miércoles, 25 de junio de 2014

ENTRE EL TIEMPO Y LA ETERNIDAD



En Kierkegaard el tiempo se opone, dialécticamente, a la eternidad. El encuentro sintético producto de la compenetración de una en el otro se localiza en el instante. El instante, en tanto reflejo fluyente del presente eterno, instaura la temporalidad, situada entre el tiempo y la eternidad. El hombre es una síntesis de alma y cuerpo sostenida por el espíritu. El cuerpo trae el tiempo, el espíritu la eternidad. El modo fundamental en que la temporalización humana se exprese, a partir de aquí, vendrá dado por la presencia intensiva de los elementos componentes de la síntesis. En un extremo, en el límite del cuerpo, el hombre se confunde con la naturaleza, y el tiempo humano con los ritmos profundos de lo natural; por el otro, la eternidad abre una brecha en el tiempo, e instaura una ruptura, en el rescate definitivo de la realidad. Tendido en medio del abismo abierto entre ambos principios, la historia es el espacio que media entre la caída del hombre, su salida del estado de naturaleza, y la redención, la entrada en la eternidad. Pero la acción fuera del tiempo ya no es historia. En esos dos márgenes colapsa la historicidad, y desde entonces se plantea a la conciencia religiosa el problema del fin de la historia como forma peculiar y definida de la humana temporalidad.

El tratamiento del tema en Nicolás Berdiaev se funda en una intuición fundamental. El tiempo es un modo de existencia y depende, como él, de las formas que reviste la misma. Pero la existencia, en sí misma, es un polo subjetivo hecho extraño, objetivado. La dimensión originaria del ser habrá de ser, a partir de aquí, la eternidad. La objetivación representa una enfermedad en el ser, un índice genuino de su morbilidad. Con la caída el hombre arrastra a la realidad y principia el derrotero humano a través del tiempo. Ahora bien, lo que se entienda por tiempo, a partir de lo dicho, debe ser precisado con más cuidado dado que:

Al hablar del tiempo, no siempre se entiende la misma cosa. En efecto, el tiempo tiene sentidos diferentes entre los cuales hay que distinguir. Hay tres órdenes de tiempo: el tiempo cósmico, el tiempo histórico y el tiempo existencial. Y cada hombre vive en esos tres órdenes de tiempo. El tiempo cósmico está simbolizado por un círculo; se lo vincula al movimiento de la tierra alrededor del sol, a la división en días, en meses y en años, al calendario y a los relojes. Es un movimiento circular, hecho de incesantes retornos: sucesión del día y de la noche, del otoño y de la primavera. Es el tiempo de la naturaleza y, en cuanto formamos parte de la naturaleza, vivimos en ese tiempo[1].

La existencia subjetiva, extrañada en la inmediatez natural, reviste en primer lugar la forma del devenir cósmico. La conciencia empañada en los juegos del perpetuo proceso de despliegues y retornos, se encuentra muda en los ritmos impersonales de su desarrollo. La Caída del hombre, la pérdida de su inocencia, es la salida del reino de la naturaleza. El hombre descubre su conciencia personal y desarrolla su subjetividad a través de la culpa. Ella abre una fisura y representa una irrupción de lo específicamente humano en la objetivación. Pero toda realidad superior, en cuanto a su objetivación, deviene un reflejo imperfecto y degradado. El principio de la jornada surge con una disrupción y una revelación. Se trata del nacimiento de la historia:

El tiempo histórico lo engendran movimientos y cambios distintos de los que se producen en el circuito cósmico. El tiempo histórico está simbolizado, no por un círculo, sino por una línea recta que se prolonga indefinidamente hacia delante. La característica del tiempo histórico consiste justamente en su vuelo hacia el porvenir, pues del porvenir espera la historia la revelación de su tiempo. El tiempo histórico trae siempre una novedad: gracias a él, lo que no ha sido llega a ser. Es cierto que el tiempo histórico también presenta retornos y repeticiones, y pueden descubrirse semejanzas en él. Pero todo acontecimiento del tiempo histórico es un acontecimiento individual, particular; cada década y cada siglo aportan una vida nueva.



La trayectoria lineal señala la orientación de la historicidad. El vector histórico presenta un origen, un módulo variable, una dirección y un sentido definidos. Se desempañan los cristales de realidad somnolienta en el devenir cósmico. La revelación disruptiva de la individuación subjetiva en la historia, no obstante ello, reviste un carácter imperfecto. El tiempo histórico, con ser un tiempo caído, representa una forma imperfecta de la existencia desdoblada, hecha extraña a sí. Ningún atributo de la temporalidad, es decir, de la objetivación, puede ser definitivo. Es así que la historia engendra ilusiones que también nos esclavizan y atentan contra la dignidad de la persona. Esta dignidad, a manera del apotegma neoplatónico, no se satisface sino con la divinidad, reputando como mezquina toda otra forma de actividad. Así sucede, por ejemplo, con las ilusiones proyectadas sobre la historia objetivada por el conservadurismo, que sitúa en el pasado un tiempo de mayor valía, o en el progresismo, que pretende el absurdo de la temporalidad colmada y redimida en sí misma, en algún instante del futuro:

El presente que contuviera la plenitud y la perfección no sería una fracción del tiempo, sino una evasión del tiempo; no un átomo del tiempo, sino, empleando palabras de Kierkegaard, un átomo de la eternidad. Lo que se ha vivido en el fondo de ese instante existencial permanece, mientras que los instantes que siguen y forman parte de la línea del tiempo desaparecen, debido a la poca profundidad de su realidad. Además del tiempo cósmico y del tiempo histórico, objetivados y sometidos al número, hay el tiempo existencial, el tiempo de la profundidad.

El tiempo existencial es una revelación de los fondos más profundos de la subjetividad. Tras la claridad precisa de la objetividad se esconde un abismo cuya profundidad deglute la historia. El tiempo existencial, hemos dicho, es un tiempo personal. En tanto personal, subjetivo; en tanto subjetivo, inobjetivable. Por eso no representa una continuidad, señala más bien una irrupción disruptiva, y apunta hacia una revelación. La experiencia del tiempo existencial es la experiencia de un fuera del tiempo dentro de nuestra historia. En este sentido, se afirma, escapa a la misma. Porque se haya originalmente fuera de la historia podrá señalarle sus sentidos. El sentido de la historia, y la redención de la temporalidad será, de esta manera, la eternidad en tanto esclarecida y realizada en la subjetividad.

La historia tiene un lado milagroso que no se explica por la evolución histórica ni por las leyes históricas: los milagros de la historia se deben a la irrupción de los acontecimientos del mundo existencial en el mundo histórico, que es demasiado limitado para contener dichos acontecimientos tal cual se producen, es decir, en su estado completo. La revelación de Dios en la historia es una de esas irrupciones del tiempo existencial en el tiempo histórico. Todos los acontecimientos significativos de la vida de Cristo han evolucionado en el tiempo existencial y no hacen sino transparentarse, traslucir, a través del medio denso de la objetivación, en el tiempo histórico. Lo metahistórico jamás coincide totalmente con lo histórico, pues la historia siempre hace sufrir deformaciones a la metahistoria, con el fin de adaptarla a su propio nivel. La victoria definitiva de la metahistoria sobre la historia, del tiempo existencial sobre el tiempo histórico, significaría el fin de la historia. En el plano religioso, esto significaría la coincidencia de la primera aparición de Cristo con la segunda. Entre esas dos apariciones metahistóricas de Cristo se halla el tiempo histórico en estado de tensión en el cual el hombre pasa por todas las tentaciones y todas las servidumbres.


El Cristo, en tanto revelación terrena de la personalidad divina, representa un instante de corte. La realidad humana no puede realizarse definitivamente en la historia, sus destinos son demasiado elevados para ello. Es así, que la historia misma nos muestra su faz de lobreguez, es un inmenso anecdotario de nuestros fracasos, un cementerio de nuestros sueños. El fracaso de la revelación divina en lo humano, la crucifixión del hombre Dios, señala directamente hacia el problema escatológico y la base de justificación de la historia. La resurrección implica una victoria sobre el tiempo objetivo subordinado a la muerte. La redención, la compenetración definitiva de la eternidad y el rescate del tiempo todo. De este modo, la revelación religiosa de la divinidad, la cuestión profunda y tantas veces falseada de la antropología, se vuelca en esta otra: el fin de la historia y la revelación de la eternidad, la ruptura de la inmanencia y la instauración de un instante pleno. El concepto del ánthropos exige un nuevo tratamiento de la problemática escatológica.
Ante esta realidad, a pesar de su incuestionable interés, no será menos cierto que:

La filosofía jamás planteó seriamente el problema del fin de la historia y del mundo, ni los teólogos lo tomaron nunca en serio. Se trata, en efecto, de saber si el tiempo puede ser vencido. Puede serlo, cuando no es una forma objetiva sino el producto de la existencia hecha extraña a sí misma. Una irrupción viniendo de la profundidad puede poner fin al tiempo, superar la objetividad. Pero esa irrupción proveniente de las profundidades no puede ser obra del hombre solo; es igualmente la obra de Dios, una obra llevada a cabo por el hombre y por Dios, una obra teoantrópica. Aquí nos hallamos en presencia del más difícil problema: el de la acción que la Providencia divina ejerce sobre, y en, el mundo. Todo el secreto consiste en que la acción de Dios se ejerce, no sobre el lado determinado de la naturaleza objetivada, sino a través de la libertad del hombre.



[1] Berdiaev, N., Libertad y esclavitud en el hombre.

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