sábado, 26 de marzo de 2016

Moda, técnica y tiempo

Con respecto a la historia, observa agudamente Ortega y Gasset, ha sido siempre una norma el haber sido profetizada certeramente por algunos filósofos. Este hecho, que parece a primera vista increíble, es y ha sido un hecho evidente, para aquellos que se hayan tomado el trabajo de estudiar la historia y las ideas de los grandes pensadores del pasado. Solo en esta vía, del conocimiento humanístico, es posible situarse por encima de el curso, que a primera vista parece caótico, vislumbrando sus fuentes primitivas y los derroteros complicados que proyectan su cause hacia un futuro aun más remoto.
La historia puede ser predicha racionalmente, es esto un hecho. Pero, para ello, hay que saber atender adecuadamente a los detalles, para establecer un buen diagnóstico. El mismo Ortega hablaba de la importancia de primer orden que presenta el estudio de la moda. En el flujo continuo, que se manifiesta como un equilibrio más o menos organizado de fuerzas en pugna, existen puntos más o menos estables que regulan los usos y las pautas sociales en un determinado ámbito geográfico y que recubren exteriormente a una época. La moda, como es evidente, es un fenómeno superficial; pero toda superficie es proyección de una profundidad. Quien desconozca lo exterior será incapaz de alcanzar el interior que lo manifiesta. Por eso es necesario aprehender y entender este fenómeno, que parece tan trivial.
Reconocemos en esta época, entre otros fenómenos que podemos estudiar, cierto gusto por lo antiguo, el fenómeno de lo retro. Este fenómeno, con ser tan difundido, no parece haber sido explicado con la altura intelectual que merece. Y es que es por demás evidente que toda época se define en función de determinado pasado que rescata y que le sirve en cierto modo de modelo. Lo curioso de esta época es que los adscriptos a esta moda se remiten a un pasado que conocieron. No se encuentra, en ese sentido, dinamizado por un ideal intelectual superior, por un conocimiento histórico adecuado, ni tampoco por una cultura humanista. Se trata de un intento, o un puro ademán, de retorno o evasión a un pasado que nos resulta más habitable y ameno.


Ese pasado, casi siempre, coincide con nuestra infancia o juventud, pero se encuentra, con preferencia, en determinada época paradigmática. No todas las épocas resultan tan gratamente habitables. Una extraña coincidencia puede tornar, más o menos, entrañables determinadas circunstancias históricas. Y es difícil resistirse al atractivo de un mundo más sencillo y de una mentalidad más juvenil. Todos nosotros, aun siendo jóvenes, hemos contemplado cómo se transformaba el mundo alrededor nuestro; y las circunstancias históricas, las formas de trabajo, y las modalidades de socialización se han tornado más complejas, más turbias y mucho menos humanas. La época va perdiendo en tono afectivo y en calor humano. Los ideales, asimismo, también parecen devaluarse; y el hombre, sin cobijo, se encuentra en la necesidad de extrañarse, para encontrarse más tranquilo consigo mismo.
Pero este encontrarse tranquilo señalará, como es por demás evidente, la vía de un nuevo extrañamiento. La interioridad se encuentra vaciada; por lo tanto, todo camino de compenetración en la interioridad se encuentra obliterado. Lo mismo sucede con la capacidad de comunicación, intercambio y socialización. Los usos a la moda entrañan el extrañamiento, se resuelven en una dinámica impersonal, y suponen la recíproca permutabilidad de los sujetos. Esto no es otra cosa que la objetivación de la subjetividad, una auténtica enajenación que nos arroja a un nuevo momento de la historia.
Y la historia avanza con una fuerza avasalladora. El hombre, que se siente fragmentado a sí mismo a lo largo de su vida, hundido en este flujo, busca aferrarse a algo firme, que arrastra consigo, al modo de un guijarro. Las fuerzas creadoras del hombre modificaron la naturaleza, desarrollaron las fuerzas técnicas y expresaron la cultura. Pero la cultura es eminentemente espiritual, en tanto la técnica es mecánica. Por eso, no extraña que la cultura se debilite, en tanto que la técnica se desarrolla de manera avasalladora. Este desequilibrio involucra, nuevamente, la pérdida de un centro: en este punto de la historia, el hombre se encuentra a la intemperie y por demás desorientado.
Es así que la técnica y el mercado son los grandes constructores de la moda de la época. La cultura, en un sentido profundo, que se sitúa en las cimas del espíritu y se adueña del pasado, otorgaría un germen de estabilidad. Pero ella, en decadencia ya en pleno siglo XX, se encuentra hoy en estado ruinoso. No es una fuerza de creación ni de resistencia. Por lo tanto, la historia se acelera. Es un signo de este tiempo que todas las cosas duren poco. Y esto se asocia al mercado, a la despersonalización y a la técnica.
Ello lo ha visto muy bien Nicolás Berdiaeff, el gran pensador ruso, quien a lo largo de su producción trabajó esta temática de un modo por demás riguroso:

El poder de la técnica tiene aún otra consecuencia, que entraña grandes dificultades para el hombre, porque el alma humana no está suficientemente adaptada a ella. Asistimos a una terrible aceleración del tiempo, que el hombre no llega a alcanzar. Ningún instante tiene valor por sí mismo y no representa más que un medio para el instante siguiente. Una increíble actividad se exige del hombre, actividad que no le permite ninguna reflexión sobre sí mismo. Sin embargo, estos minutos activos hacen pasivo al hombre. Se transforma en un simple medio fuera del proceso humano, una simple función del proceso de producción. La actividad del espíritu humano se halla debilitada. El hombre está valuado desde un punto de vista utilitario, sobre la base de su rendimiento. Esto representa una enajenación de la naturaleza humana y una destrucción del hombre. Es por lo que, con razón, ha hablado Marx de enajenación de la naturaleza humana en el régimen capitalista. Pero esta enajenación subsiste bajo el régimen por el que quiere reemplazar el régimen capitalista en vías de descomposición [1].


La causa profunda de estos fenómenos es un debilitamiento de la imagen de lo humano. El centro espiritual, que se erige como un foco activo, y opuesto al curso histórico, se encuentra velado. El tiempo nos arroja a la fragmentación, el flujo acelerado, a la pérdida de la identidad. Los trozos de lo humano se superponen, siendo incapaces de recomponer el rompecabezas. Tenemos una yuxtaposición incoherente de elementos. Racionalizamos lo caótico, y eso es un signo de la tragedia humana de la época y otro síntoma de su decadencia. La tragedia de la época expresa un carácter histórico, cósmico, pero sobre todo eminentemente antropológico. Es por eso que la solución no podrá venir de fuera. El hombre debe regenerarse y adueñarse de su propio centro. Ese foco de libertad, que se apropia e integra a su vida, en un proceso de enriquecimiento continuo, a sus propias creaciones, en lugar de quedar sometido y esclavizado a ellas, es el fundamento de su ser espiritual, la única vía todavía abierta a su regeneración, al dominio y comprensión de la dinámica de la historia y del tiempo:

El desarrollo de la técnica y su poder sobre la vida humana se encuentran en relación directa con el tema del hombre y del cosmos. Ya hemos dicho que el desarrollo moral y espiritual no corresponde al progreso técnico y que ésta es la causa fundamental del desequilibrio del hombre. Sólo vinculando el movimiento social al movimiento espiritual puede el hombre salir de un estado en que se encuentra desgarrado y como perdido. Nada más que por el principio espiritual, es decir, por su vínculo con Dios, el hombre se hace independiente lo mismo de la necesidad natural que del poder de la técnica. Pero el desarrollo de la espiritualidad en el hombre debe llevarle, no a desviarse de la naturaleza y de la técnica, sino a dominarlas. En realidad, el problema que se presenta para el hombre es más complejo todavía. No puede existir comunión con una naturaleza mecanizada. Una comunión del hombre con la vida de la naturaleza, como existía en otro tiempo, no es posible más que por una aproximación espiritual; no puede ser simplemente orgánica, en el antiguo sentido de esta palabra [1].


[1] Berfiaeff, N., Reino del espíritu y reino del César, Traducción de A. de Ben, Madrid, Aguilar, 1955, p. 53. 
[1]  Op. Cit. p. 58.

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