empieza a tener
conciencia de un modo tan primitivo como Adán. Podemos decir que la existencia
es puesta a prueba cada vez que nace un genio, ya que éste recorre y revive
todo lo que ha quedado atrás, hasta que al fin se consigue a sí mismo. Por esta
razón el saber que un genio tiene del pasado es completamente distinto del que
nos ofrecen los panoramas histórico-universales” (Kierkegaard, S., El
concepto de la angustia, Buenos aires, Libertador, 2006, pp. 124-125).


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