jueves, 29 de agosto de 2019

Sören Kierkegaard y el concepto de lo demoníaco




¿Qué es lo que me ata? ¿De qué estaba hecha la cadena con que ataron al lobo Fenris? Estaba hecha, para aterrorizar, de los ruidos que hacen las patas de los gatos al deslizarse por el suelo; de barbas de mujeres; de raíces de rocas; de hierbas de oso; del aliento de los peces y de la saliva de los pájaros. Así estoy también yo atado a una cadena formada de sombrías cavilaciones, sueños angustiosos, inquietos pensamientos, sugestiones medrosas y angustias inexplicables. Esta cadena es muy flexible y suave como la seda. Diríamos que se estira y parece ceder cuando se la fuerza violentamente, pero es imposible romperla.

   (S. Kierkegaard, Diapsalmata)


El concepto de lo demoníaco es abordado por el filósofo danés Sören Kierkegaard desde una multiplicidad de perspectivas a lo largo de su vasta obra. Se oscila en ellas entre distintas caracterizaciones (no por diversas contradictorias) que colocan siempre, en primer término, el problema de la libertad por demás fundamental al pensamiento existencial a lo largo de su historia. El tratamiento más sistemático, preciso y desarrollado de la problemática podrá hallarla el lector en El concepto de la angustia, obra por otra parte esencial, para comprender el posicionamiento filosófico del teólogo danés. Ahora bien, dado que, en esta obra, el concepto de lo demoníaco aparece como una forma peculiar de la pérdida de la libertad,  conviene comenzar precisando qué entiende Kierkegaard por ella. Para ello nos serviremos de algunas precisiones del estudioso francés Roger Verneaux en el capítulo que, en sus Lecciones sobre Existencialismo, le dedica a Kierkegaard:

La individualidad se da, la persona se afirma por y en la libertad. ¿Qué es, pues, el acto libre? Ante todo es un comienzo absoluto, un acto irracional, por consiguiente, en el sentido de que no puede ser previsto ni explicado por la razón; toda la lógica del mundo es impotente para deducir las decisiones de un hombre. Además es una elección; lo cual significa que en presencia de una alternativa se elige uno de los miembros con exclusión del otro […]. Por último –y esto nos hace penetrar en lo más íntimo de la libertad−, por el hecho de elegir alguna cosa, sea lo que fuere, en el fondo se elige uno a sí mismo. La libertad, pues, consiste en elegirse: por una parte en consentir en ser lo que se es, en ser uno mismo, y por otra en querer devenir lo que no se es. Pero los dos aspectos se superponen, coinciden en realidad, puesto que el ser del hombre consiste en devenir. La libertad aparece así como una tensión del ser hacia sí mismo[1].

El carácter irracional del acto libre hace referencia a aquel núcleo profundo desde el que tal acto parte. Ese núcleo es por esencia inobjetivable y, por tanto, sus expresiones típicas no podrán ser capturadas adecuadamente por nuestros conceptos. El nuevo comienzo hace referencia a la irrupción de este dinamismo profundo en los eventos del mundo objetivo. La elección, por lo demás, existe en la posibilidad. En este sentido se comprende que la libertad sea, en primer lugar, a través de la imaginación, creadora de los posibles y, en un segundo momento, que, a través de la ordenación de la voluntad, sea quien elija entre ellos. Elegir un posible es recortar el ser, al hacer que la indeterminación extensa y difusa ofrecida por la virtualidad se circunscriba y condense en un acto metafísico concreto, un estado de la realidad actual y delimitado.
La libertad, que existe para el sujeto como un atributo de su propio yo, es, entonces, creadora de los posibles[2]. El yo se refleja y extiende, luego, virtualmente en los posibles a los que la imaginación constituye. ¿Y qué encuentra la libertad en lo posible? Encuentra la indeterminación; indeterminación que se refiere tanto a los eventos del mundo como a sí mismo. Esta virtualidad extensa, en cierta forma, crece en la percepción con la profundidad del sujeto y se condensa cada vez con mayor consistencia sin alcanzar nunca el ser característico de lo efectivo; no obstante ello, la posibilidad crece y he aquí que el sujeto libre se encuentra asediado por ella. Esta irrupción activa de la posibilidad en la actualidad del sujeto es el fundamento de la angustia. Es así como la angustia es la realidad de la libertad en tanto posibilidad frente a la posibilidad. Es como si la posibilidad misma, en una extensión indeterminada, observara fijamente al sujeto. Esta mirada de la posibilidad indeterminada, como la de Medusa, petrifica a los sujetos paralizando sus movimientos. De modo similar ‒y para usar la misma imagen de la que se sirve Kierkegaard para ilustrar el fenómeno‒, el individuo inclinado sobre un abismo sufre vértigos y se encuentra paralizado por el terror. Ahora bien, la angustia es al espíritu lo mismo que el vértigo es al cuerpo. Y es así como la angustia, que revela la libertad, brota continuamente de ella como una señal ambigua de su dignidad metafísica:

Ésta es la realidad, que viene precedida por la posibilidad de la libertad. Por cierto que esta posibilidad no consiste en poder elegir lo bueno o lo malo. Semejante desatino no tiene nada que ver ni con la Sagrada Escritura ni con la verdadera filosofía. La posibilidad de la libertad consiste en que se puede. En un sistema lógico es demasiado fácil decir que la posibilidad pasa a ser la realidad. En cambio, en la misma realidad ya no es tan fácil y necesitamos echar mano de una categoría intermedia. Esta categoría es la angustia, la cual está tan lejos de explicar el salto cualitativo como de justificarlo éticamente. La angustia no es una categoría de la necesidad, pero tampoco, lo es de la libertad. La angustia es una libertad trabada, donde la libertad no es libre en sí misma, sino que está trabada, aunque no trabada por la necesidad, mas por sí misma […]. Desde el instante en que queda puesta la realidad, empieza la posibilidad a caminar a su lado como una nada que tienta a los hombres insensatos[3].


 


            La angustia brota del acto libre, en la medida en que este engendra la virtualidad, y como un saber original de la potencialidad de la libertad. De esta forma se comprende que tanto la potencia constituyente de los posibles como el saber son lo que engendran, de manera conjunta, el fenómeno de la angustia. ¿Angustia de qué? Angustia de una nada que se sospecha. Esa nada, al no estar determinada, presenta una realidad proteica. La nada puede ser cualquier cosa y, como tal, hallar refugio en cualquier rincón del universo. El individuo aquejado por la angustia se encuentra paralizado; luego, en una condición ambigua: se encuentra seguro y acechado, conoce y desconoce, se siente atraído pero también rechaza. Esta es la ambigüedad fundamental que le servía a Kierkegaard para dar cuenta del pecado original, por medio de la flexibilidad de una categoría intermedia[4]. Pero, ¿en qué consistió ese pecado? En el tránsito de la inocencia a un estado de culpabilidad. La inocencia es ignorancia; por lo pronto, no es culpable ni virtuosa[5]. Tiene en ella la potencia de serlo todo, dado que no es nada. Esto, la inocencia, sin saberlo, lo presiente, y esta ignorancia sapiente (o bien la presencia de esta suerte de saber ignorante) despierta angustia. La intensidad de esta angustia se mide por la intensidad de la potencia. Como la inocencia no ha realizado nada (en la dirección del espíritu, se entiende), su posibilidad es infinita. Ella no es libertad aún, pero está dirigida hacia ella. Conviene, entonces, contraponer a este estado, donde la libertad se nos ofrece con el espacio formidable de su potencialidad, con el de lo demoníaco, en que la libertad se encuentra perdida.

Lo demoníaco es angustia ante el bien. En el estado de inocencia no estaba puesta la libertad en cuanto libertad y su posibilidad constituía la angustia en la personalidad. En el estado de endemoniamiento se ha invertido esa relación. La libertad ha quedado establecida como no-libertad, pues se ha perdido la libertad. La posibilidad de la libertad aquí nuevamente angustia. La diferencia no puede ser más absoluta, ya que la posibilidad de la libertad se manifiesta aquí en relación con una esclavitud que es exactamente lo contrario de la inocencia, pues ésta es una categoría en la dirección de la libertad[6].




Si la angustia se manifiesta, en la inocencia, como una angustia ante el mal, entrañada en la posibilidad del pecado; en lo demoníaco, la relación se invierte. Aquí el sujeto se angustia no ante el mal, sino ante el bien. Por ello lo demoníaco se manifiesta, fundamentalmente, cuando el bien se le acerca de afuera. La libertad, por lo demás, se ha encadenado a sí misma y, se comprenderá, el conflicto habrá de surgir cuando la libertad de fuera le abra nuevamente la perspectiva de la posibilidad. Hechos como este se repiten en todas las esferas de la vida del hombre, pero aquí adquiere su real dramatismo existencial. El hombre endemoniado guarda, por tanto, una relación particular con el bien, que es la angustia, y ello por el motivo en que su libertad se ha esclavizado. En este momento, Kierkegaard nos conmina a separar lo accidental, en la variabilidad de las manifestaciones, de lo sustancial, que permanece idéntico en todos los casos:

El fenómeno siempre es el mismo, es decir, de angustia ante el bien: pues la angustia puede expresarse con igual perfección en la mudez que en el grito. El bien significa, como es obvio, la reintegración de la libertad, la redención, la salvación, o como se la quiera llamar[7].
                                                                      
El fenómeno de lo demoníaco ha sido históricamente abordado desde distintas esferas. Desde un punto de vista estático-metafísico, el fenómeno era considerado como un producto del destino y como una desgracia. La perspectiva ética, por otra parte, lo consideraba como una culpa, y en virtud de esta culpa es que se comprenden los castigos infligidos a los endemoniados. Finalmente, el último abordaje, es desde lo patológico. Kierkegaard reconoce, al mismo tiempo, la legitimidad de estos tres puntos de vista. Y esta legitimidad encuentra un fundamento en la estructura metafísica del ser humano. Es así como

La posibilidad de estos tres puntos de vista tan distintos nos viene a demostrar la ambigüedad del fenómeno, esto es, que en alguna manera pertenece a todas las esferas, tanto a la somática como a la psíquica y a la neumática. Esto indica que lo demoníaco tiene un alcance mucho mayor del que se le supone habitualmente. La explicación no es otra sino la de que el hombre constituye una síntesis de alma y cuerpo sostenida por el espíritu. Por eso, la desorganización en una de estas esferas no puede por menos de repercutir en las otras restantes[8].

La síntesis es la reunión de una diversidad en una totalidad. Así la concebía, por ejemplo, Kant, dado que la actividad sintética del entendimiento reunía una multiplicidad dispersa, tanto en el espacio como en el tiempo, en una unidad de significado proporcionada por la categoría, el concepto puro que otorgaba unidad a la actividad sintética. El concepto más inmediato que tiene en mente Kierkegaard en su definición es, no obstante, el hegeliano. De este modo, Kierkegaard considera la síntesis como una unificación operada entre opuestos que, a pesar de su posición, forman parte de la misma totalidad. La síntesis, por ello, consiste en la negación de la negación; en otros términos, en la superación de la contradicción. La síntesis humana consiste en una síntesis entre elementos opuestos: el alma y el cuerpo. La totalidad es constituida por una relación en tensión que es establecida por el espíritu, por el Yo. El yo, de este modo, se relaciona tanto con lo anímico como con lo corpóreo. Su naturaleza es, así, contradictoria y se encuentra en tensión entre ambos polos. El espíritu establece, luego, una relación peculiar con el cuerpo, y otra también peculiar con el alma. De este modo, el alma y el cuerpo establecen también una relación particular entre sí mismos; en la medida en que ambos forman parte de la misma totalidad y afectan al mismo Yo, como constitutivos esenciales de la realidad del propio sujeto.

considerando la diversidad de aspectos  que incluye constitutivamente el ser humano, de acuerdo a las ideas antropológicas de Kierkegaard, comprendemos que esta diversidad justifica el abordaje desde una multiplicidad de perspectivas diferenciales. Lo que desde un punto de vista estático es una desgracia, desde el punto de vista de la génesis es producto de una culpa, dado que el estado se ha ido configurando por toda una serie de movimientos. Así, el yo libre se ha encadenado, y esa esclavitud constituye también una patología. Sobre el carácter de esta enfermedad no hay mucho que decir, tanto más, cuanto que es la perspectiva con la que se considera actualmente (al menos, hasta la irrupción de las ideas posmodernistas, con el sinsentido lógico y metafísico transformado en sistema y método de trabajo especulativo); de modo que, siguiendo la exposición del teólogo danés, veremos el papel de la libertad en todo el dinamismo, dado que la libertad se ha perdido en la extensión de un proceso. El individuo se angustia ante el bien; por lo tanto, el sujeto esclavizado por el demonismo ha de encontrarse en el mal. Kierkegaard precisará, luego, qué entiende aquí por “el mal”:

De ordinario, se suele emplear acerca del mal una expresión más metafísica, diciendo que es lo negativo; la expresión ética de lo mismo es justamente la de clausura, sobre todo si se atiende a los efectos del mal en el individuo. Porque lo demoníaco no se encierra en su clausura con alguna otra cosa que lo acompañe allá dentro, sino que se encierra sólo; y en esto consiste la profundidad peculiar de la existencia, a saber, en que la propia esclavitud se haga a sí misma prisionera. La libertad es siempre comunicativa –por cierto que no hay ningún inconveniente en que aquí se tenga también en cuenta la significación religiosa de este término‒. La no-libertad, por el contrario, se encierra cada vez más dentro de sí misma y no desea tener ninguna comunicación. Indicios de esto se pueden observar también en todas las esferas[9].




La libertad acciona realmente en el hombre según una línea de desarrollo vertical. La comunicación de la libertad consiste en su carácter efectivamente concreto en conjunto con su acción real. Donde la acción, el dinamismo, se torna imaginario, el sujeto no se halla en comunicación con lo efectivamente existente. El individuo que perdió la libertad comienza, luego, por encerrarse. En ese encierro consiste también el mal, toda vez que no quiere ver su propia tarea en la realidad que se le ha dado. Existe, por ende, aquí una rebeldía y un rechazo. La esclavitud, por tanto, se encierra progresivamente y culmina en el enclaustramiento. La falta de comunicación con la realidad se perfeccionará en el mutismo. Es así como, el ensimismado que ha perdido la libertad, hallará un refugio seguro en el silencio:

Pero no me parece oportuno desarrollar más este tema, pues no acabaríamos nunca con él aunque nos ciñéramos a una simple mención algebraica de sus rasgos principales. ¿Qué sería si lo quisiéramos describir a fondo, o si se rompiera el silencio del ensimismado para que todos pudieran escuchar sus monólogos? Pues el monólogo es cabalmente su lenguaje habitual; por eso se dice del ensimismado, cuando se le quiere caracterizar, que es un hombre que habla consigo mismo[10].

Quien rompe los vínculos con la comunicación, lo hace con una posibilidad y se refugia en el silencio para conservar la servidumbre de su encierro[11]. Al no comunicarse con la realidad, a la fuerza, su palabra dará vueltas alrededor de sí mismo. Este andar en círculos es su monólogo. El monólogo es la forma peculiar de habla del ensimismado, y se interrumpirá con la irrupción de una nueva característica típica, como es lo súbito:

El ensimismamiento era el efecto de la negativa relación social de la personalidad. Con lo que aquél no hacía otra cosa sino cerrarse más y más a toda comunicación. Ahora bien, la comunicación es, a su vez, la expresión de la continuidad, y la negación de la continuidad es lo súbito. Podría pensarse que el ensimismamiento implicaba una extraordinaria continuidad, pero acontece exactamente lo contrario. […] la personalidad del ensimismado siempre mantendrá una cierta continuidad con el resto de la vida humana, a no ser que el ensimismamiento se dispare del todo por los derroteros de la completa locura, que es el lastimoso perpetuum mobile de la monotonía. Precisamente en relación a esta cierta continuidad del ensimismado con el resto de la vida humana se nos presenta ahora la aparente continuidad del ensimismamiento, antes mencionada como lo súbito. En un momento la tenemos ahí y en el momento siguiente ya está lejos, y cuando la creímos desaparecida del todo hela de nuevo ahí íntegra y, plenamente. No es posible incorporarla o transformarla en una auténtica continuidad. Ahora bien, tal manera de manifestarse es cabalmente típica de lo súbito[12].

Lo súbito aparece, luego, como un corolario de la pérdida de la libertad. Sin continuidad real, el ensimismado ofrece un simulacro de permanencia, resguardado en el silencio. A decir verdad, no avanza, y en esta falta de dirección se manifiesta el carácter ilusorio de la continuidad. La persistencia aparente se pierde en lo súbito, esto es, una interrupción de la continuidad, que manifiesta una realidad de naturaleza subterránea. Esta realidad aparece, se expresa, y retorna de forma intermitente a las regiones desde las que parte. He aquí por lo cual este acaecer tiene algo de inasible. Todo se funda, finalmente, en la medida en que el sujeto logra aferrarse… a su estado de servidumbre. Y el fenómeno mismo de interrupción de lo súbito es una nueva manifestación de la sumisión interna. El demoníaco nos ofrece, en este fenómeno, una doble faceta de una personalidad que no logra integrar su unidad. De aquí que se exprese, ya sea un aspecto, ya sea en el otro, sin continuidad en la expresión y sin un reconocimiento mutuo de la complejidad de sus elementos constitutivos.
Lo súbito de las manifestaciones ofrece un cierto formato para la expresión estética adecuada del fenómeno de lo demoníaco. Es así como Kierkegaard nos dice que

Si se desea representar a Mefistófeles, muy bien puede dársele el papel de la réplica. En este caso, lo que se pretende no es tanto encarnar la idea peculiar de Mefisto, cuanto servirse de él como agente que pone en marcha la acción dramática. Lo que quiere decir que propiamente no se representa al mismo Mefistófeles, sino que se hace de él un bosquejo más o menos difuminado, convirtiéndole en una cabeza intrigante y llena de ingeniosa malignidad. De este modo, sin embargo, se volatiliza de todo su carácter, y a este propósito tenemos una leyenda popular que ha puesto el dedo en la llaga. Cuenta esta leyenda que el diablo estuvo sentado tres mil años cavilando cómo hacer caer al hombre..., hasta que, al fin, se le ocurrió el modo de hacerlo. El acento recae aquí en esos tres mil años, y la idea que sugiere este número es precisamente la del ensimismamiento peculiar de lo demoníaco, que siempre está incubando[13].




Es así que en la representación de la obra de teatro mencionada por Kierkegaard, Mefistófeles aparece en una habitación saltando súbitamente por la ventana, y luego se queda estático. El movimiento se condensa en la inmovilidad conservando el gesto. La actitud de movimiento expectante es en la que el actor queda fijado[14]. El efecto del dinamismo peculiar a lo súbito no podría haber sido captado de una forma más reveladora y diversa a esta. La razón de ello es que el demonismo es de naturaleza eminentemente mímica, toda vez que se encierra en el silencio y se expresa en lo súbito. En lo expectante del movimiento es como el individuo da la idea de estar incubando, toda vez que está a un paso de ponerse nuevamente en marcha y ese desequilibrio establecido, es fijado de manera continuada.
El hombre endemoniado rompe con su dinámica típica en lo súbito, pero es el caso que, en lo que hace a la continuidad fundamental, no existe ruptura en lo sustantivo. El individuo continúa siempre en un movimiento ilusorio, ensayado en el vacío. Como un hombre que pretendiera caminar y no hace más que ensayar sus movimientos en el aire, nuestro endemoniado no hace más que mover sus extremidades y agitarse. No existe, por tanto, ninguna continuidad real en el dinamismo. En sentido positivo, existe, por lo tanto, una persistencia en el vacío. Esta continuidad en el vacío, en sentido propio, es ilusoria, dado que su contenido es negativo.

De este modo, Kierkegaard nos permite comprobar la conclusión lógica a la que conduce la pérdida de la libertad, característica de lo demoníaco. La libertad, que se cancela a sí misma clausurándose en la no-libertad, no es capaz de otorgar consistencia a la personalidad, confinándola progresivamente en el vacío de su propia sustancia interna…

El aburrimiento y la inanición son concretamente una continuidad en la nada. Ahora podemos interpretar de un modo algo distinto la cifra que nos da la leyenda popular anteriormente citada. Los tres mil años ya no señalan la dirección de lo súbito, sino que ese tremendo espacio de tiempo nos evoca la idea del vacío y de la aterradora falta de contenido del mal. La libertad avanza tranquila siguiendo una línea de continuidad; lo contrario de esta marcha tranquila es lo súbito, pero también lo es ese señuelo de tranquilidad que se impone a nuestra imaginación cuando vemos a un hombre que da la impresión de estar muerto y enterrado en vida[15].




[1] Verneaux, R., Lecciones sobre Existencialismo, Traducción de María Mercedes Bergadá, Buenos Aires, Club de Lectores, 1957, pp. 51-52, énfasis original.
[2] “El hombre es posibilidad siempre. No se cierra nunca para lograr una totalidad en la que pueda descansar y decirse a sí mismo: ‘esto soy yo’. Siempre es posible el nuevo acto que dé a la vida de ese hombre otro sentido que el que hasta entonces parecía tener, y que nos lo muestre como siendo otra cosa. Si fuese posible ‘trazar la raya’, como decía Kierkegaard –esa raya que en las sumas permite obtener el ‘total’‒ sería posible decir: ‘esto soy’. Pero esa raya –la raya de la muerte‒ está ya fuera de nuestra vida. No he de ser yo quien haga la suma; no he de ser yo quien, ante el último de mis actos, diga: ‘esto soy yo’” (Fatone, V., Introducción al Existencialismo, Buenos Aires, Columba, 1973, p. 17).
[3] Kierkegaard, El concepto de la angustia, Op. Cit., pp. 58-59, énfasis original.
[4] “Adán, que no es culpable, se angustia de nada, y su inocencia se siente como perdida. Su angustia es la realidad de la posibilidad antes de la posibilidad. Es la libertad sujeta en sí misma: puro poder, vértigo en que la libertad mira el abismo de su propia posibilidad. Puro poder que es al mismo tiempo impotencia, porque para la libertad la posibilidad es lo futuro y lo futuro parece fuera de nuestro alcance. Sujeta en sí misma, la libertad está, por eso, como extrañada de sí misma. La angustia es la experiencia de un puro poder impotente, y a la vez un puro saber ignorante en que la realidad entera se proyecta como una nada” (Fatone, V., La existencia humana y sus filósofos, Buenos Aires, Raigal, 1955, p. 17, énfasis original).
[5] “La angustia que hay en la inocencia no es, por lo tanto, ninguna culpa; y, además, no es ninguna carga pesada, ni ningún sufrimiento que no pueda conciliarse con la felicidad propia de la inocencia. Por ejemplo, observando a los niños atentamente, nos encontraremos esta angustia señalada de la forma más precisa como una búsqueda de aventuras o de cosas monstruosas y enigmáticas. El hecho de que se dé en niños en los que no se encuentra esta angustia, no prueba nada, tampoco se da en los animales, y cuanto menos espíritu menos angustia” (Kierkegaard, El concepto de la angustia, Op. Cit., p. 51).
[6] Kierkegaard, El concepto de la angustia, Op. Cit., pp. 144-145.
[7] Kierkegaard, El concepto de la angustia, Op. Cit., p. 140.
[8] Kierkegaard, El concepto de la angustia, Op. Cit., p. 143.
[9] Kierkegaard, El concepto de la angustia, Op. Cit., pp. 145-146.
[10] Kierkegaard, El concepto de la angustia, Op. Cit., p. 150.
[11] Por otra parte, es típico en la disimulación de la locura de individuos paranoicos recurrir a la estrategia del silencio: “Existe un primer grado de disimulación que es la reticencia. En la reticencia hay un ocultamiento parcial del tema delirante. Algo se dice, pero mucho se calla. En los interrogatorios eludirán las respuestas directas y emplearán los circunloquios. Después vendrán los silencios, que no se llenan con palabras, pero sí con gestos que traicionan. La mímica es el mejor lenguaje de los silencios [Kierkegaard notaba que lo demoníaco encuentra su expresión estética perfecta en lo mímico]. El reticente empieza por colocarse un disfraz incompleto” (Loudet, Op. Cit., p. 64, énfasis original y corchetes nuestros).
[12] Kierkegaard, Op. Cit., pp. 152-153.
[13] Kierkegaard, Op. Cit., p. 154.
[14] “Las palabras más terribles, alzándose desde el abismo de la maldad, no son capaces de producir el efecto que causa la subitaneidad del salto, que es uno de los factores de lo mímico. Por horribles que puedan ser las palabras –aunque sean un Shakespeare, un Byron, un Shelley quienes rompan el silencio‒ siempre conservarán el poder liberador que les es propio. Porque sin duda que toda la desesperación todos los horrores del mal reunidos en una sola palabra, nunca llegarán a ser tan terribles como el silencio mismo. Por tanto, lo mímico puede expresar muy bien lo súbito, sin que esto signifique que lo mímico en cuanto tal sea lo súbito. En este sentido es bien meritoria la representación que nos ha hecho de Mefistófeles el maestro de ballet Bournonville. ¡Qué espanto no le sobrecoge a uno cuando ve que Mefistófeles entra saltando por la ventana y se queda enhiesto en la posición del salto! Este brío en el salto –que recuerda el brinco del ave de rapiña o de la fiera salvaje‒ es de un efecto extraordinario, porque nos causa un espanto reduplicado, una vez que por lo general siempre arranca de una perfecta inmovilidad. Por eso Mefistófeles tendrá que andar lo menos posible, pues el andar mismo es una especie de transición al salto y encierra como un barrunto de la posibilidad de éste. Y por esta misma razón la entrada en escena de Mefistófeles en el ballet aludido no hay que tomarla como un golpe de teatro, sino como una idea muy profunda” (Kierkegaard, El concepto de la angustia, Op. Cit., pp. 154-155, énfasis original).
[15] Kierkegaard, El concepto de la angustia, Op. Cit., p. 156.

viernes, 28 de junio de 2019

ALDOUS HUXLEY: UN MUNDO FELIZ Y LA REVOLUCIÓN CUALITATIVA







—Pues yo no quiero comodidad. Yo quiero a Dios, quiero poesía, peligro real, libertad, bondad, pecado.
—En suma ‒dijo Mustafá Mond‒, usted reclama el derecho a ser desgraciado.
—Muy bien, de acuerdo ‒dijo el salvaje, en tono de reto‒. Reclamo el derecho a ser desgraciado.
—Sin hablar del derecho a envejecer, a volverse feo e impotente, a tener sífilis y cáncer, a pasar hambre, a ser piojoso, a vivir en el temor constante de lo que pueda ocurrir mañana; el derecho, en fin, a ser un hombre atormentado.
Siguió un largo silencio.
—Reclamo todo estos derechos ‒concluyó el salvaje.
Mustafá Mond se encogió de hombros.
—Están a su disposición ‒dijo[1].

Aldous Huxley, Un mundo feliz


John, “el salvaje”, recibe la oportunidad ‒en un raro experimento‒ de ensayar su propio modo de vida en el espacio vital de un “mundo feliz”. El experimento fracasó porque, aun a despecho de Mustafá Mond, el interventor residente de la Europa occidental ‒aunque, en otro sentido, para gratificación del éxito de su trabajo‒, el proceso de ingeniería social arraigó en el núcleo más profundo de los habitantes de la nueva humanidad. Desde allí, no podría más que extenderse y desparramarse hacia el rincón solitario de la tierra, hasta el faro olvidado, donde se había refugiado “el salvaje”, en un espacio perdido de la campiña inglesa. Allí, éste ‒siguiendo una antiquísima práctica característica de su tradición y de su raza‒ se flagelaba con un látigo lacerando la carne de su espalda, buscando purgarse de la sociedad que había conocido hacía tan poco. El maravilloso mundo nuevo acechaba. Éste, al modo de una erinia legendaria, eterna como los trazos ideales del linaje de humanos y divinidades, implacable en su venganza, lo perseguía hasta su retiro. Es así como, en medio de la muchedumbre invasora, el espíritu del salvaje sucumbe en una Orgía-Porfía; su cuerpo, colgando como un bulto, oscilante en la sombría cuerda del ahorcado, la seguirá poco después hacia el postrero refugio de la noche y de las sombras. Allí, el viajero criado en la roca rojiza del desierto americano hallaría descanso; allí, en ese rincón oscuro, donde la sociedad absorta de felicidad no sabría, ni podría tampoco, encontrarlo.
Huxley ensaya, en este libro fascinante, la conclusión lógica del encuentro de dos ejemplares heterogéneos de sociedad. Más aun, se trata del encuentro dramático y fatal de dos estructuras anímicas, de dos tipos humanos claramente definidos y certeramente expresados en forma literaria. En esta perspectiva, el final del salvaje se nos aparece como natural, ya que, salido de la reserva, no podría subsistir en el mundo contemporáneo. Se trata de una especie fósil cuya sola presencia representa un anacronismo incomprensible. El salvaje es portador de una forma cultural fenecida, en tanto que la humanidad nueva corresponde a un tipo de hombre de caracteres mucho más dúctiles. Se trata este de un sujeto maleable, chato, adaptable, artificiosamente individualizado, sin alturas ni profundidades vitales. Huxley advierte claramente que esta nota, aparentemente defectuosa, fundamenta su preeminencia en el nuevo mundo, de este modo conformado. El ciudadano de Un mundo feliz se encuentra completamente orientado hacia el exterior, en dirección a trayectorias predefinidas. Esta orientación exterior, esta difusión periférica de la dinámica personal, es la condición, precisamente, de una eficacia operativa y de una inscripción funcional estandarizada. El hombre nuevo es un “individuo” socialmente diseñado, sin intimidad, proyectado hacia el exterior, con oportunidades infinitas, elaboradas ‒desde una matriz impersonal‒ para todos los miembros del grupo. Todos pertenecen a todos”, se les enseña a los habitantes por medio de modernas técnicas de hipnopedia científica. Pero fuera de ese “todos” no existe margen para ninguno. Los individuos diferenciados deberán ser, pues, exiliados. Y la característica distintiva de este ciudadano expulsado e indeseable es el desarrollo personal y cualitativo, culpable de la constitución de una curva personal, de un desnivel en la masa homogénea de la sociedad, que ésta no es capaz de soportar. De este modo, la trama del “mundo feliz” se relaciona, por esta vía, con la álgida cuestión del poder de la sociedad sobre el individuo y de cómo éste debe oponerse a aquella para elevarse realmente, de un modo intrínseco, aun en contra de las opiniones y los intereses del “colectivo”.
Esta valoración de los exiliados, en contraposición a los miembros útiles de la sociedad, ante la exagerada reacción de Bernard al serle comunicado el exilio a que se le condenara, es expresada por Mustafá Mond a Helmholtz, otro de los exiliados:

Cualquiera diría que van a degollarle –dijo el interventor, cuando la puerta se cerró tras ellos‒. En realidad, si tuviera un poco de sentido común comprendería que este castigo es más bien una recompensa. Le enviarán a una isla. Es decir, le enviarán a un lugar donde conocerá al grupo de hombres y mujeres más interesante que cabe encontrar en el mundo. Todos ellos personas que, por una razón u otra, han adquirido excesiva conciencia de su propia individualidad para poder vivir en comunidad. Todas las personas que no se conforman con la ortodoxia, que tienen ideas propias. En una palabra, personas que son alguien. Casi le envidio, Mr. Watson.
Helmholtz se echó a reír[2].



Los miembros de la comunidad estable de “un mundo feliz” compran su bienestar a precio de no ser “nadie”. La expansión de las posibilidades proporcionadas por el nuevo orden supone la eliminación completa de una dimensión fundamental, precisamente de aquella que nos individualiza. De este modo, en virtud de la inclusión nítida y la formulación dramática de estas reflexiones, la obra de Huxley incluye una rica diversidad de problemáticas, por demás proféticas. No obstante la innegable calidad literaria y los grandes aciertos sustanciales y sugestiones filosóficas profundas, de esta novela sucinta pero inagotable, el autor de la misma, en un Prólogo tardío (el Prólogo data de 1946, mientras que la obra se publicó en 1931), se permite la enumeración de unas cuantas críticas a su libro. De este modo, enumera una serie de errores de diversa importancia:

Sin embargo, creo que sí merece la pena, al menos, citar el más grave defecto de la novela: al Salvaje se le ofrecen sólo dos alternativas: llevar una vida insensata en Utopía, o la de un primitivo en un poblado indio, una vida más humana en algunos aspectos, pero en otros casi igualmente extravagante y anormal. En la época en que la obra fue escrita, esta idea de que a los hombres se les ofrece el libre albedrío para elegir entre la locura de una parte y la insanía de otra, se me antojaba divertida y la consideraba como posiblemente cierta[3].

Huxley reconoce que ninguna de las alternativas planteadas es deseable; no obstante lo cual, la propuesta del salvaje es más humana y, quizás, puestos a elegir, también preferible a la distópica. Ahora bien, ¿por qué la alternativa del salvaje se nos aparece como menos insatisfactoria? Porque existe un margen para la elección personal y, a través del esfuerzo, la posibilidad de un fortalecimiento interno. Existe así, en el mundo del salvaje, la posibilidad de un progreso intrínseco y de un desarrollo cualitativo. Este es el principio clave, que tanto cuesta identificar en esta obra a los lectores académicos y a los espíritus superficiales. El movimiento de los ciudadanos del nuevo mundo, ensanchado de manera extraordinaria, carece de profundidad. Junto a la satisfacción inmediata, se extravió algo así como el sentido que torna digna la existencia. Es así como, en la sociedad conformada por el “mundo feliz”, el individuo carece de oportunidad para la aplicación de sus propias energías. Además, el ciudadano satisfecho pierde el sentido de algo intransferible, sustancial e íntimo. La atmósfera de opresión, asimilada por el individuo de probeta, toma la forma de una liberación falaz. El cerco se cierra y la muerte del salvaje viene a confirmarnos que, en el maravilloso mundo contemporáneo, no existe ninguna salida. Y eso sucede porque el próspero habitante de la utopía, más que su realidad, lo que pierde es “su” posibilidad, aquella que lo especifica. Existen alternativas que satisfacen complejos de deseos y tendencias, de modo tal de asegurar la estabilidad del complicado mecanismo social. Pero, entre esas alternativas ofrecidas al ciudadano (el trabajo seguro y bien remunerado, el sensorama, los deportes tecnificados, el sexo, el consumismo extremo, el soma, la Orgía-Porfía), no se encuentra nada específicamente personal. Esas posibilidades son diseñadas, previamente conformadas, por ingenieros sociales representantes del colectivo e impuestas (no sin previo acondicionamiento) a las individualidades que surgen ‒ya de forma artificial‒ a la escena de la vida. Sin una auténtica posibilidad personal no existe un principio de desarrollo genuino y, cuando éste se encuentra, la alternativa es asimilarlo al sistema ‒como es el caso del interventor Mustafá Mond‒ o el exilio ‒como ocurre con, el quizás demasiado inteligente, Helmholtz‒.
De tal suerte, en atención a consideraciones como esta, el autor ‒quien es un verdadero filósofo‒ piensa que la obra literaria debería haber sido confeccionada de una manera diversa. En este punto, Huxley nos permite profundizar en las elaboraciones más finas de su concepción literaria y en las conclusiones teóricas de su temperamento reflexivo:

Pero volviendo al futuro… Si ahora tuviera que volver a escribir esta obra, ofrecería al Salvaje una tercera alternativa. Entre los cuernos utópico y primitivo de este dilema, yacería la posibilidad de la cordura, una posibilidad ya realizada, hasta cierto punto, en una comunidad de desterrados o refugiados del MUNDO FELIZ, que viviría en una especie de reserva. En esta comunidad, la economía sería descentralista y al estilo de Henry George, y la política kropotkiniana y cooperativista. La ciencia y la tecnología serían empleadas como si, al igual que el Sabbath, hubiesen sido creadas para el hombre, y no (como sucede en la actualidad) el hombre debiera adaptarse y esclavizarse a ellas. La religión sería la búsqueda consciente e inteligente del fin último del hombre, el conocimiento unitivo del tao o logos inmanente, la trascendente divinidad de Brahma. Y la filosofía de la vida que prevalecería sería una especie de alto utilitarismo, en el cual el principio de la máxima felicidad sería supeditado al principio del fin último, de modo que la primera pregunta a formular y contestar en toda contingencia de la vida sería: “¿hasta qué punto este pensamiento o esta acción contribuye o se interfiere con el logro, por mi parte y por parte del mayor número posible de otros individuos, del fin último del hombre?”[4].



En la pretensión de trascendencia espiritual y en la ampliación de este utilitarismo se funda la particularidad de las concepciones filosóficas de Huxley. Aquí ha de encontrarse, también, la oposición radical del pensador con la sociedad de su tiempo y con lo que este proyectaba como un destino próximo para la humanidad, si antes ‒vía la guerra nuclear‒ ésta no era despedazada de manera definitiva. Es así como, del mismo modo, el “mundo feliz” de Huxley se encuentra con la utopía, y con la comprobación del inquietante epígrafe incluido al principio de la obra por el literato inglés del pensador ruso Nicolás Berdiaev: las utopías son realizables. La historia nos permite confirmar cómo las Revoluciones, además de posibles, son de hecho reales. Y en esta posibilidad (y en esta emergencia alarmante de la actualidad) el afán de trascendencia, conjuntamente con el utilitarismo ampliado por la inclusión del desarrollo de la espiritualidad, es obstruido y completamente escamoteado.
En virtud de estas reflexiones, el escritor-filósofo nos permite vislumbrar, desde una perspectiva mucho más profunda (y, en términos prácticos, muchas veces antitética), el fenómeno revolucionario. Estas expresiones, contenidas en el Prólogo tardío de Huxley, nos permitirán comprender algo más del universo de Un mundo feliz y de las reacciones ambiguas (mezcla compleja de encono, desprecio, impresión de ingenuidad, vértigo ante el vacío de realidad y algo así como una inquietante sensación familiar…) que a nosotros nos producen sus “extraños” habitantes de un futuro demasiado cercano. Las expresiones de Huxley, al mismo tiempo, nos permitirán comprender algo más de la psicología, los impulsos, la sed de sangre, los movimientos de masas, la colectividad, la racionalidad, la revolución y la historia; todos ellos fenómenos humanos que el pensamiento del autor inglés sabe encubrir dramáticamente en un relato de una proximidad perturbadora:

El cambio realmente revolucionario deberá lograrse, no en el mundo externo, sino en el interior de los seres humanos. Viviendo como vivió en un período revolucionario, el marqués de Sade se valió con gran naturalidad de esta teoría de las revoluciones con el fin de racionalizar su forma peculiar de insanía. Robespierre logró la forma más superficial de revolución: la política […]. Entre sadismo y revolución realmente revolucionaria no hay, naturalmente, una conexión necesaria o inevitable. Sade era un loco, y la meta más o menos consciente de su revolución eran el caos y la destrucción universales. Las personas que gobiernan en El mundo feliz pueden no ser cuerdas, si consideramos el sentido absoluto del término, el sentido absoluto de la palabra, pero no son locos de atar, y su meta no es la anarquía, sino la estabilidad social. Para lograr esta estabilidad llevan a cabo, por medios científicos, la revolución final, personal, realmente revolucionaria[5].



[1] Huxley, A., Un mundo feliz, Trad. de Ramón Hernández, Buenos Aires, De Bolsillo, 2013, p. 198.
[2] Huxley, Op. Cit., p. 188.
[3] Huxley, A., “Prólogo” en Op. Cit., p. 10.
[4] Huxley, “Prólogo”, Op. Cit., pp. 10-11.
[5] Huxley, “Prólogo”, Op. Cit., p. 12.