“Lo que no es
eterno es intolerable”
N. Berdiaev
El ser humano es
una síntesis de alma y cuerpo sostenida por el espíritu. El tercer elemento
establece, en la dialéctica, la noción superadora de la unilateralidad e
integradora de la verdad relativa en una instancia superior de sentido. Pero de
la síntesis de alma y cuerpo deriva una segunda, el ser humano es también una
síntesis entre lo temporal y lo eterno. Ahora bien:
La segunda síntesis tiene exclusivamente dos momentos,
lo temporal y lo eterno ¿dónde está aquí la tercera? Y si no hay ninguna
tercera cosa, entonces tampoco hay realmente síntesis, ya que una síntesis que
encierra una contradicción es exactamente lo mismo que decir que no hay tal
síntesis. Esto nos obliga a hacernos la siguiente pregunta ¿qué es lo temporal?
Lo temporal, desde el punto de vista de la síntesis que nos ocupa,
es expresivo de la condición corporal. La síntesis humana es una relación
integradora, donde, en cierta forma, los extremos coinciden en el ápice de la
conciencia. El alma es algo así como el modo en que le es dado al espíritu
aprehenderse a sí mismo a través de la materia. Pero la materia además de espacialidad
es temporalidad y parte integrante de la síntesis del individuo:
Si el tiempo se define justamente como la sucesión
infinita, entonces es claro que también hay que definirlo como presente, pasado
y futuro. Esta última definición, será, con todo, inexacta, tan pronto como se
estime que radica en el tiempo mismo, ya que solo aparece en cuanto el tiempo
se relaciona con la eternidad y en cuanto ésta se refleja en el tiempo. Si en
la sucesión infinita del tiempo se pudiera encontrar un punto de apoyo firme,
es decir, un presente que nos sirviese como fundamento divisorio, entonces, sin
ninguna duda que aquella división sería totalmente exacta
Los elementos de
la síntesis, considerados aisladamente, revelan su carácter de abstractos. La
temporalidad en sí misma no es otra cosa que la sucesión infinita. Mero pasar
de largo, para decirlo en cierta forma, sin testigos. La unidad de la
temporalidad no se fracciona en tiempo pasado, tiempo presente y tiempo futuro,
porque no hay un punto fijo, solo existe un mero recorrer. El error consiste en
espacializar la duración abstracta y suponer coordenadas en lo que es antes el
recorrer que lo recorrido. El rango atravesado no es ya temporalidad, es
recuerdo que asoma a la conciencia como un espacio más o menos ilimitado, pero
siempre muerto. La temporalidad es, entonces, la sucesión infinita:
Lo eterno, en cambio, es presente. Para el pensamiento
lo eterno es el presente en cuanto sucesión abolida, el tiempo en la sucesión
que pasa. Para la representación lo eterno es un avanzar que a pesar de todo no
se mueve del sitio, ya que lo eterno equivale para ella a lo infinitamente
lleno. En lo eterno tampoco se da ninguna discriminación del pasado y futuro,
pues el presente está puesto como la sucesión abolida.
Todo movimiento supone cierta potencia intrínseca o
extrínseca, del móvil o del motor. Ahora bien, a mayor potencia, mayor rapidez
en la variación. Pero al aumentar indefinidamente la perfección, los intervalos
colapsan en una unidad sin temporalidad, en un rango sin especialidad. La
perfección plena y adquirida supone la simultaneidad y la identificación
completa entre los estados en que se despliega el cambio. Por eso la eternidad
vence la temporalidad interiormente anulando la sucesión infinita, aboliendo la
distinción de estados diferenciales e integrando la totalidad en la unidad homogénea.
Lo eterno es el
presente, y bajo la forma del presente es el modo en que el espíritu se sabe a
sí mismo a través del tiempo. En la síntesis, el tiempo y la eternidad deben
ser puestos en relación, en tanto instancias unilaterales de una instancia que
identifique su aparente contradicción. El espíritu y el cuerpo se ponen en
contacto en el alma. En cambio, si el
tiempo y la eternidad se ponen en contacto, ello debe acontecer en el tiempo, y
henos aquí ante el instante.
El instante es la
realidad del presente, esto es, de la eternidad, en tanto atraviesa el tiempo.
Así emergen las distinciones entre pasado, presente y futuro. El instante no
hace sino poner la unidad de la conciencia atravesando la sucesión infinita.
Representa el punto estable en virtud del cual se establecen las distinciones
entre dimensiones temporales. Así:
El instante, así entendido, no es en realidad un átomo
del tiempo, sino un átomo de la eternidad. Es el primer reflejo de la eternidad
en el tiempo. Pudiéramos decir que es como el primer intento de la eternidad
para frenar el tiempo.
La conciencia es el acto del espíritu que vive en el instante. El
presente secciona la temporalidad y establece los éxtasis temporales. Pero en
tanto la naturaleza de la síntesis anímica es dependiente de la existente entre
cuerpo y espíritu, las variaciones de esta última redundarán en aquella. La
naturaleza del tiempo varía con la naturaleza específica de la estructura
metafísica que lo soporta. La temporalidad supone la presencia del espíritu. Es
este el primer acto de su drama, en la inocencia. Aquí el espíritu, confundido
entre las cosas, aparece como soñando. El pecado, tensa el arco de la historia,
disparando su trayectoria en dirección a la redención. Así aparece, en relación
con el tema de la temporalidad, el problema del pecado original:
Con la temporalidad sucede lo mismo que con la
sensibilidad, ya que la temporalidad parece ser mucho más imperfecta y el
instante menos significativo que la aparentemente segura persistencia de la
naturaleza en el tiempo. Y, sin embargo, acontece todo lo contrario, puesto que
la seguridad de la naturaleza se funda en que el tiempo no tiene absolutamente
ninguna importancia para ella. Sólo con el instante comienza la historia. Por
el pecado se convirtió la sensibilidad del hombre en pecaminosidad, al mismo
tiempo que se hizo inferior a la del bruto. Y, no obstante, esto se debe
cabalmente al hecho de que aquí comienza lo superior, es decir, que ahora
comienza el espíritu.
El tiempo despliega la dimensión de la historicidad,
y ésta se inscribe entre dos extremos: la caída y la redención. El principio,
la caída del estado natural, supone la presencia del espíritu en el pecado y la
pérdida de la inocencia. La angustia anticipa esta posibilidad. La relación con
el espíritu, en tanto presente y posibilidad, será, desde entonces, siempre
ambigua. El espíritu es el origen, pero la puesta plena de su acto en la
síntesis es la meta. El espíritu es presente, pero también es libertad, luego,
es creación: “He aquí yo hago nuevas todas las cosas” decía Nuestro Señor,
porque el acto del espíritu es la creación. La revelación del cristianismo, en
tanto revelación de la individuación y de la libertad, es también la revelación
de la historia. El objetivo es el espíritu en tanto integrado, el instante no
entrando en el tiempo y seccionándolo, sino el tiempo rescatado en aquel
instante que no habrá de pasar. La transfiguración del tiempo y el rescate del
pasado en la redención, es la misión trascendente del objetivo histórico: la
creación de un cielo nuevo y de una tierra nueva, a través de la asimilación de
la esencialidad viva del Verbo divino en nuestra propia sustancia humana.
Cristianismo, tiempo, historia, redención y
escatología resultarán desde entonces inseparables, en toda perspectiva
teológica de orientación cristiana:
El concepto en torno al cual gira todo en el
cristianismo –aquello que lo renovaría todo– es la plenitud de los tiempos. Ahora bien, esta plenitud es el
instante en cuanto eternidad; y, sin embargo, esta eternidad es también el
futuro y el pasado. Si no se atiende a esto, ni siquiera un solo concepto podrá
librar de ciertos aditamentos heréticos y traidores, los cuales acabarán por
anular el concepto. De esta manera, si no sacamos al futuro de su estrecho
cerco y sólo lo consideramos como una mera continuación del pasado, podemos
estar seguros que los conceptos de conversión,
redención y salvación perderían el significado que encierran para la historia
del mundo y para el desarrollo histórico de cada individuo. Y, por su parte, si
no sacamos al pasado de su estrecho cerco y sólo lo consideramos en una misma
línea de continuidad con el presente, entonces quedarán arrumbados los
conceptos de resurrección y juicio.


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