Sépanlo Todos: este
drama no es ni una ficción, ni una novela. All
is true, es tan verdadero, que cada uno puede encontrar sus elementos en su
propia casa, tal vez en su propio corazón.[1]
El problema de
la experiencia, conjuntamente con el de la “verdad” de la idealidad, no ha sido
planteado con la altura merecida. Hemos escuchado divagues epistémicos, otros
se han convertido en libros con títulos que en sí mismos representan un
absurdo. No hace falta recordar aquél título tan taquillero que hablaba acerca de
la mendacidad de las leyes científicas, aserto fundado, precisamente, en virtud
de la idealidad de acuerdo a la cual se establece su formulación.
Pero, ¿qué es
la idealidad, al menos en ciencia? Por nuestra parte, no nos resignamos a
encerrar el ámbito especulativo en las oxidadas tenazas de la racionalidad
analítica o en los cerebros polvorosos que transitan los claustros académicos.
La verdad resplandece en el arte, destella en la mente genial del creador, y
abrasa la criatura caída hasta hacer de su alma toda una antorcha sagrada que
consume, en su realidad esplendente, toda la vana escoria que consume la
herrumbrosa substancia del curso cotidiano de nuestra vida.
La idealidad,
en nuestro concepto, lejos de engañar, tiene la misión de manifestar. La idealidad,
precisamente, lo que hace es desvincular los elementos enmarañados en la
realidad concreta. Desarticula las fuerzas arremolinadas en el complejo juego
de nuestro trato para con las cosas, desarma el remolino en su armado básico y
su ordenamiento geométrico. Todo yace en todo, y una cosa en nuestro mundo
refleja todo el universo. Por eso, el teórico, que quiere establecer fórmulas
definidas referidas al ordenamiento simple de las cosas, debe trabajar con
tipos ideales. Finalmente, éstos representan tipos simplificados, donde el
juego de los principios se reduce a unos límites abarcables de interacciones
mensurables. Una vez esclarecida la lógica, la inclusión de elementos puede
tener lugar, con la conciencia plena de que todo en el cálculo científico
tiende a la simplificación, vía la idealización, y que despreciamos las fuerzas
intervinientes producto de infinidad de interacciones, precisamente porque su
efecto no es significativo en relación a los fines perseguidos.
Falaz en el
cálculo si se quiere, la idealización construye el armazón lógico, el esqueleto
anatómico básico, que funda la fisiología de los seres concretos. La verdad
resplandece a través del sueño y la idealidad que radiografía la verdad
solamente puede ser reconstruida por el ojo visionario del artista. Así, la
verdad ideal encuéntrase también, sobre todo, en el arte. Por eso sus
creaciones trascienden las consideraciones superficiales, calando hondo en la
naturaleza de las cosas. El fluir dinámico de las cosas se resuelve en capas de
actividad, aquel que aprehende la matriz más honda domina el espectro y el
contenido de la variación. Una vez allí, ¡qué nos importan las teorías o los
detalles! Estamos de frente ante la realidad desprovista de todo atavío y
ornamento, y cegados ante su humilde resplandor, comprendemos la belleza triste
cantada por José Larralde:
¡Qué extraño fue todo, ya lo ves!,
La vida que pasa…
Y en la más austera desnudez,
Sobran las palabras.
En efecto, la
palabra tosca del hombre de lo cotidiano no tiene cabida en estos campos,
aparentemente tan yermos, donde puede sembrar la mano inspirada del artista,
espigando los frutos más sabrosos y delicados. Balzac ha sido llamado vulgar,
maestro de la brutalidad, genio creador que se solaza morbosamente en la
degradación. Por nuestra parte, lo que nos subyuga sobre todo en su obra es su
fuerza, al par de su clarividencia. La fuerza debe ser, a riesgo de no ser tal,
intensa y clarividente. La naturaleza entera arde en su creación, sus
personajes parecen encandilados por una voluntad enorme y ciega que los
precipita a todos en el abismo común de la conflagración. La tragedia iguala
las suertes de los héroes, los villanos, y de la masa anónima y más o menos
despreciable que atraviesa la Comedia humana como un cortejo siniestro que se
dirige hacia la tempestad, una tempestad de llamas. Y es con fuego, no con
tinta, con lo que Balzac delinea los caracteres y el destino de sus personajes,
con ese fuego que atraviesa la oscuridad, encendiendo un altar a la fatalidad
de la noche, hasta que resplandezca finalmente el fuego aéreo del alba matinal.
La monomanía
de sus héroes dirige el sino de los personajes, como una fatalidad inmanente.
Finalmente, ésta crece, la personalidad pierde todo contorno, hasta convertirse
en un receptáculo ciego, de esa potencia rugiente que busca su ocasión
manifestadora. Por último, la potencia desbordante rompe el frágil receptáculo,
un corazón se parte junto a los escombros del recipiente. El corazón late,
finalmente, una última vez, desangrando la agonía que se lleva su último soplo
de vida. Este es su testamento cruel, en el suelo, junto a las ruinas que
contempla, se despide del mundo tortuoso con un último grito de locura.
La monomanía
en Balzac, creemos, no es sino una operación por la cual los personajes
expresan un tipo ideal. El mecanismo de las fuerzas convergentes, fuerzas
opuestas que chocan, se debilitan y transaccionan, es esclarecido mediante la
construcción de estos engendros. Los héroes en Balzac representan tipos puros.
Grandet, el avaro que arrastra los aires plácidos de la provincia, arremolinando
todos sus anhelos en oro. Vautrin, el diablo depurado e irredento, cuya
potencia abisal conmueve las entrañas de la sociedad a la que desprecia.
Finalmente, el mismo amor arrebata la vida a Goriot, amor desmesurado, ciego
ante la ingratitud y la miseria de las hijas a las que había legado tantas
riquezas.
El genio,
calando hondo en la naturaleza de los seres en virtud de su potencia simpática,
entresaca el misterio de las cosas, desarma el andamiaje de los caracteres y
descubre el mecanismo de las pasiones. Balzac es, además de artista, un
visionario de genio, un naturalista pero, ante todo, un zoólogo. Taxonomista
genial, la jungla de la ciudad no lo arredra, con audacia viril se lanza a
través de los laberintos de cemento, el París decimonónico, húmedo y mohoso
encontrará al narrador que todos, en algún momento, quisimos para nosotros
mismos y nuestras abrumadas almas, mucho más prosaicas.
Ahora bien, si nuestra interpretación es
correcta, ¿no debiera tener algún tipo de validación textual por parte del
mismo autor? ¿No debiera el zoólogo Balzac incursionar en estas humildes faenas
epistémicas? Balzac lo hace. No hace falta referir a su admiración por Cuvier,
quien formuló los célebres principios de la paleontología. Ni tampoco a Saint
Hilayre, quien formuló el principio de la unidad de composición. La concepción
filosófica de Balzac, monista en metafísica, culmina, en lo epistémico, con una
reflexión acerca de lo ideal y la relación que presenta con la realidad. En
función de ello transcribimos este pasaje, transcripto, a su vez, por Jaime
Torres Bodet en su biografía de Balzac y que refiere una charla entre éste
último y el jefe de la policía Vidocq. El policía, tan astuto en cuestiones de
pesquisas criminales, le espeta a nuestro novelista, no utilice su perspicacia eminente,
casi visionaría, en el estudio de la realidad, como corresponde a un hombre de
un siglo tan práctico como el XIX. Pero Balzac no es Conan Doyle (que, por otro
lado, acabaría precipitado al espiritismo, fracaso del optimismo compartido con
las desmesuradas esperanzas de todo un siglo), y le responde con la
clarividencia y la madurez que, en sus raptos más felices, solamente le son
dados al genio:
“¡Ah! ¿Usted cree aun en la realidad? No lo
hubiese imaginado tan candoroso... Vamos; la realidad somos nosotros quienes la
hacemos… La verdadera realidad es este hermoso durazno de Montreuil. El que
usted llamaría real surge naturalmente en el bosque… No vale nada: es pequeño
ácido, amargo; no se le puede comer. Éste es el verdadero… El producto de cien
años de cultivos, el que se obtiene… mediante cierto trasplante en un terreno
ligero o seco y gracias a algún injerto; en fin el que es exquisito es el que
hemos hecho nosotros; el único real. En mi caso, el procedimiento es idéntico.
Obtengo la realidad con mis novelas como Montreuil obtiene la suya con sus
duraznos. Soy jardinero en libros.
[1] Balzac,
El tío Goriot



Imprescindible escrito para comprender el multiverso genial de Balzac, autor al que la posteridad intelectual debe una disculpa. Por mi parte, agregaría que parte de las características que Ud. advierte en el genio caracterológico y taxidermista del francés, yo las advierto en ese otro genio de la demonología llamado Dostoievsky. Un abrazo, E
ResponderEliminarMuchas gracias, Eze. Comparto, por demás, tu apreciación respecto a Dostoievski. Autor de un genio insoslayable que pertenece a un pasado inactual de cuyas profundidades, nuestra literatura contemporánea, tiene mucho para aprender. los clásicos beben de las aguas vivas del misterio del ser y nosotros participamos de ello con nuestra lectura y humilde admiración. un abrazo
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