martes, 14 de mayo de 2019

LOS PERROS DE PAJA Y LOS TRAZOS DEL DESTINO



El cielo y la tierra no son benévolos.
Para ellos los hombres son
Como perros de paja
Destinados al sacrificio.

El sabio no es benévolo.
Para él los hombres son
Como perros de paja
Destinados al sacrificio.

El espacio que hay entre cielo y tierra
Es como una flauta
Estando vacía no se agota,
Y cuanto más se mueve, más produce.

Las muchas palabras, no sirven
Más vale conservar lo interno[1].

Lao Tsé



Los perros de paja, recuerda el sinólogo alemán Richard Wilhem, cumplían una función ceremonial. Ellos eran reverenciados y, una vez cumplida la función fijada por el ritual, eran escarnecidos y luego incinerados. Lo mismo acontece con los hombres cuando encuentran el mundo dispuesto para la expresión de sus propósitos. Lo que parece superado es, en verdad, pospuesto. Ellos son como perros de paja y, finalizado el momento asignado a su acción, serán arrojados a las llamas. El sabio reconoce este parentesco y sabe que lo que dinamiza los eventos materiales tangibles es una potencia invisible, pero no por ello menos férrea. Cuando la acción de estos principios ideales finaliza, las imágenes materiales quedan despojadas de núcleo y gravitan exangües hasta ser desalojadas fatalmente del escenario del mundo y de la vida.
El cielo se conecta a la tierra, y ese vínculo es expresado por Lao Tsé, el sabio chino. Lo superior se vincula en forma continua con lo inferior. El espacio se encuentra vacío y, a lo largo de su extensión, permite la vinculación por medio de algo así como un hálito. El soplo es una modulación del aliento, que otorga una forma expresiva a las ideas. Por medio del soplo las ideas adquieren expresión corpórea. El vínculo cósmico, luego, se establece por una modulación proyectada a través de un medio expresivo capaz de otorgar consistencia material y vital a las ideas.
Las concepciones filosóficas trazadas encuentran una condensación simbólica en el Libro de las Transformaciones. Éste se sirve de trazos que admiten una diferencia mínima: son continuos (—) o bien discontinuos en su centro (‒ ‒). Esta distinción básica permite la construcción de estructuras más complejas por medio de adiciones sencillas. Ellas condensan, por el agregado de nuevas líneas, un mayor potencial de diferencias. Es así como, por medio de los 8 trigramas (tres líneas ‒continuas o discontinuas‒ ubicadas una encima de otra), adquiere forma simbólica y expresiva todo un conjunto de concepciones sumamente elaboradas y complejas.




Resultado de imagen para 8 trigramas y sus representaciones


Este lenguaje, por medio de su particular simbolismo, es operativo a un nivel trascendental, dado que, según Richard Wilhem,

Estos trigramas fueron concebidos como imágenes de cuanto ocurre en el Cielo y en la Tierra. Junto a esto prevalecía la creencia en una continua transición de un fenómeno en otro, tal como ocurre la transición de un fenómeno en otro en el mundo físico. Tenemos aquí el concepto fundamental de los cambios. Los ocho trigramas son símbolos que representan cambiantes estados de transición, imágenes que se hallan en constante transformación. La atención se centra no sobre las cosas en su estado de ser, como sucede por regla general en Occidente, sino sobre sus movimientos en mutación. De tal modo, los ocho trigramas no son representaciones de cosas como tales, sino de sus tendencias de movimiento[2].



Los 8 trigramas básicos son los que representan al cielo, la tierra, el fuego, el agua, el lago, la montaña, el trueno y el viento. Cada uno de ellos permite una asociación con una serie de sentidos enlazados. Por lo cual las posibilidades alusivas se multiplican al máximo. Por lo demás, este sistema simbólico permite la construcción de estructuras significativas extraordinariamente complejas. Es así como los 8 trigramas se asocian entre sí en la elaboración de los 64 hexagramas del Libro de las Transformaciones. El sistema de formación de estos signos permite modificar el sentido y construir una serie de alusiones anexas por medio de pequeñas modificaciones; por ejemplo, pasar de una línea continua a otra discontinua o viceversa. Ello modifica el sentido del conjunto, dando cuenta al mismo tiempo de un dinamismo intrínseco característico. Por lo cual, el sistema de codificación eidética del I Ching provee al sistema filosófico de un dinamismo que permite proyectar las transformaciones de un estado de la realidad en otro. Richard Wilhem resalta la idea de que los trigramas no son representaciones de ideas, sino de lo que podríamos llamar tendencias o tipos de cambios. La oposición señalada con el pensamiento occidental es de énfasis. El occidental, aun en el pensamiento aristotélico (eminentemente sustancialista), considera que los objetos individuales son el producto de una potencia cohesiva que imprime algo así como un equilibrio inestable sobre un substrato indeterminado que resiste la imposición de la forma. El equilibrio sustancial es producto, así, de un equilibrio inestable ‒de algo así como una armonización‒ entre fuerzas en cierto modo diferentes y en tensión. La teoría de las formas aristotélicas deriva, a su vez, de la platónica; y ésta, en grandes líneas, de la concepción pitagórica, aun más antigua. Con todo, por la filiación platónica del aristotelismo que domina las formas fundamentales de interpretación de la realidad de la inteligencia occidental, se opone muchas veces la “teoría de las Ideas” de Platón con el esquema de los antiguos pensadores chinos, no obstante las semejanzas estructurales innegables existentes entre ambas concepciones filosóficas. Así, por ejemplo, se comprenderán las siguientes explicaciones de Richard Wilhem:

El segundo tema fundamental del Libro de los Cambios es su ideología. Los ocho trigramas no son imágenes tanto de objetos como de estados de cambio. Este aspecto está asociado con el concepto expresado en las enseñanzas de Lao Tse, como asimismo en las de Confucio: todo cuanto ocurre en el mundo visible es el efecto de una ‘imagen’, es decir, de una idea en el mundo invisible. En consecuencia, todo cuanto sucede sobre la tierra es sólo la reproducción, por así decirlo, de un acontecimiento en un mundo más allá de nuestra percepción sensorial; en cuanto a su ocurrir en el tiempo, es posterior al evento suprasensible. Los hombres santos y los sabios, que están en contacto con todas estas esferas superiores, tienen acceso a estas ideas a través de la intuición directa y, por lo tanto, se hallan facultados para intervenir en forma decisiva en los acontecimientos del mundo. Así el hombre está vinculado con el Cielo, el mundo suprasensible de las ideas, y con la tierra, el mundo material de las cosas sensibles, para formar con éstos una trinidad de los poderes fundamentales.
Esta teoría de las ideas se aplica en un doble sentido. El Libro de los Cambios muestra las imágenes de los acontecimientos y asimismo el devenir de los estados in statu nascendi[3].



Por la acción de las potencias del cielo se configura un estado de realidad inferior y concreto. El entramado invisible construye los pliegues de las realidades materiales más densas. Lo sutil se torna denso y los objetos materiales se manifiestan en todo su carácter en virtud de la condensación de trazos ideales. No obstante lo cual, queremos hacer notar que la acentuación del devenir y la oposición trazada con el pensamiento occidental, aun tal como puede verse en la ciencia moderna, es más bien superficial. Los objetos son, en las concepciones contemporáneas, considerados como sistemas definidos productos de un equilibrio de tendencias. La estabilidad que determina la identidad del sistema depende de un conjunto de variables y de su conservación dentro de una serie de parámetros estables. Existen, por lo tanto, en cada sistema, una multiplicidad de líneas (caminos o posibilidades) por las cuales puede llegar a constituirse, y otras tantas por las que puede dejar de ser el que es. Es así como todo sistema material estructuralmente definido contiene en sí mismo una dinámica anexa. Esta dinámica se funda en una serie de movimientos potenciales, con condiciones energéticas definidas y determinantes de su efectivo desarrollo. Por lo tanto, el objeto puede concebirse ya sea directamente en virtud de la especificidad de sus condiciones intrínsecas, o mediatamente a través de la posibilidad de sus cambios.
Retornando a la concepción oriental estudiada, debemos decir que el cielo, por medio de las imágenes, configura el entramado de los eventos de nuestro mundo terreno. Estas imágenes representan estados, pero también tendencias, direcciones potenciales del cambio. El presente es considerado ‒de una manera bien aristotélica‒ como un acto de ser que entraña el movimiento. Ahora bien, el movimiento, tal como es por todos evidente, se extiende y desarrolla desde un contrario hacia su opuesto. Por ello, estas ideas básicas del Libro de las Transformaciones se asociaron con la de la pareja de opuestos fundamentales del Yin y el Yang, la dualidad de principios que surge de la unidad fundamental. Por lo pronto, cada opuesto tiene un lugar, un puesto asignado en la dimensión de la realidad, y cada imagen puede concebirse como la codificación de un opuesto (o bien, de una forma más ambigua, con una significación formada por una conjugación de estos opuestos; por ejemplo, en la consideración aristotélica, el ‘fuego’ incluye las nociones de lo caliente y lo seco, mientras que el ‘agua’ las nociones opuestas de lo frío y lo húmedo) estructuralmente básico. El momento asignado a la manifestación material se encuentra ordenado por la acción de las imágenes celestes. Existe un momento de agotamiento de un movimiento que viene a coincidir con el del desarrollo incipiente del otro contrario.
Por ello, la filosofía oriental, tal como se encuentra trazada en el I Ching, considera el desarrollo de las manifestaciones de la realidad desde un esquema dinámico de surgimiento, evolución, plenitud, declive y desvanecimiento. El momento de máximo esplendor del principio de manifestación más potente de una imagen es el principio mismo de su inminente derrumbe. Es fundamental, en el dominio comprehensivo de la realidad, la adecuada percepción de las realidades incipientes. A ello es a lo que refiere Wilhem al hablar de la realidad in status nascendi, esto es, en las primeras instancias de desarrollo de una modalidad existencial diferenciada. Es así como todos estos pensamientos, que configuran una concepción del universo, se asocian con la porción oracular del Libro de las Transformaciones. Se trata, finalmente, de determinar cursos de acción comprendiendo las estructuras fundamentales según las cuales se desenvuelve el cosmos. Con esta comprensión de las estructuras de la realidad, la acción del sabio puede llegar a ser realmente operativa. En efecto, la versión oracular deja un amplio margen para la decisión del individuo. Y lo hace mostrando con claridad modos de respuesta correlativos a una dada configuración de la realidad expuesta por el trazado oracular: cómo es que actúa el necio y cómo es que, por el contrario, actúa el hombre sabio.

Es así como el individuo se hizo partícipe de la configuración del destino porque sus actos mediaban como factores determinantes de los acontecimientos universales, y en forma tanto más decisiva, cuanto más pronto era capaz, con ayuda del Libro de los Cambios, de reconocer las situaciones en sus fases germinales. ¡Los gérmenes son lo importante!.
Mientras las cosas se hallan en su formación, pueden ser dirigidas, pero una vez que han crecido hasta sus últimas consecuencias, adquieren un poder tan avasallador que el hombre se encuentra impotente ante ellas. Por eso el Libro de los Cambios llegó a ser un libro de adivinación particular. Sus hexagramas y líneas imitaban, en sus movimientos y cambios, los movimientos y cambios del macrocosmos[4].
              
                                                                     
            El hombre incluye en sí mismo los mismos elementos que el mundo. Por ello puede reunirse, interpretar y actuar de una forma efectivamente operativa con el universo. Él mismo comprehende los mismos principios de la realidad y los condensa de manera consciente y reflexiva; por ello, la particularidad del I Ching como libro oracular aparece en la posibilidad de desarrollar una acción efectiva fundada en un conocimiento certero de los procesos rectores del dinamismo intrínseco de la realidad. La consideración in statu nascendi es la modalidad privilegiada de entendimiento del sabio. Éste trabaja con las tendencias antes de que se nutran y con las manifestaciones de la realidad antes que se desarrollen; es así como éste desata lo que todavía no se encuentra atado y deambula sin dejar huellas, de manera indiferente, a través de caminos atestados o bien escasamente transitados.
            Aquí quisiéramos distinguir lo que sería una acción sobre el desarrollo incipiente de una manifestación de la realidad recientemente condensada en el plano sensible (dada tanto en el macro como en el microcosmos) de lo que sería una acción sobre las semillas[5]. En sentido estricto, la acción germinal actúa sobre las fuerzas una vez que las semillas comienzan a desarrollarse. Una acción sobre las semillas, por otra parte, representa una acción previa. Es una acción indirecta que trabaja sobre el medio, procurando, en virtud de operaciones definidas, que dicha potencialidad no pueda ser actualizada. En términos contemporáneos, podríamos decir que el sistema se ordena de manera tal que el movimiento potencial resulte obliterado por condiciones energéticas restrictivas. En términos tradicionales, según el pensamiento del Libro de los Cambios, se trata de que las imágenes que constituyen el entramado invisible no puedan manifestarse en el mundo visible. Ello se logra, fundamentalmente, procurando un ambiente efectivo donde se encuentren activas determinadas combinaciones de principios que resulten refractarios a la acción de los principios funestos. Por ello, de un modo natural, la sabiduría del I Ching se continúa y desarrolla, por ejemplo, en el Feng Shui.
            Las ideas aquí expuestas son interpretaciones elaboradas, si se quiere por una mentalidad occidental, sobre una concepción filosófica que puede considerarse a un tiempo exótica y principalmente compleja. Con todo, interesó mostrar hasta aquí cómo la concepción occidental, aunque diversa, no es necesariamente contradictoria con la oriental. Creemos que, de hecho, se trata no de ideas contrapuestas, sino de acentuaciones complementarias y cuya comunicación es apta para colaborar, a las posibilidades de un enriquecimiento mutuo. Ahora bien, interesa mostrar aquí que, para la concepción trazada por el Libro de las Transformaciones, el individuo es libre de elegir cursos de acción alternativos. Ello significa que el destino no se encuentra apodícticamente trazado. Una situación provee un espectro de potencialidades, de movimientos por los cuales pueden desarrollarse de manera efectiva los sucesos. El individuo elige, recortando entre el abanico virtualmente desplegado, entre esos movimientos. Posteriormente a la decisión, la situación cambia, y el espectro de movimientos diferenciales también lo hace. El devenir dependerá, así, de la determinación de la libertad del sujeto; aunque, a grandes líneas, puede trazarse una tipificación de las clases de movimiento: una será la línea seguida por el sabio, y otra la seguida por el necio. No obstante, interesa mostrar que, si existe una descripción de las estructuras fisiológicas de la historia ‒permítanme llamarla de ese modo‒, no hay aquí una filosofía de la historia, a la manera hegeliana, con un delineado continuo de una trayectoria completa y necesaria de la vida de la humanidad y de las naciones.
            El modo en que las realidades trazadas por el cielo (las imágenes simbolizadas por los trigramas) adquieren consistencia en la tierra no es por demás claro. Se trata del viejo problema de la comunicación entre las Ideas subsistentes en el “ámbito inteligible” y los objetos particulares localizados en el “ámbito sensible”. Tal inconveniente ha recibido soluciones sumamente desarrolladas, fundamentalmente en el pensamiento neoplatónico. Paralela, y con vínculos innegables, con este pensamiento se encuentra la tradición esotérica, que considera la existencia de un plano intermedio entre el reino de los Principios arquetípicos y el plano material de recepción de los mismos. Estas nociones son aclaradas por el estudioso ocultista francés Gerard Encausse (el Dr. Papus) cuando puntualiza que

En el dominio de este plano de creación primordial, no hay sino ideas, principios, igual que ocurre en el cerebro del artista. Entre ese plan superior y nuestro mundo físico visible, hay un plano intermedio encargado de recibir las impresiones del plano superior y realizarlas actuando sobre la materia, así como la mano del artista está encargada de recibir las impresiones del cerebro y de fijarlas sobre la materia.
Este plano intermedio entre el principio de las cosas y las cosas mismas, es lo que se llama en ocultismo el plano astral[6].


            Lao Tsé ilustraba el volumen que mediaba entre el cielo y la tierra con la imagen de un espacio vacío que permite la acción del soplo divino en la diversidad de sus modulaciones creativas. Lo cierto es que lo que afirma fundamentalmente aquí es la presencia de un espacio que establece una continuidad entre polos opuestos. Ese espacio es definido por el pensamiento tradicional como el de un mediador plástico doblemente polarizado. Eso significa que, por una sección, la superior del plano intermedio, éste se aproxima al divino, y desde allí recibe y elabora los principios superiores. Una vez incorporados estos principios a su plano, éstos descienden hasta las regiones inferiores del astral, polarizados en dirección al plano material. Desde allí se desprende la región efectiva de los principios superiores, que descienden hacia la materia desde el plano divino. De este modo se explica el funcionamiento básico de esa dinámica funcional donde, desde una idea que agrupa una serie de características fundamentales, pueden surgir una serie de individualidades diferenciadas. Estos individuos, no obstante sus diferencias, son aptos para ser agrupados dentro del mismo concepto por ser modelados, todos, en acuerdo a los mismos principios operativos en el plano de los arquetipos inteligibles. La consideración de la unidad de la idea y de la multiplicidad de las expresiones sensibles nos va a permitir profundizar un poco más en el funcionamiento de este plano intermediador e intermedio con explicaciones adicionales del Dr. Papus:

Regresemos ahora al artista y a su estatuilla. Supongamos que la materia, vencida por el trabajo, se haya doblegado a los impulsos de la mano que la modela, y que la estatuilla esté ahora acabada.
Pero ¿qué es, en sustancia, esta estatuilla? Una imagen física de la idea que el artista tiene en su cabeza. La mano ha hecho el papel de un molde en el que se ha dado forma a la materia, y esto es tan cierto que, si por un accidente la estatuilla se rompe, el artista hallará la forma original archivada en su cerebro y podrá moldear una nueva estatuilla, una imagen más o menos perfecta de la idea que sirve de modelo.
Pero existe un medio para evitar la pérdida de la estatuilla una vez terminada, y éste es hacer un molde de la misma. De esta manera se consigue un negativo de la pieza que se quiere reproducir, y la materia saldrá del molde siempre en su forma original, sin que el artista tenga que volver a intervenir.
Así pues es suficiente que haya un negativo de la idea original para que tomen forma multitud de imágenes positivas de esa idea, imágenes idénticas entre sí, por la acción de ese negativo sobre la materia[7].

El modelo universal adquiere consistencia en el mundo material por medio de un clisé: una imagen en negativo de los principios eidéticos, que se fija en el plano astral. Esta especie de proyección astral, hemos dicho, representa el negativo, un molde intermediario del original, que puede servir de modelo para una multiplicidad de nuevas copias. Por ello, el clisé, la constitución y la fijación del mismo, adquiere, en cierta forma, una existencia dramática. El clisé, para esta concepción, no depende solamente de la acción de los principios superiores en el plano intermedio, sino que también puede formarse por perturbaciones producidas, en la materia fluida y receptiva del plano intermedio, a través de la acción del ser humano. En todo caso, en tanto su trazado subsista, gravitará sobre la atmósfera del mundo y, cuando la ocasión sea propicia, adquirirá una condensación tangible[8]. El fundamento de esta operatividad del hombre en el plano intermedio se funda en el hecho de que el ser humano reúne los mismos principios que el universo ‒desde los superiores a los más burdos‒, y la inteligencia unida a su voluntad es capaz de modificar la atmósfera del astral del universo con el que se encuentra inmediatamente conectado. Esta especie de mar ‒en el que habitan una serie de entidades, en las que no importa aquí detenernos‒ es, en cierta forma, imantado, galvanizado, cargado, con la cualidad anímica predominante y dirigido en formación de estructuras sutiles, que gravitan hasta ser disueltas por la acción de una voluntad más poderosa. Es así como estas influencias, surgidas de la acción del hombre,

Reunidas por simpatías analógicas, según la ley mecánica de la fuerza de igual dirección, se multiplican concentrándose en una resultante común. Es entonces cuando todo el mundo, con una conciencia más o menos oscura, siente que hay una idea en el aire, o cuando menos los sensitivos la perciben y la enuncian, a veces, como una realidad ya efectuada, pero que en el presente es aún invisible. Entonces se recibe un presentimiento, una previsión de las cosas futuras, un oráculo[9].


Este es el proceso de constitución de la atmósfera del astral. En función de esta atmósfera, fundamentalmente, las ideas del plano superior podrán (o no) manifestarse. El ambiente propicio, el que permite o impide las manifestaciones, corresponde a la cualidad del plano intermedio. Con estas nociones logramos comprender cómo puede lograrse una resolución conceptual, por un lado, del problema de la comunicación de las ideas con el mundo material más burdo. Y, por el otro, logramos clarificar cómo es que la acción humana resulta operativa (de forma mediata o inmediata) y cómo esta acción no es contradictoria ‒sino que más bien entra en conjunción‒ con la acción real de los trazados ideales subsistentes en el plano divino; y cómo las imágenes simbolizadas por los trigramas ‒y descritas en combinaciones más complejas por los hexagramas en el Libro de las Transformaciones (con sus movimientos potenciales anexos)‒ pueden adquirir consistencia efectiva en el mundo sensible.  
De este modo se comprende cómo el sabio logra percibir y actuar sobre las realidades incipientes o bien sobre aquello que aún no ha surgido a la vida. Claro que este nacimiento es relativo a nuestro plano, dado que existe una contemporaneidad con las realidades astrales, y es sobre ellas sobre las que opera el sabio. La flauta mágica de la modulación universal se pone en funcionamiento cuando se alcanza una conjunción adecuada en los principios superiores. El astral mismo, en virtud de la condensación de la luz fluida de su mar interior, es apto para adquirir una manifestación material concreta. Sea como fuere, la conjunción armónica de los planos es la que proyecta los eventos de la Tierra, según un plan fijado en las imágenes trazadas a nivel eidético. Cuando este esquema se encuentra operativo, es cuando los individuos que deben representar el plan; se ponen en movimiento y son acogidos triunfalmente por todas las fuerzas de la tierra. Es así como estos intérpretes encuentran la mesa servida y son acogidos y celebrados, a lo largo y ancho del escenario del mundo, en la medida en que esta conjunción armónica permanezca. Luego, agotada ésta, son escarnecidos para, cuando la proyección eidética concluya, como perros de paja, ser finalmente destinados a las llamas. Y es allí, en el fuego, donde la celebración del antiguo ritual religioso se consuma en una hoguera purificadora.


[1] Lao Tsé, Tao Te King, Trad. de Pedro Lozano Mitter, Barcelona, Edicomunicación, 1994, p. 46.
[2] Wilhem, R., “Introducción al I Ching”, en I Ching, Trad. de Helena Jacoby de Hoffmann, Cuatro Vientos, Chile, 1994, p. 36.
[3] Wilhem, “Introducción al I Ching”, Op. Cit., p. 43.
[4] Wilhem, Introducción al I Ching, Op. Cit., p. 40.
[5] Este tema de las semillas de la realidad es aclarado por el estudioso alemán Richard Wilhem en su Estudio preliminar al Tao Te King de Lao Tsé: “Es decir, no es por una abstracción la cual llega a sus pensamientos, sino que una profunda meditación en el mundo de su interior es la que le muestra esas imágenes. Esas imágenes son incorpóreas, ilimitadas. Son como las fugaces imágenes de cosas, son como semillas de la realidad. Así como en el grano está incluido el árbol impalpable e invisible y a pesar de todo presente como una entelequia, así están comprendidas en estas ‘semillas-imágenes’ las cosas de la realidad. Se manifiestan intermitentemente y se desarrollan de una forma bien concreta, ya que estas semillas son bien reales y en ellas está basada la solidez de los sucesos; nunca ocurre que de una determinada semilla salga algo diferente; y aunque esto llegara a ocurrir, no se adhieren al Ser, vuelven a la nada y dejan las carcasas de los fenómenos, que antes había animado, muertos y vacíos. Pero la vida no muere tampoco cuando ‘los perros de paja’ de los fenómenos son tirados y maltratados. Vemos en esta ideología de Lao Tse una evolución de la enseñanza de los brotes, tal como está comprendida en el Libro de las Transformaciones” (Wilhem R., “Las enseñanzas de Lao Tsé. Comentario” en “Introducción a Lao Tsé”, incluido en: Lao Tsé, Tao Te King, Trad. de Pedro Lozano Mitter, Barcelona, Edicomunicación, 1994, pp. 18-19).
[6] Papus, Tratado elemental de Ciencias ocultas, Barcelona, Brontes, 2008, p. 231, énfasis original.
[7] Papus, La ciencia de los magos, Trad. de Loto Parrella, Abraxas, Barcelona, 2006, p. 49.
[8] Estas ideas han sido genialmente ilustradas por Arthur Conan Doyle, quien estudió a fondo la cuestión, en Jugar con fuego, uno de sus relatos más extraordinarios.
[9] Papus, Tratado elemental de Ciencias ocultas, Op. Cit., p. 239, énfasis original.

miércoles, 20 de marzo de 2019

La cabeza de la esfinge


Más interesante que la estimación estética de la esfinge reintegrada me parece subrayar el hecho de que es ésta la tercera vez que ha sido extraída de la arena. Nave surta en la inquietud voraz del desierto, ha naufragado ya tres veces entre tolvaneras y nada nos permite asegurar que no desaparezca de nuevo. Es más: con cierta probabilidad podemos aventurarnos a sospechar hacia cuándo será de nuevo desenterrada. Vea el lector los motivos para este audaz vaticinio[1].

José Ortega y Gasset



La esfinge, que plantea enigmas, es ella misma un enigma. La solución del antiguo acertijo de Edipo era el hombre. Era él quien andaba en cuatro patas, gateando, en la primera etapa de su vida; el que andaba erguido con sólo dos en la intermedia; y avanzaba trabajosamente con tres, apoyado en un bastón, en la última. Era ‒en una solución especial, según las sabias intuiciones de Thomas de Quincey‒ el mismo Edipo, elegido para la revelación especial de los destinos humanos, la solución fundamental del enigma. La incursión en la tragedia clásica podría llevarnos muy lejos. Interesa notar aquí, simplemente, que la esfinge plantea enigmas, en una consideración si se quiere verbal u operativa; ahora bien, en una consideración sustantiva, ella misma es un enigma, la formulación de un acertijo plasmado en piedra. Con torso de fiera, alas en los flancos y rostro humano, recostada majestuosamente sobre la inmensidad del desierto, la esfinge es una totalidad heterogénea y su carácter simbólico nos sale inmediatamente al paso. La contemplación estética no puede cuajar del todo, dado que el ojo, apenas detenerse, se tropieza con un portentoso problema intelectual. 




Ahora bien, es el caso que la esfinge, a principios del siglo XX, nos ofrecía solamente uno de sus aspectos. Era un enorme rostro humano emergiendo desde las entrañas del desierto. Era un fragmento del todo, algo extraño y fuera de lugar y, sin embargo, vivo y expectante. La piedra planteaba un enigma de otro orden. La totalidad fragmentada, la cabeza de piedra milenaria flotando sobre la arena, presentaba un carácter surrealista. De estas impresiones nos da cuenta Ortega y Gasset. Pero a éste autor le interesa fundamentalmente mostrar otro punto. La esfinge había sido desenterrada. El león muestra su cuerpo y se erige, nuevamente, en rey y soberano del desierto. La extraña esfinge, la enigmática esfinge, nos formula nuevamente la integralidad del secreto.


Y, sin embargo, todo ello había ya pasado, y los rastros se pierden en las inmensidades del pretérito... La esfinge, enterrada y desenterrada, como en un sueño, aparece como con una reverberescencia extraordinaria. Eso ya había sucedido ‒y con una semejanza sustancial asombrosa‒. Pero, ¿cuándo? La esfinge, no debemos olvidarlo, vigila imponente el desierto hace varios miles de años. Es la atenta vigía de los derroteros humanos a través de la historia. Ella, sin duda, sabe algo que los hombres ignoramos. ¿Qué cosa? Interroguemos algunas de las peripecias por las que ella ha pasado. Por lo pronto, nos ceñiremos solamente a este hecho tan simple como extraordinario: la esfinge, tal como hemos dicho, ya fue rescatada del desierto otras tres veces:

La esfinge fue construida “poco” tiempo después del año 3000 antes de Jesucristo. En 1420 antes de Jesucristo, reinando Thutmosis IV, tuvo que ser reconquistada al desierto. Por segunda vez se la libertó en tiempos del Imperio romano, es decir, hará unos mil seiscientos años. Esto quiere decir que entre las sucesivas reapariciones de la Esfinge han mediado siempre unos dieciséis o diecisiete siglos. ¿Es puro azar este ritmo, este tempo del pulso arqueológico? Spengler vería en el dato una comprobación de sus ideas. Porque, en efecto, la época de Thutmosis, la época helenístico-romana y la nuestra muestran no pocas homologías. El acto de excavar en busca de lo arcaico no es una operación casual. Obedece a determinada inspiración, a un afán arqueológico que supone cierta disposición del alma humana, la cual, a su vez, no se da sino en ciertos climas históricos. Diríase que cada dieciséis o diecisiete siglos el hombre, indefectiblemente, vuelve a ser arqueólogo[2].

La comprobación historiográfica parece sugerir la existencia de ciclos históricos. Estos ciclos históricos son al mismo tiempo ciclos de cultura, dado que, en determinada configuración de estos períodos, la disposición espiritual es similar. Existen, entonces, dentro del seno de los períodos, algo así como distintas fases. Existe diversidad, dado que se trata de ciclos distintos; y semejanza, dado que la disposición espiritual de la época se desarrolla en actos idénticos. En este caso, el acto es literalmente el mismo. El mismo monumento enigmático es desenterrado. Y es así que los períodos de interés por recuperar el pasado, para Ortega y Gasset, se ofrecen en momentos de cosmopolitismo:

Ello es que las tres épocas afanadas en libertar la Esfinge tendrían parecidos, por lo menos, en una cosa. (El error de Spengler consiste en menospreciar las diferencias de las épocas “semejantes”) Esta cosa es el cosmopolitismo. En ellas el hombre posee un alma ecuménica. Su vida se dilata hasta los confines de lo habitado ‒es decir de lo conocido. Cuando no hay cosmopolitismo se sabe que existen otros hombres, otros pueblos, pero no se convive con ellos. Aparecen con el carácter de humanidades diferentes –como se sabe que existe el animal a nuestra vera y, sin embargo, no se convive con él.
El cosmopolitismo de esos tres momentos históricos ha ido en cada uno aumentando de radio[3].


Con estas últimas sugerencias podemos precisar en qué se expresan estas semejanzas estructurales y sus respectivas diferencias. El cosmopolitismo refiere a la configuración de un orbe integrado. Existe la comunicación, existe el intercambio, y algo más: existe la convivencia. El mundo experimenta una expansión y se estabiliza, integrado, en un volumen dado; una totalidad disímil, pero en cierta forma homogénea. Ese volumen representa el “mapa histórico” de una determinada época. Esa convivencia ‒que se expresa en las creaciones espirituales de ese dado período‒ parece vivir, respirar y actuar en una órbita más vasta. El mismo pasado es asimilado; pero, como no es presente, el interés por el mismo supone la acción típica de ir a buscarlo. De este modo, no es casual que el sujeto cosmopolita vuelva a desenterrar el pasado, dado que su convivencia, sus exigencias espirituales, con la realidad así se lo imponen. La diferencia capital en que se expresan estas semejanzas es “la ampliación del radio”. De este modo, es como si los ciclos históricos integraran una dada porción de territorio, luego se recogieran en algo así como una fase de latencia, para volver con nuevos ímpetus a integrar regiones más amplias. Esa región no es sólo geográfica, sino también histórica: mayor volumen del pasado es rescatado. La marea de los siglos toma, de este modo, consistencia. Existe una bajamar y una pleamar, y Ortega y Gasset nos ofrece la clave numérica que rige el proceso: 16 o 17 siglos es lo que dura un ciclo histórico.
Claramente, la precisión exacta en la duración de cada período no es necesaria ni significativa. Existen, sin embargo, motivos profundos que explican que los procesos se nos aparezcan en el marco de determinados límites, que se nos ofrezcan dentro de determinado intervalo cronológico. No se trata de que la sociedad sea algo así como un organismo, dado que no lo es. La sociedad es, empero, orgánica y presenta una complexión interior dada. Esa complexión interior, como la externa, presenta también un dinamismo característico. En esta dimensión debe rastrearse la posibilidad (o la imposibilidad) de determinado desarrollo, dado que es la interioridad misma la que, desde su vitalidad, domina el dinamismo. La complexión espiritual en su dinamismo específico nos permitirá comprender las fases por las que atraviesa el devenir histórico en cada uno de los períodos de su ciclo.
La idea de Ortega es fecunda, pero el objeto en consideración (la acción de desenterrar la esfinge milenaria) no nos esclarece de un modo suficiente. En cierta forma, con ser extraordinaria la comprobación, la acción misma carece de suficiente dramatismo. Y ello es porque señala, en la época de cosmopolitismo, una etapa de cierta madurez. El orbe cultural se estructura en forma nítida y abriga en su seno las semillas de la decadencia próxima. La época de Thutmosis representa precisamente eso: la época de máximo esplendor del poder egipcio, donde el faraón domina el Asia próxima y se lanza en guerra con los hititas. Donde éstos, a su vez, conviven con los aqueos, herederos de la antiquísima tradición minoica. Época de intercambios comerciales, navegaciones, guerras, tratados de paz y embajadas; todo ello sería muy pronto sacudido. Las fuerzas arrasarían las bases del mundo “tardo-antiguo”. Así, según el historiador Arnold Toynbee,

Los registros egipcios nos informan que las convulsiones fueron de vasto alcance. La gran irrupción de pueblos invasores procedentes del norte, que emigraron en los primeros años del siglo XII a. de C., que fue la culminación de todo el cataclismo. Tuvo su anticipo el siglo XIV en la primera ola que invadió Canaán y Siria, desde el este, es decir, desde el desierto árabe septentrional, y en los siglos XIV y XIII, por repetidas invasiones del delta del Nilo, desde el desierto occidental, realizadas por bárbaros que, según parece, procedían de lugares tan remotos como Túnez, Sicilia y acaso también Cerdeña. La extensión del área de perturbación se explica por el hecho de que en la segunda mitad del segundo milenio antes de Cristo la sociedad minoica no era la única civilización levantina que estaba en decadencia[4].


La irrupción de los pueblos del mar es la avanzada de una marea humana que cambia de raíz el mapa de este “mundo antiguo”. Sólo Egipto es capaz de detenerlo, pero ingresa prontamente en un período de decadencia: un período intermedio[5]. En la cultura micénica la centralización se pierde, las comunicaciones se interrumpen, la escritura se olvida. El aislamiento otorga el poder hegemónico a los señores guerreros, que son los únicos capaces de garantizar la supervivencia en un mundo que se agita en devastaciones. El aislamiento produce algo así como una intensificación de las variaciones. En el plano lingüístico se produce la constitución de los dialectos, partiendo desde el griego común del período micénico. Cuando se inicie el nuevo ciclo el alfabeto no será minoico, sino fenicio; cuando termine dominará un nuevo griego “común” en el orbe oriental de nuestro mundo antiguo.
Aquí vemos cómo parece existir, de hecho, mucho más que una sola Edad Media. Esto es algo que se conocía ya desde Berdiaev, a comienzos del siglo XX, junto a la sospecha de que nuestra época ingresaba en una nueva. Por nuestra parte, no haremos más que verificar ciertas correspondencias históricas y no nos proponemos ser exhaustivos, mucho menos en tema tan complejo y vasto. La Edad Media del ciclo histórico que culmina con el proceso narrado por Toynbee comienza a mediados del siglo XII antes de Cristo y dura alrededor de 5 siglos. Alrededor del 700 antes de Cristo ingresamos ya en lo que los historiadores han denominado como período arcaico de la antigua Grecia. Aquí principia la civilización helénica estudiada por Toynbee, y que tendría su centro de gravitación en el culto del hombre y la ciudad-Estado. Esta civilización helénica se extiende hasta la caída del período romano, es decir, hasta el 476 de nuestra era. Si esto es así, se nos muestra con claridad cómo la Edad Media helénica dura alrededor de 400 o 500 años, y cómo el período de desarrollo histórico de la nueva civilización dura poco más de 1000 años. El apogeo de la civilización se produce unos pocos siglos antes de su ruina, en el período de los emperadores adopcionistas. Lo que es sorprendente es que las fechas tentativas de Ortega encajen, de hecho, de forma adecuada: los 16 o 17 siglos que median entre el redescubrimiento del cuerpo entero de la esfinge se corresponden con los de la destrucción de las civilizaciones micénicas y helenístico-romanas, la irrupción de un enorme flujo y reflujo de hombres y pueblos, y la reconfiguración del mapa histórico que dominaba el período.
Ortega y Gasset sospecha que es capaz de anticipar cuándo la esfinge volverá a ser descubierta. Ello es una inducción arriesgada, dado que nos dice también que los límites del mundo se han acabado. El cosmopolitismo del siglo XX no tiene ya más fronteras. La organización de un mapa completo del planeta ha culminado. Y la integración es hoy en día plena. El conocimiento del pasado es hoy, del mismo modo, más vasto; esa es la diferencia. Por otro lado, existen claras semejanzas. La ampliación del orbe cultural es una de ellas. El ciclo histórico que hoy vivimos ha terminado por integrar la totalidad del mundo. Ello, por lo demás, parece ofrecernos una faz algo más lúgubre. Y es que la consecuencia natural es que la Edad Media que se avecina no ha de ser, pues, localizada, sino global, y no podría más que abarcar al mundo completo.
En este punto se nos impone avanzar con cuidado. Las inducciones históricas son, en realidad, extrapolaciones. La extrapolación requiere un punto firme de apoyo en el presente para ensayar sus predicciones. Entonces, y solamente entonces, será indicativa y nos ofrecerá un algo de seguridad en relación a aquello que podemos esperar. Comprobemos, pues, las semejanzas y las diferencias. Existen, por lo demás, síntomas claros que pueden ser considerados. Si las fechas de Ortega y Gasset fueran exactas, nuestra época viviría el equivalente del siglo IV después de nuestra era. Y bien, allí el mundo romano se desangra y agoniza de una manera inexorable y portentosa.


El mismo Ortega afirma que los síntomas espirituales son los que preludian las grandes transformaciones. El espíritu se estremece y se anticipa. Sus convulsiones más tenues, según parece, se adelantan a cataclismos materiales más tangibles. No profundizaremos todo lo que podríamos en cuestiones tan sugestivas. Lo que interesa es evaluar, pues, la complexión espiritual de nuestro tiempo. Evaluemos, tomemos el pulso a nuestra época y, como un buen clínico, también auscultemos. Evaluemos su vitalidad, sus afanes, la fe desde la cual vive. Entonces, cuando la tarea esté cumplida, con la regla de los 16 o 17 siglos, conduzcamos nuestra mirada al pasado. El mundo romano, con la espiritualidad antigua, se retira. El pulso histórico se apaga en el día histórico que agoniza. De acuerdo al historiador Carl Grimberg,

Símbolo de esta época son las últimas frases pronunciadas por el oráculo profético de Apolo, en Delfos. He aquí la respuesta que recibió el médico particular y amigo de Juliano, cuando por orden del emperador consultó al oráculo.
Ve y di a tu amo:
“el célebre templo es un montón de ruinas,
Es todo lo que queda de la mansión de Apolo:
El laurel profético ha desaparecido,
La fuente de la profecía se calla,
Desde que el agua rumorosa se ha agotado”[6].

El agua rumorosa se ha agotado. En nuestro tiempo, época convulsa de escasas concreciones y afanes incipientes, todos sentimos que algo sustantivo (en todo semejante al humor vital) se ha agotado. La irrupción de fuerzas destructoras parece esperar la ocasión para poner fin a la decadencia y poner término a la agonía colosal del ciclo histórico que culmina. Entre tanto, en la soledad del desierto, la esfinge milenaria aun plantea al ser humano sus interrogantes y, recostada en la arena, vigila el tránsito del sol a través de la órbita de un firmamento eterno.


[1] Ortega y Gasset, J., “En el desierto, un León más” en El espectador VI, Madrid, Espasa Calpe, 1966, p. 148.
[2] Ortega y Gasset, Op. Cit., p. 148.
[3] Ortega y Gasset, Op. Cit., p. 149.
[4] Toynbee, A., La civilización helénica, Traducción de Alberto Luis Bixio, Buenos Aires, Emecé, 1960, pp. 40-41.
[5]El reino nuevo se extinguió así entre desórdenes y usurpaciones y se entró en lo que los historiadores conocen como el Tercer Período Intermedio, que comprende las dinastías XXI a XXIV (c. 1085-715 a.C.), durante el cual Egipto perdió sus posesiones asiáticas y africanas y el país se dividió de nuevo, volviendo a instaurarse dos núcleos de poder” (Cordón, I. y Sola-Sogolés, El antiguo Egipto: Los primeros imperios de la historia, Madrid, Salvat, 2018, p. 98).
[6] Grimberg, C., Historia universal: las invasiones bárbaras, Sociedad Comercial y Editorial Santiago Ltda., Chile, 1995, p. 51.