lunes, 23 de noviembre de 2015

La metafísica de Edgar Allan Poe (continuación)

P.— Quisiera que se explicase usted mejor, míster Vankirk.
V. — También lo querría yo; pero eso requiere un esfuerzo mayor del que soy capaz de hacer. No me pregunta usted adecuadamente.
P. — ¿Cómo he de interrogarle, entonces?
V. — Debe usted empezar por el comienzo
P. — ¡El comienzo! Pero ¿dónde está el comienzo?
V. — Ya sabe que el comienzo es Dios[1].

La metafísica tiene que vérselas, fundamentalmente, con el tema del comienzo. Ese comienzo sin comienzo de donde todas las cosas, de una u otra forma, proceden, obsesionó la mente de los filósofos y desveló sus conciencias en una búsqueda perpetua. ¿Quién sabe qué misterio se esconde en el origen? El artista superior tiene su palabra en este debate varias veces milenario. Quizás la índole misma del problema exija de la naturaleza el concurso de otra facultad, además de la simple inteligencia discursiva. Será la intuición la que penetre en profundidad y con su visión global sea capaz de esclarecer la naturaleza de unos vínculos tenues y racionalmente imprecisos. En esa visión el misterio estalla en un océano de luminosidad donde nos enceguecemos.
Las limitaciones de la racionalidad Edgar A. Poe las supera literariamente con el recurso de la influencia mesmérica. Ésta, según sus palabras, al limitar la acción de los sentidos burdos, guarda un parentesco extraordinario con la muerte. Las potencias mentales se repliegan y el alma, sola consigo misma, se esconde en su núcleo más etéreo. En este punto, su visión intuitiva se tornará posible. El alma separada de la materialidad retrasa el efecto de la muerte, precisamente porque el influjo mesmérico permite la interlocución con una conciencia desencarnada. Eso explica la trama de El caso del Señor Valdemar y también explica el final de la Revelación mesmérica. En esta especie de substracción vivencial de las tramas de la materialidad, las limitaciones discursivas se debilitan y es posible alcanzar una visión sincrónica y sinóptica, siempre y cuando la voluntad sea interrogada del modo adecuado.

Las abstracciones pueden ser una diversión y un ejercicio, pero no se adueñan del espíritu. Por último, mientras permanezcamos sobre la Tierra, la filosofía, estoy persuadido de ello, nos mandará siempre en vano que consideremos las cualidades como cosas. La voluntad puede asentir; el alma, el intelecto, nunca. Repito, pues, que he sentido tan sólo a medias, y nunca he creído intelectualmente. Pero en una época reciente hubo en mí cierta mayor profundidad de pensamiento hasta hacerle adquirir tan extraña semejanza con la aquiescencia de la razón, que fue difícil distinguir entre los dos. Tengo motivos para atribuir la huella de ese efecto a la influencia mesmérica. No podría explicar mejor mi idea que por la hipótesis de que la exaltación mesmérica me hace ser capaz de percibir un sistema de razonamiento que en mi existencia anormal me convence, pero que, por una plena concordancia con el fenómeno mesmérico, no se extiende, excepto por su efecto, hasta mi existencia normal. En el estado hipnótico, el razonamiento y su conclusión (la causa y su efecto) están presentes simultáneamente[2].



Siendo estas las posibilidades ofrecidas por el sueño hipnótico, emerge la posibilidad de utilizar ese recurso para el conocimiento relativo a las realidades primeras. El comienzo es Dios, eso ya lo sabemos. La sana filosofía enseña que antes del movimiento está el pensamiento, y que antes del pensamiento se encuentra Dios. ¿Pero cuál es la naturaleza de ese Dios que se expresa mediante el pensamiento y cuya providencia gobierna, desde el principio al final, el curso del universo entero?

P.— ¿No es Dios inmaterial?
V.— No hay inmaterialidad; es ésta una simple palabra. Lo que no es materia, no es nada en absoluto, a menos que las cualidades sean cosas.
P.— ¿Es Dios, pues, material?
V.— No. (Esta respuesta me dejó muy asombrado.)
P.— Entonces, ¿qué es Él?
V.— (Después de una larga pausa, y balbuciente.) Le veo; pero es una cosa difícil de decir. (Otra larga pausa.) Él no es espíritu, pues existe. No es materia, “como usted la entiende”. Pero hay “gradaciones” de materia que los hombres no conocen; la densa empuja a la ligera, la ligera penetra a la densa. La atmósfera, por ejemplo, empuja al principio eléctrico, mientras el principio eléctrico pasa a través de la atmósfera. Estas gradaciones de materia aumentan en tenuidad o en ligereza hasta que llegamos  a una materia “imparticulada” — sin partículas—, indivisible, “una”; y aquí se modifica la ley de impulsión y penetración. La materia esencial o imparticulada no sólo penetra las cosas, sino que las impele, y “es”, por ende, todas las cosas en una misma. Esta materia es Dios. Lo que los hombres intentan corporeizar en la palabra “pensamiento” es esa materia en movimiento[3].
Todo lo que existe supone la existencia de un soporte. Dios no es inmaterial, ya que él mismo es ese soporte. Luego debe ser material. Pero la materia, como todo lo demás, nos ofrece un caso donde se aplica la universal ley de las gradaciones. Existen formas de materialidad más densas y otras más tenues. Desde las manifestaciones más groseras ofrecidas por nuestros sentidos mundanos, nos elevamos gradualmente, nos espiritualizamos, hacia el origen mismo de toda otra determinación, el substrato fundamental y único, una physis viva y original, que él denomina “materia imparticulada”:

P.— ¿Puede usted darme una idea más precisa de lo que es para usted el término materia imparticulada?
V.— Las materias que los hombres conocen escapan a los sentidos poco a poco. Tenemos, por ejemplo, un metal, un trozo de madera, una gota de agua, la atmósfera, el gas, el calórico, la electricidad, el éter luminoso. Ahora llamamos materia a todas esas cosas y abarcamos toda materia en una definición general; pero, a despecho de eso, no hay dos ideas más esencialmente diferentes que la que asignamos al metal y la que asignamos al éter luminoso. Cuando nos fijamos en este último, sentimos una tendencia casi irresistible a clasificarle con el espíritu o con la nada. La única consideración que nos contiene es nuestra concepción de su constitución atómica, y aun aquí, tenemos necesidad de pedir a nuestra noción de un átomo, como algo poseyendo, en una infinita exigüidad, solidez, tangibilidad, peso. Suprimida la idea de la constitución atómica, no seremos capaces mucho tiempo de considerar el éter como una entidad, o, al menos, como materia. A falta de una palabra mejor, podríamos llamarle espíritu. Demos ahora un paso más allá del luminoso éter; concibamos una materia mucho más rara que el éter, como el éter es mucho más raro que el metal, y llegaremos al fin (a despecho de todos los dogmas escolásticos) a una masa única, a una materia imparticulada. Pues aunque podamos admitir una infinita pequeñez en los átomos mismos, la infinitud de la pequeñez en los espacios entre ellos es un absurdo. Habrá un punto, habrá un grado de rareza, en donde, si los átomos son bastante numerosos, los interespacios deberán desaparecer, y la masa, juntarse. Pero habiendo quedado ahora apartada la consideración de la constitución atómica, la naturaleza de la masa se desliza inevitablemente dentro de lo que concebimos como espíritu[4].


Conjuntamente con el grado de sutileza, nos hundimos gradualmente en el ámbito de lo infinitesimal. En un extremo ideal, no existirá el espacio vacío. Existe, sí, una especie de velo de materia muy sutil, cuyas agitaciones de pensamiento se extienden en forma de movimiento generador, adquiriendo gradualmente una forma más densa. La manifestación de la naturaleza aparece, así, como un continuo formado por el pensamiento en su proyección fuera de sus fuentes luminosas y perfectas. La diferencia entre espíritu y materia, términos usados en el curso del diálogo por Poe, debe ser, no obstante el rechazo de la distinción ofrecida anteriormente, precisada, dado que en esos términos se comprende generalmente la naturaleza de lo humano, que busca esclarecerse:

V.— Sí, para evitar una confusión. Cuando digo “espíritu”, quiero decir materia imparticulada o suprema; por “materia” entiendo todo lo demás.
P.— Ha dicho usted que “para las nuevas individualidades la materia es necesaria”.
V.— Sí, pues existiendo el espíritu incorpóreo, es simplemente Dios. Para crear seres individuales, pensantes, era necesario encarnar porciones del espíritu divino. Por eso el hombre está individualizado. Despojado de la vestidura corporal, sería Dios. Ahora el movimiento especial de las porciones encarnadas de la materia imparticulada es el pensamiento del hombre, como el movimiento conjunto es el de Dios[5].
La materia, a semejanza de los filósofos escolásticos, hace las veces de principio de individuación en la concepción de Poe. El núcleo de lo humano, desprovisto de toda materialidad, coincidiría con la divinidad. Pero hasta ese grado de despojamiento es imposible llegar. El motivo es que no puede haber una causa sin consecuencia. Y la creación, en su regreso completo y homogéneo a la divinidad original, se perdería. La acción del pensamiento, manifestado en la creación de las individualidades y el universo, no alcanzaría resultado. Existe entonces, un pequeño límite, que siempre separará al hombre de la pureza de Dios, un velo tenue, que los luminosos rayos de la divinidad pueden traspasar, transfigurando la esencia de la humanidad.
El hombre, por lo tanto, se compone de un núcleo de naturaleza semejante a la de Dios, y de diversas capas de materia más o menos densa. El hombre no puede desprenderse, finalmente, del cuerpo, porque hacerlo sería desprenderse de su individualidad. ¿Pero acaso no nos muestra la muerte esa disgregación de los elementos materiales? ¿Qué significa, entonces, la liberación del espíritu de la prisión del tabernáculo de la materia? ¿Es la muerte el fin de todo?

P.— No comprendo. ¿Dice usted que el hombre no podrá desprenderse nunca del cuerpo?
V.— He dicho que no podrá estar nunca sin cuerpo.
P.— Explíquese.
V.— Hay dos cuerpos: el rudimentario y el cabal, correspondientes a las dos condiciones de la oruga y de la mariposa. Lo que llamamos “muerte” no es sino la metamorfosis dolorosa. Nuestra encarnación actual es progresiva, preparatoria, temporal. Nuestra encarnación futura es perfecta, suprema, inmortal. La vida final es el objetivo supremo.
P.— Pero tenemos una noción palpable de la metamorfosis de la oruga.
V.— “Nosotros”, ciertamente, pero no la oruga. La materia de que está compuesto nuestro cuerpo rudimentario está al alcance de los órganos de ese cuerpo, o, más claro, nuestros órganos rudimentarios son apropiados a la materia de que está formado el cuerpo rudimentario, pero no a la de que está formado el supremo. El cuerpo supremo escapa por eso a nuestros sentidos rudimentarios, y percibimos sólo la envoltura que cae, en el declinar de la forma interior, no la forma interior misma; pero esta forma interior, lo mismo que la envoltura, es apreciable para los que han adquirido ya la vida final[6].


[1] Poe, E. A., “Revelación mesmérica” en Cuentos, Traducción de Julio Gómez de la Serna, Barcelona, Planeta de Agostini, 199, p. 182.
[2] Op. Cit., p. 181.
[3] Op. Cit., p. 183.
[4] Op. Cit., pp. 184-185.
[5] Op. Cit., p. 186.
[6] OP. Cit., p. 187.

domingo, 11 de enero de 2015

La filosofía del arte: la metafísica de Poe


I

Oinos. -Entonces, ¿es todo movimiento, de cualquier naturaleza, creador?

Agathos. -Así debe ser; pero una filosofía verdadera ha enseñado hace mucho que la fuente de todo movimiento es el pensamiento, y que la fuente de todo pensamiento es...


Oinos. -Dios.

II

La filosofía del arte consiste, fundamentalmente, en una inmersión en la substancia creativa del artista y en una comprensión de los resortes esenciales a su concepción, conjuntamente con el mecanismo peculiar de la misma. Pero, para ello, es necesario preliminarmente indagar en la filosofía que se encuentra detrás, y adentro, de sus realizaciones simbólicas. La ratio profunda de una obra artística es el sentimiento que se desborda. Pero sus límites se encuentran fijados por la índole peculiar de la misma, en una articulación lógica y racional que la administra y expresa. La razón, lejos de oponerse al sentimiento, lo torna operativo. El sentimiento, lejos de desvirtuar la inteligencia, le otorga dirección y profundidad. La intuición es la combinación magistral de las facultades coordinadas en su tarea de auscultación de la realidad substancial que manifiestan los seres. La intuición, así, trascendiendo la contingencia, comienza una especie de anclaje en lo eterno. Talento que es de unos pocos grandes genios, muy espaciados a través de la historia y casi siempre marginados en su tiempo.

En el caso de Poe, este escritor expone sus ideas filosóficas en unos cuantos escritos que podríamos denominar escatológicos. Ello es así, porque se sitúan en una esfera transmundana, y desde allí, desde la perspectiva de lo que ya está completo, nos refieren la historia y los acontecimientos del fin de esta nuestra vida carnal, de la destrucción de ese pequeño mundo que nos soporta y del inerme protagonista del drama humano que nos mantiene fascinados. Pero el final, otorga la perspectiva adecuada de la evaluación de los eventos. El Coloquio de Monos y Una narra los sucesos que siguen a la muerte del protagonista. La pérdida de los sentidos, la evolución de las sensaciones, el aturdimiento de las funciones y la emergencia de nuevas formas de aprehensión cognoscitiva que vendrían a estallar en el renacimiento de un cuerpo transfigurado. El Diálogo de Eiros y Charmión narra los sucesos que preceden al estallido del planeta. El encuentro con un cometa que se acerca, satura la atmósfera gaseosa en un fluido combustivo y lo transforma en una gran masa ígnea. Finalmente, tras la destrucción completa del mundo, El poder de las palabras refiere el encuentro de dos personas renacidas, y su conversación acerca de ciertos misterios del cielo que fundan el carácter de los objetos creados. Allí ellos, ejercitándose en la posesión de sentidos nuevos, surcan el cielo y abaten sus alas, sacudiendo la atmósfera etérea de la inmensidad del infinito estrellado; el sentimiento subyugado y la razón, reverente, se torna hacia el misterio de la creación, hacia la pregunta filosófica relativa al origen del universo manifestado.


Ya no existen sueños en el Edén, no nos encontramos más presos de fantasmas que nos subyugan. Por eso nuestros mismos nombres deben ser modificados. Así, en El poder de las palabras, Ágathos, uno de los protagonistas, responde las inquietudes de Oínos, el otro recién llegado. De este modo, en relación a la creación de los seres contingentes, Ágathos aclara:

Agathos. -Quiero decir que la Deidad no crea.

Oinos. -¡Explícate!

Agathos. -Solamente creó en el comienzo. Las aparentes criaturas que en el universo surgen ahora perpetuamente a la existencia sólo pueden ser consideradas como el resultado mediato o indirecto, no como el resultado directo o inmediato del poder creador divino.

Oinos. -Entre los hombres, Agathos mío, esta idea sería considerada como altamente herética.

Agathos. -Entre los ángeles, Oinos mío, sencillamente se la considera una verdad.

 Estas expresiones, con abordar un problema teológico perenne, se inscriben en el marco de un contexto dado: en este caso, el ambiente científico plantea la posibilidad de creación artificial de la vida. En ese sentido, se entiende el problema acerca de si esa creación humana vulnera la de Dios junto a la cuestión acerca de si esa creación artificial puede ser esgrimida contra la natural y divina.  La solución encontrada ancla en la vieja idea de las razones seminales y la distinción entre causas secundarias y primarias.
Ya en los albores de la reflexión teológica, Agustín abordó el problema de la interpretación de las Escrituras. En un lugar, se afirma que Dios creó todas las cosas juntas, pero por otro lado, en el comienzo del relato del Génesis se habla de una creación sucesiva. Ahora bien, en primer lugar, todas las cosas nacen juntas en tanto refieren al mismo presente intemporal. En segundo lugar, todas las cosas se encuentran complicadas en las causas fundamentales de la realidad. Del mismo modo, en Poe, las causas fundamentales de la realidad, los principios constitutivos que fundan la posibilidad de toda otra dinámica emergente, se articulan de acuerdo al ímpetu primeramente impuesto en la matriz fundamental, donde encuentra sustento toda potencialidad. De esta manera, a las realizaciones concretas de la realidad manifestada, se le abren, gradualmente, la posibilidad de nuevos causes a través de actualizaciones diferenciales, abiertas en la condición de coexistencia del espacio y orientadas hacia el porvenir a través de la dimensión diacrónica del tiempo. Se dará, así, una sucesión de formas manifestadas, surgidas a través de la acción de causas secundarias, que permiten dar cuenta de la aparición de otras realizaciones ontológicas diferenciadas. Existe, de este modo, una creación en evolución, pero a través de la idea de las razones seminales, todas las causas se encuentran en la identidad convergente del origen:

Oinos. -Los mundos estrellados que surgen hora a hora en los cielos, procedentes de las abisales entrañas del no ser, ¿no son, Agathos, la obra inmediata de la mano del gran Soberano?

Agathos. -Permíteme, Oinos, que trate de llevarte paso a paso a la concepción a que aludo. Bien sabes que, así como ningún pensamiento perece, todo acto determina infinitos resultados. Movíamos las manos, por ejemplo, cuando éramos moradores de la tierra, y al hacerlo hacíamos vibrar la atmósfera que las rodeaba. La vibración se extendía indefinidamente hasta impulsar cada partícula del aire de la tierra, que desde entonces y para siempre era animado por aquel único movimiento de la mano.

Todo movimiento es creador. El movimiento de las causas secundarías crea los seres contingentes y las realizaciones mudables; el de la causa primera, funda el carácter substancial de la realidad universal en su desarrollo formativo. De esta manera, es posible descubrir la cadena causal que sostiene los procesos y según la cual se desarrollan los seres creados. La retrogradación matemática, permite, dado un estado determinado de la realidad, encontrar el antecedente causal que le corresponde. La reflexión relativa a esta capacidad de asignar todas las causas a todos los efectos, no obstante su importancia, no se verificó en las concepciones científicas. Y es que los matemáticos no vieron que:

De lo que sabían era posible deducir que un ser de una inteligencia infinita, para quien la perfección del análisis algebraico no guardara secretos, podría seguir sin dificultad cada impulso dado al aire, y al éter a través del aire, hasta sus remotas consecuencias en las épocas más infinitamente alejadas. Puede, ciertamente, demostrarse que cada uno de estos impulsos dados al aire influyen sobre cada cosa individual existente en el universo, y ese ser de infinita inteligencia que hemos imaginado, podría seguir las remotas ondulaciones del impulso, seguirlo hacia arriba y adelante en sus influencias sobre todas las partículas de toda la materia, hacia arriba y adelante, para siempre en sus modificaciones de las formas antiguas; o, en otras palabras, en sus nuevas creaciones... hasta que lo encontrara, regresando como un reflejo, después de haber chocado -pero esta vez sin perturbarlo- en el trono inmaculado de la Divinidad.


En este caso, mediante una experiencia intelectual de especulación pura, alcanzamos la materia imparticulada, la causa fundamental de la realidad: Dios mismo, en su dinamismo creador, verificado fuera del tiempo en las entrañas silenciosas de la eternidad. En las profundidades de la causa primera, fuera del tiempo y aquende la sucesión, se encuentra el origen esencial de todos los seres. El movimiento procedente de Dios, se denomina pensamiento, el que penetrando a través del éter conforma la materia, dando origen a la realidad más densa y al conjunto de las manifestaciones percibidas por nuestros sentidos groseros… Estás cuestiones, deberán esperar ocasión más propicia, para ser debidamente tratadas. Aquí, simplemente nos alcanza con consignar la presencia de algunas nociones filosóficas: el eslabonamiento de causas, y tras él, un presente contemporáneo a toda la serie, distinción entre causas fundamentales y derivadas, y la concepción del movimiento como creador.
 Lo que subyace, en este diálogo, en acto literario y en la belleza profunda de su efecto narrativo, es la consideración del verbo eterno y el Lógos creador y divino. Razón, que penetra en la realidad manifestada, constituyendo el andamiaje del encadenamiento causal, forjando, así, las razones seminales que constituyen la trama del devenir universal. Aquí, entendemos también, en un análisis más fino, que esta razón que nos es específica será también agente de creación. La creación divina se continúa en la humana. Y el hombre actualiza su potencia en los movimientos creativos de su razón, en la conformación de un nuevo estado de la realidad, capaz de sobreponerse a las determinaciones más inmediatas de su naturaleza diabólica o bestial. Es así como Poe, en este punto, termina el relato afirmando los contrastes de la conformación humana y dando cuenta, conjuntamente, de su dinamismo creador. Los contornos plásticos de la materia transfigurada tórnanse, así, ocasión de una expresión simbólica más sólida en realizaciones tangibles más fecundas acerca de los destinos humanos y el papel vital del arte. Arte que crea la belleza, sugiriendo una realidad contemporánea, arquetípica y eterna; orientación vital única, con su capacidad intrínseca de dar vida, y tornar perenne, a toda forma elevada de belleza.


III

Agathos. -Te he hablado, Oinos, como a una criatura de la hermosa tierra que pereció hace poco, de impulsos sobre la atmósfera de ese mundo lejano.

Oinos. -Sí.

Agathos. -Y mientras así hablaba, ¿no cruzó por tu mente algún pensamiento sobre el poder físico de las palabras? Y es que cada palabra, ¿acaso no es un impulso en el aire?

Oinos. -¿Pero por qué lloras, Agathos... y por qué, por qué tus alas se pliegan mientras nos cernimos sobre esa hermosa estrella, la más verde y, sin embargo, la más terrible que hemos encontrado en nuestro vuelo? Sus brillantes flores parecen un sueño de hadas... pero sus fieros volcanes semejan las pasiones de un corazón turbulento.

Agathos. -¡Y así es... así es! Esta estrella tan extraña... hace tres siglos que, juntas las manos y arrasados los ojos, a los pies de mi amada, la hice nacer con mis palabras apasionadas. ¡Sus brillantes flores son mis más queridos sueños jamás realizados, y sus furiosos volcanes son las pasiones del más turbulento e impío de los corazones!

sábado, 20 de diciembre de 2014

Séneca y la filosofía vivida



Crees que tendrías que luchar con aquellas dificultades de las cuales me escribías; con quien más tendrás que luchar es contigo mismo: eres tú mismo quien te estorbas. No sabes bien lo que quieres; más pronto apruebas la rectitud que la sigues; ves dónde reside la felicidad, pero no tienes valor bastante para llegar a ella. La cosa que te lo impide, ya que tú no la ves, voy a decírtela: tienes por gran cosa lo que has de dejar, y en cuanto te propones aspirar a aquella seguridad que confías poder alcanzar, te detiene el brillo de la vida de la cual tienes que apartarte, supones que va a caer en las tinieblas y en el fango. Yerras, Lucilio: pasar de esta vida a aquélla es ascender (Séneca, Carta XXI a Lucilio: 318)[1].


Disputar todavía hoy sobre lo que la filosofía sea, es cosa por demás ociosa. El acuerdo dudoso, se perdería en discusiones enojosas. Las partes en pugna se retirarían con la certeza, sino de la superioridad de su posición, al menos de la ignorancia ajena. Ella tiene la ventaja nada despreciable de proporcionarnos una forma segura de encontrar compañía. Fuera de ello, sería más ventajoso encarar este problema en relación a lo que la filosofía no es. Aquí los ejemplos son tan numerosos y fáciles de encontrar que puede nos sintamos de golpe abrumados ante tamaña proliferación de ejemplares casos de consideración. En efecto, hoy contamos de infinidad de maestros, insuperables en su arte, de enseñarnos con el ejemplo vivo y fecundo, acerca de lo que la filosofía no será nunca.
Recuerdo un curioso artículo de Oscar Wilde, que se planteaba el problema de la lectura. Ante el lector surge, primeramente, la cuestión de cómo orientar sus lecturas. Lo que se deba leer depende de cada aptitud, temperamento y mil acasos, por lo que no resulta posible establecer directivas generales. Pero no menos instructivo resultará el estudio de aquello que no debe leerse. Wilde establece una clasificación fecunda de los libros y los autores: aquellos que deben releerse, aquellos que deben ser leídos, y los que no deben leerse nunca. De haber tenido la oportunidad de considerar más de cerca nuestro género de escritura académica, probablemente, Wilde hubiera forjado la clase de lo que lisa y llanamente es un insulto al lector y no debiera ser escrito nunca.
Con respecto a la filosofía, uno recorre cientos de autores en su formación académica. Es interesante se aprenda de cualquier cosa, menos aquello que interesa; se enseñe de cualquier forma menos de la debida, y, en fin, se instruya de manera tan varia y fecunda, siempre por la negativa. Esta creatividad no podrá ser debidamente ponderada por quien no la haya padecido. En cuanto a la metodología, nunca nadie se planteó, según parece, cuál es el modo en que deben ser encarados los estudios de filosofía. Todo ello configura, en conjunto, una especie de sobreentendido bastante engorroso, donde todos asienten, y nunca se sabe bien a qué cosa. Se pensaría que en la charla de ingresantes, los futuros académicos debieron de haber recibido un consejo o cuadernillo, que, a modo de prevención, como las inscripciones del templo de Apolo en Delfos, nos reiterara la vieja máxima, ya un poco gastada por el uso excesivo: “Una vida con examen es molesta de ser vivida”.
 Lo más extraño, es que la mayoría de los ingresantes, llegan con una predisposición cuanto menos un tanto morbosa. Y como de esta fábrica nadie sale mejor que como llegó, no es de extrañar la presencia de esos engendros que no se preguntaron nunca nada, lo saben todo, y juran por el jefe de cátedra que son especialistas en cuestiones que no le interesaron nunca a ninguna persona de valía. Es de reconocer, en beneficio de nuestros académicos, que la materia prima que deben trabajar no es tampoco la más adecuada. Con absoluta precisión filosófica, entienden, que dado que el producto de elaboración resultará de todas maneras defectuoso, no vale la pena aprender el oficio ni saber las técnicas básicas de trabajo. Nuevas presentificaciones del pragmatismo vernáculo.
El modo de introducirse en los estudios filosóficos, no es cosa menor. Y es extraño la mayoría llegue a ellos por medio de pensadores más o menos modernos o contemporáneos a la moda. Estos representan como la excrecencia del producto filosófico o el resultado morboso de un proceso patológico. Semejan a aquellos médicos chinos que para estudiar la salud del emperador, comenzaban por probar, cada mañana, el sabor de sus deshechos. Interesante sería indagar, como aprendió este pobre Galeno su oficio. En todo caso, es difícil prever con qué disposición se sentaría a la mesa a ingerir alimentos aquel hombre que atormentaba el estómago y castigaba el gusto todas las mañanas con la materia fecal del primer hijo del celeste imperio. Nuestros académicos resolvieron finalmente este conflicto: no consumen sino excrementos. Por si este talento suyo fuera poco, además, aprendieron a prepararlos y constituyen revistas para distribuirlos y cofradías para mejor saborearlos. Una auténtica superación y un arrebato heroico de nuestra era post-filosófica.


Ante este despliegue de superación mental y audacia filosófica, resulta un tanto extraño y perturbador leer a los antiguos. En efecto, parecerían no entender algo que entiende cualquier recién llegado a nuestra área, y es que la cosa viene de broma. No; ellos, hasta se plantearon cuál era el mejor modo de estudiar y de hacer filosofía. ¿Cuál es la relación entre la belleza y la verdad? Si la virtud es bella, y la belleza coincide con la verdad, ¿cuál es la relación entre nuestra conducta y el encuentro con la misma? ¿No es el conocimiento solamente accesible al hombre libre? ¿En qué consiste la virtud de la sabiduría? ¿Cuál es la sabiduría de la virtud? ¿Qué debe hacer el hombre? En fin, estas menudencias, y otras por el estilo, los mantenían, si no entretenidos, al menos sí ocupados. Y hubo alguno que hasta se llevó la copa de veneno a los labios, o se cortó las arterias, por no abdicar de tan vanas esperanzas.
 Menos prácticos, los antiguos pensadores creían la vida encontraba un sentido en el conocimiento y la búsqueda de lo mejor. Séneca, uno de los pocos episodios gratos en la historia del pensamiento, escribió unas misivas deliciosas a su interlocutor Lucilio. En ellas elabora todo un programa de estudio que, aunque de sabor extraño, no resulta menos esclarecedor, y debería ser aconsejado a todos nuestros nobles estudiosos. A aquellos que se introducen al estudio de la literatura y de los pensadores exhorta con vehemencia:

Atiende, empero, a que esta lectura de muchos volúmenes y muchos autores no tenga algo de caprichoso e inconstante. Precisa demorarse en ciertas mentalidades, y nutrirse de ellas, si quieres alcanzar provecho que pueda permanecer confiadamente asentado en tu alma. Quien está en todo lugar no está en parte alguna. A los que pasan su vida corriendo por el mundo les viene a suceder que han encontrando muchas posadas, pero muy pocas amistades. Y asimismo es menester que acontezca a los que no quieren dedicarse a familiarizarse con un pensador, sino que prefieren pasar por todos somera y presurosamente. No aprovecha, no es asimilado por el cuerpo el alimento que se vomita a poco de haber penetrado en el estómago. Nada hay tan nocivo para la salud como un continuo cambio de remedios; no llega a cicatrizarse la herida en la cual los medicamentos no han sido más que ensayados; la planta que ha sido trasplantada repetidamente, no cobra vigor; nada llega a mostrarse tan útil que pueda rendir provecho sólo de pasada. Muchedumbre de libros disipa el espíritu; y por tanto, no pudiendo leer todo lo que tienes, basta que tengas lo que puedes leer […] Lee, pues, siempre autores consagrados, y si alguna vez te viene en gana distraerte en otro, vuelve a los primeros. Procura cada día hallar una defensa contra la pobreza y contra la muerte, así como también contra otras calamidades; y luego de haber pasado por muchos pensamientos, escoge uno a fin de digerirlo aquel día (Carta II: 273-274).

La filosofía era, para Séneca, una medicina. La diferencia entre la medicina y el veneno radica en la dosis, enseñan a cualquiera que se acerque a farmacología. Pero lo cierto es que, en el mundo del pensamiento, la inversa es la verdadera. Una dosis baja de saber es siempre peligrosa. El mucho saber nos ilumina respecto a la oscuridad en que nos encontramos. Entonces, poco importa lo que pretendamos, seguros de nuestra ignorancia, queremos con sinceridad remediarla. Una vez en este estado, poco importan ya los esfuerzos por adornar la fachada. El aguijón muerde en lo más sensible del alma, y este dolor nos revela su enfermedad. El hombre se reconoce en estado de morbilidad, y si la sabiduría representa la salud, con la filosofía comienza la convalecencia:

Examínate tú mismo, estúdiate y obsérvate en todas tus facetas, y ante todo mira si es en el conocimiento de la filosofía en lo que progresaste o si es en la práctica de la vida. No es la filosofía un arte propio para alucinar al pueblo ni para la ostentación; no consiste en palabras sino en obras. Ni tampoco tiene por objeto hacer pasar el tiempo distraídamente ni disminuir el tedio de la vagancia, antes bien forma y modela el alma, ordena la vida, nos muestra lo que debemos hacer y lo que no, se siente al gobernarle y dirige la ruta entre las dudas y fluctuaciones de la vida. (Carta XVI: 306).


Para confundir aún más las cosas, lo que expresan, además de claro, lo escriben bien. Estas superfluidades, valoradas entre aquellos incapaces de separar el formato esencial de la substancia, les impedía engendrar esa marea cenagosa de profesores y académicos de grado o postgrado. El filósofo, así, debía serlo en su propia vida. No es libertad la que no se ejerce, no es verdad la que no se vive. La impostura chocaba con un sobreentendido que no había necesidad de explicitar: la filosofía era, ante todo, una forma de vida. Esta verdad, que parece y es una trivialidad, es ignorada o directamente atacada por los profesionales de nuestra área. ¿Profesionales de la filosofía? ¿No representa la conjunción de estas expresiones una auténtica contradicción en los conceptos? ¿Se puede conocer algo de la verdad y no tener la energía o los deseos de encarnarla en nuestra propia substancia interna?
El tiempo proyecta sus sombras sobre nuestro presente. Pero el pasado siempre nos acompaña, y nos alienta hacia nuevos rumbos. Es oscura la inmensidad misteriosa del mundo que despunta. Pero las glorias del pasado gravitan, aún, circundando las alturas ignoradas de nuestro cielo. Un corazón palpita, detrás de las cosas. Tras el alma, la vida que late tras el velo de las cosas, somos contemporáneos con ese pasado, que a fuerza de presente, se encontrará permanentemente en todo futuro. Allí, en ese pasado encontraremos un ejemplo vivo, una antorcha sagrada o un fuego votivo. Así, Séneca es capaz de proporcionarnos todo un programa de vida. Trabajó sobre sí soledad, retiro. El hombre debe primeramente buscar la salud de su alma. Pero el tiempo se desaprovecha, las fuerzas se malgastan  y las vidas se pierden de la manera más grosera. Todos buscan terminar sus trabajos, pero nadie sabe aprovechar el tiempo. Es así que:

Los únicos verdaderamente ociosos son los que se dedican a la sabiduría: ésos son los que viven. Porque no sólo aprovechan bien su tiempo, sino que a la suya añaden todas las demás edades. Cuanto se llevó a cabo en años a ellos, lo han hecho suyo. Es forzoso confesar, si no queremos ser muy desagradecidos, que aquellos clarísimos creadores de las opiniones más lúcidas nacieron para nuestro bien y encaminaron nuestra vida. Con su trabajo somos llevados al conocimiento de cosas hermosísimas, sacadas por ellos de las tinieblas a la luz. Ningún siglo nos queda prohibido, a todos somos admitidos. Y si con grandeza de espíritu quisiéramos salir de los estrechos límites de la imbecilidad humana, nos queda todavía mucho tiempo donde espaciarnos. Nos es posible disputar con Sócrates, dudar con Carnéades, aquietarnos con Epicuro, vencer con los estoicos la naturaleza humana, rebasarla con los cínicos y caminar junto con la naturaleza en compañía de todas las edades. ¿Por qué, pues, no entregarnos de todo corazón, en el transcurso de esta vida tan corta y caduca, al estudio de estas cosas tan inmensas, en que nos movemos y que son comunes a los mejores hombres? (De la brevedad de la vida: 208-209).

En estas alturas, es finalmente posible respirar aire limpio. ¿Quién resignará su inteligencia, en esta compañía, a la ejecución de tareas vulgares? ¿Quién despreciará el ejemplo vivo de la virtud en el ejercicio de una actividad servil y militante? El pasado nos contempla, inmaculado, a través del misterioso ojo de lo eterno. Así, en nuestro exilio, en el centro del páramo, o en el abismo silencioso de la inmensidad, arde una llama perenne, dilatada hasta abrasar el horizonte, capaz de encender el infinito que en el fondo también somos.
Y allí se resuelve finalmente todo. Si la filosofía es vida, el aprendizaje es emulación que se realiza en la creación, y su ejercicio un ejemplo de libertad y osadía. El único modo de aprenderla: volver los ojos a los grandes pensadores del pasado e imitarlos. Y es que allí solamente  

Tomarás de ellos lo que quieras: por ellos no quedará que quieras sacar lo más que puedas. ¡Qué felicidad y qué hermosa vejez aguarda al que se acogió a la sombra de estos hombres! Tendrá con quien deliberar sobre los temas más importantes y las cosas más pequeñas; tendrá asimismo a quienes podrá consultar todos los días sus problemas personales y de ellos oirá la verdad sin ofenderse y alabanzas sin adulación; y un modelo a cuya semejanza formarse. Solemos decir que no tuvimos la facultad de elegir a nuestros padres: que nos fueron dados por la suerte. Pero a nosotros nos es posible nacer a nuestro propio arbitrio. Hay familias de los más ilustres ingenios: elige aquella en la que quieres ser adoptado. Su adopción no sólo te dará nombre, sino sus mismos bienes, que no son sórdidos, ni tendrás que guardar fraudulentamente y que serán tanto mayores cuantas más partes hicieres de ellos (De la brevedad de la vida: 210).


[1] Séneca, “Escritos” en Vida, pensamiento y obra, Trad. P. Fernández Navarrete y J. Bofil y Ferro, España, Planeta DeAgostini, 2007.

lunes, 25 de agosto de 2014

La iniciación por la sangre y el fin del mundo antiguo





Hay lecturas que nos instruyen, otras que nos marcan y otras que nos modelan y nos forman. Entre estás últimas, a veces, tórnase gradualmente difícil discriminar que hay de originalmente nuestro en nosotros mismos. Pasan a formar parte de nuestra carne y las asimilamos a la sustancia vital. Aprendemos a pensar y escribir, cada cuál, bajo el modelo ejemplar de una Pléyade variable de autores. Los clásicos infaltables y los ilustres, más o menos desconocidos del público en general, aunque no por ello, para nosotros menos valiosos y entrañables. El modo en que nos acercamos a ellos, casi siempre fortuito, marca una especie de fatalidad. Recuerdo, hace ya años, en un viejo bar de San Cristóbal, tomar una copa con mi amigo Ezequiel Ambrustolo a quien había encontrado a la salida de su trabajo en Epifania, librería de anticuario. Tanto la librería como el bar, cerraron. A uno lo clausuro una fría ordenanza municipal, al otro, las leyes inexorables del mercado y la lógica del mundo actual. Lo que queda hoy, luego de tantos años, es el sentimiento de amistad, el recuerdo de un trago en un atardecer dorado por el sol crepuscular, y un ejemplar que el poeta le presto al estudiante de filosofía, en medio del barullo cotidiano del centro de nuestro desierto metropolitano.
El artículo que me permito transcribir fue publicado originalmente en el Boletin Anual de la sociedad Ramakrishna de General Madariaga en 1965. El autor, Don José Malmooth, esoterista argentino, nacido en la provincia de Buenos Aires, en el año 1897, es, entre nosotros, prácticamente un desconocido. A combatir esta injusticia se orienta, nuestra humilde contribución.

 LAS INICIACIONES POR LA SANGRE Y EL FIN DEL MUNDO ANTIGUO.


 ¿A quienes profetiza Heráclito el efesio? A quienes danzan en la noche, magos, bacantes, poseídas del Dios, a los iniciados; a éstos amenaza con lo que sucederá después de la muerte, a ésos les profetiza el fuego; pues están iniciados impíamente en misterios considerados tales sólo por los hombres.

   Heráclito

Heráclito, un auténtico hierofante de los misterios más sagrados, censura con razón a los poseídos y nigromantes que encantaban las auroras somnolientas del amanecer del pensamiento griego. Ya nos hemos ocupado de refutar las divagaciones de Allan Kardec y de censurar las prácticas de sus secuaces. No debemos confundirnos, miles de larvas pululan en las regiones más sombrías del astral inferior y se arrojan sobre los cerebros debilitados por el vicio y la deformación del error. En conjunto se aglomeran, fríos y sedientos de sangre, y arrebatan la fuerza vital, conjuntamente con la razón, a los desgraciados enajenados en su locura. El hombre de poder, no se presta a quedar a merced de formas ruines, y no se satisface con fenómenos de bajo magnetismo ni mesas parlantes.
El celebre doctor Encausse consideraba al médium y al naturalista como un caso de suicidio de los elementos masculinos del alma. Las formas de muerte voluntaria de los femeninos, no serán menos censurables. La magia, salvo contadas excepciones, es una forma perversa de arrancar a la naturaleza un poder inmerecido. Sus peligros se transforman en realidades siniestras. Por demás, es de esperar, el pasado sea superado, y es de lamentar, perennemente nos ejercitemos en la misma clase de errores.
La sangre, desde el punto de vista fisiológico, concentra el oxígeno y los nutrientes y los distribuye hacia todo el organismo animal. La sangre es así el agente vital activo que presentará, en negativo, su contraparte astral. La fuerza vital se concentra en la quintaesencia del fluido. Las entidades evocadas, que pululan sedientas de materialidad, son así atraídas por el sacrificio. No debemos confundir la carnicería con religión, religión significa, sensu stricto, religación. Su forma ideal es la compenetración con las realidades divinas. Pero la religión institucionalizada, como forma colectiva que informa una sociedad, requiere de una mediación autorizada. Los mediadores con el mundo invisible serán los sacerdotes. Son ellos quienes ejercen el ministerio de la mediación, con la función de elevar las realidades inferiores y caídas hacia su origen.
Particularmente ilustrativo, respecto a la cuestión que nos ocupa, resulta el trabajo de Eliphas Levi acerca de la ciencia de los espíritus. Respecto a ese texto, nos detendremos en la exposición magistral que hace del carácter del sacerdocio antiguo y de la iniciación. En primer lugar, Eliphas Levi nos informa que:

Los misterios del mundo antiguo eran de dos clases. Los pequeños misterios atañían a la iniciación, al sacerdocio, los mayores eran la iniciación a la gran obra sacerdotal, es decir a la teurgia: la teurgia, palabra terrible para el doble sentido, que quiere decir creación de Dios. Sí, en la teurgia se enseñaba al sacerdote cómo debe crear los dioses a su imagen y semejanza, sacándolos de su propia carne y animándolos con su propia sangre. Era la ciencia de las evocaciones por medio de la espada y la teoría de los fantasmas sanguinolentos. Era cuando el iniciado debía matar al iniciador; cuando Edipo se convertía en rey de Tebas dando muerte a Layo. Trataremos de explicar estas oscuras expresiones alegóricas. Lo que desde luego se puede colegir es que no había iniciación a los misterios mayores sin derramamiento de sangre; más aún, sin derramamiento de la sangre más noble y más pura.


El sacerdote era así el sacrificador. Su tarea principal, se concentra en la pira y se ejecuta en el holocausto. Se inicia por la sangre y en ella muere su ideal. Tras la sangre, descienden legiones de espíritus, enturbian la percepción y confunden el cerebro. Los Dioses antiguos tenían sed perenne de sangre. Su vicio era humano, demasiado humano, pero también, quizás por ello, profundamente demoníaco. Caín presenta su sacrificio incruento al Dios antiguo, pero este prefiere los animales muertos de Abel y sobre todo su sangre. Caín sacrifica a Abel y con ello se convierte en el primer sacerdote. Esta es la religión antigua, salvo depuradas excepciones, desnuda, en sus caracteres más brutales, que no se circunscriben a los sacrificios al Moloch de los fenicios. La sangre llama a la sangre, porque la sangre derramada clama ser vengada y el auxiliar del ministro son la espada y el hacha.  
En oposición a estas formas que identifican al ministro religioso con el mago y el sacrificador, se nos ha dicho, aunque lamentablemente sin verdad histórica, dados los derroteros del cristianismo institucionalizado, que la iglesia tiene horror a la sangre. En esa imborrable máxima se resume todo el espíritu del cristianismo.
Y es que, siempre de acuerdo a Levi:

Jesús, único iniciador que no ha matado a nadie, muere para abolir los sacrificios sangrientos. Por eso es más grande que todos los pontífices y ¿qué sería, pues, si no fuera Dios? Se hizo Dios sobre el calvario, pero al renegar de él y venderlo, sus discípulos se han convertido en sacerdotes y han continuado el antiguo mundo, que durará mientras el sacerdote tenga que vivir del altar, es decir, de comer la carne de las víctimas.

A este Dios que se hace hombre, el antiguo mundo declinante quiso oponer un nuevo ideal en la figura Apolonio de Tiana. Éste, taumaturgo, asceta y mago, realiza milagros inmensos, resucita muertos, sanea ciudades. Pero pertenece todavía al mundo antiguo. Consciente en sacrificios y se enaltece en el derramamiento de la sangre. Así continua languideciendo ese mundo en una muerte lenta hasta los tiempos de Constantino. Luego de él, el paganismo renace en el emperador Juliano. Una aurora tardía que no tardaría en apagarse, consumida por la hecatombe universal que arrasaba los cimientos de la antigüedad.  
Juliano, emperador filósofo, fue también un iniciado del mundo antiguo.

Era, en efecto, mediante un bautismo de sangre, que Máximo de Efeso lo había consagrado a los antiguos dioses. Juliano fue introducido en la cripta del templo de Diana medio desnudo y con los ojos vendados. Máximo le entregó un cuchillo y una voz misteriosa le ordenó asestar el golpe a una figura humana pálida que se le dejó entrever solamente; se colocó otra vez la venda sobre los ojos del neófito, y guiando la mano de Juliano se le hizo tocar la carne caliente y viva; allí sumió la espada sagrada; después, obligado a prosternarse ante la fuente que acababa de abrir, una aspersión caliente y nauseabunda le hizo estremecer, pero guardó silencio y recibió hasta el fin la consagración de la sangre vertida. “por esta sangre — decía Máximo—, te limpio de la mácula del bautismo: eres hijo de Mitra y has sumido la espada en el flanco del toro sagrado ¡que la ablución del tauróbolo te purifique!”


Con Juliano, se asiste al último acto de la antigüedad, con su muerte, se derrumba el mundo antiguo:

Dando fe a los fantasmas evocados por Máximo de Efeso, Juliano había creído en la existencia real de sus dioses, y estos fantasmas eran alucinaciones de la sangre. Se asegura que Juliano, debilitado por ayunos previos y tibio aún de su bautismo de sangre, vio pasar ante él todas las divinidades del antiguo Olimpo. Las vio no tales como los poetas de la antigüedad las representaban, sino tales como existían entonces en la imaginación, desencantada de las multitudes, viejas, decrépitas, miserables, abandonadas.

Las brumas descienden sobre el dorado horizonte de la antigüedad, el Dios solar se eclipsa, los oráculos callan. ¿Qué ha sucedido? Algo que todavía nosotros no comprendemos. Anclados, en espíritu, en la antigüedad. Vivimos entre dos mundos, y no terminamos de elevarnos sobre el primero. El fin de una gran época tiene algo de sombrío, tiene algo de trágico y crepuscular. Los templos y camposantos claman por el mundo que se precipita desde dentro del panteón, en una especie de oración, que revela todo el desgarro de lo que se acaba:

Se asegura que después de su muerte se abrieron las puertas de un pequeño templo que había hecho amurallar antes de emprender su expedición de Persia, y que allí se encontró el cadáver de una mujer desnuda colgada por los cabellos y con el vientre abierto. ¿Es esto una invención del odio o la revelación de un misterio? ¿Era esa mujer una mártir o una víctima voluntaria? Aceptamos lo último. Tal vez una joven fanática que quiso oponer su sacrificio al de Cristo, por la prosperidad del reinado de Juliano y el regreso de los antiguos dioses. El emperador habría cerrado los ojos y sólo el gran pontífice habría asistido al holocausto. El templo amurallado, la víctima sangrienta suspendida entre el cielo y la tierra como una oración palpitante, se asemeja a una parodia de la crucifixión.

Pero el manto de la noche se precipita sobre el horizonte cargado de llamas. La noche, la larga noche medieval, aparece como un retorno al seno maternal. En él se gestará la nueva civilización. La ley del ritmo y la compensación. Deberá esperar otra ocasión el estudio de nuestra época encanecida. Volviendo a Juliano y al fin del viejo mundo, este es herido de muerte en un campo de batalla en cercano oriente. Expira, y con él, todo un mundo. En medio de la oscuridad que se cierne sobre sus ojos, en medio del terror de los circunstantes, de la derrota y de la sangre, proclama, aun, unas veladas palabras: “Tu venciste Galileo”
 Una leyenda que parece revelar obstinación. Se repite el episodio en la demencia del filósofo alemán que quiso resucitar a Dionisio, sin entender que si los muertos resucitan en el cristianismo no podrán hacerlo en el nihilismo. Ahora bien ¿ qué quiso decirnos Juliano con estás últimas palabras? De acuerdo a Levi, o tal como éste quería creer, con ellas expresaba su derrota y su arrepentimiento el emperador iniciado en el tauróbolo. Con estas confesión, reasumía el cristiano sacrificio de sí, como el más elevado y modesto, el único capaz de dignificar a la criatura caída, y elevarla las esferas más sagradas del cielo más secreto. En las alturas sublimes, tras el denso velo que separa las espaldas del cielo astral, del eterno cielo inengendrado de la realidad espiritual, arde una estrella solitaria. En la soledad del infinito desierto de lo innominable, allí solo reina la unidad. Es por eso, que todo crimen es un asesinato a nosotros mismos y a la esencia escondida que todavía somos. Es por eso, que la iniciación por medio de la sangre, engendra demonios, que todavía incitan crímenes, levantando nuevas hogueras que anteponen una jerarquía satánica, a la celeste que asciende desde las formas más groseras de materialidad hasta las sublimes riberas del espíritu puro. Allí, en aguas ígneas, habremos de bañarnos, transfigurando en fuego nuestras impurezas, para que el alquimista eterno, extraiga el mineral precioso en toda su pureza.
Los necios, por el mundo, seguirán su camino. Su nombre es legión. Pero las formas del error se repiten. Le daremos la palabra, para cerrar este apartado, nuevamente a un auténtico iniciado, el oscuro de Éfeso, para que condene  nuevamente (¡mil veces serán siempre pocas!), las formas inferiores de la religiosidad.

 En vano tratan de purificarse manchándose con sangre. Es como si uno que se ha metido en el fango, quisiera lavarse con fango. Si un hombre lo viera haciendo eso, creería que se había vuelto loco.
Y dirigen oraciones a las estatuas, como si alguien pudiera hablar con los edificios; pues no conocen quienes son los dioses y los héroes.

viernes, 4 de julio de 2014

La psicología del arte: Balzac



 Considerando que el realismo de Balzac, no consiste en las condiciones formales en las cuales se resuelve su arte ¿En que consiste? ¿Cuál es la fuente de la superación de la realidad que torna perennes las creaciones de su genio? La idea que pretendemos sostener es que este efecto responde a las condiciones de la génesis de donde emerge su obra.
¿Que puede decirse de aquel hombre que llevaba todo un mundo en su cerebro, lo construyó, lo modeló, lo puso en movimiento y lo dotó de vida? Todo en Balzac es enorme, exagerado, tanto la fuerza como la delicadeza exquisita que se revela en el centro de una narración frenética en que se desatan los sucesos. En esta enormidad, el genio monomaniaco que quería hacerle la competencia al registro civil, logró superar la realidad, y dotar a sus creaciones de una vida ardiente que el mundo raramente ofrece.
En este contexto ¿a quién resultaría extraordinario que la vida misma de nuestro autor termine por adquirir el cariz esencial distintivo de sus novelas? Aquí lo que vemos, es la verificación de dos movimientos complementarios cuya dinámica se retroalimenta. Balzac crea un mundo a su imagen y semejanza y luego es modelado en este mundo, en que habita idealmente, de acuerdo a las mismas leyes que su entendimiento en él proyecta. Como si este mundo, de golpe cobrara vida, es arrancado de su autor y él resulta arrojado y sometido a ésta, su creación, como un personaje más de sus novelas. No es extraño que así sucediera. Pascal nos recuerda que un príncipe que estuviera sometido día tras día a soñar que vive en una pesadilla perpetua sería tan desdichado cómo aquel desgraciado arrojado a una vida miserable. ¿Y no podría decirse otro tanto, del genio balzaciano, enfrascado toda la noche, en su mundo de fantasía, poniéndolo en movimiento, y otorgándole pacientemente calor con su sangre hasta que, poco a poco, este mundo cobra vida?
Este es el secreto del realismo de Balzac. El artista crea un mundo a su imagen y semejanza, y si logra alcanzar y aun sobrepasar la realidad de nuestro mundo, es porque se apoya realmente en aquel otro cuya experiencia íntima le revela su genio. Es así que el autor realista no copia sus personajes y mucho menos los inventa, todo su misterio radica en que los vive hasta el fondo. Su experiencia en este sentido no es puramente teorética sino que vive en ellos, y, como el Dios de la creación continúa, ellos viven necesariamente a través de su presencia en el autor.
Esto mismo expresa Balzac, y fue perfectamente entendido por otros artistas. El autor, no se acobarda ante los tipos sino que los sigue en su repliegue más profundo y, una vez instalado en él, se apropia su secreto y vive idealmente a través de su carne. Esta enorme capacidad, este secreto creativo, le permite a nuestro autor convertirse en un alquimista en el mundo de las pasiones. 
Como si las pasiones también tuvieran su código químico, cada personalidad resulta descomponible en sustancias más simples, más básicas, cuyo modelado constituye todo estado complejo. La tabla periódica de las pasiones simples, de los módulos más básicos en función de los cuales se conforman y armonizan los tipos humanos, una vez identificada, nos permite la reconstrucción vital de todas las posibles personalidades. Es así que todo  carácter se constituye en un complejo en equilibrio, un múltiple estructurado, cuya resultante termina por expresar el carácter esencial correspondiente a los tipos.
A partir de aquí podemos entender cómo los personajes se encuentran vivificados. Los tipos son conformados desde una química constitutiva básica, y una vez construidos, el autor se proyecta en la realidad conformada experimentando subjetivamente la vida de los caracteres constituidos. En este sentido, toda personalidad no resultará ser otra cosa que la expresión de determinada potencia, como si ésta emergiera desde un núcleo más profundo. El cuerpo será otra de las manifestaciones de esta realidad más fundamental como si representara el despliegue centrífugo del carácter vívido.
De aquí que se haga indispensable una descripción cuidadosa y detallada de los personajes. El ambiente no solamente modela el carácter sino también el cuerpo. Recordemos que, según el monismo de Saint Hilaire, ambas formas representan manifestaciones correlativas de una misma sustancia básica. Es este núcleo de cada carácter el que, con mayor o menor fuerza, se precipita desde el abismo interior y emerge en la realidad manifestada revelando en ellos su potencia constituyente. A partir de aquí, nos será posible, realizar una decodificación estética de cada cuerpo, indagando a qué estado de equilibrio psíquico corresponde. Esta correspondencia es necesaria, una vez que se reconoce que ambas no son sino manifestaciones parciales de la misma realidad. La correlación teórica, para hacerse efectiva, requeriría una indagación en profundidad en el núcleo fundamental que se expresa a través de los tipos.
El mundo creado es aquí, el mundo como expresión y ocasión. El modelado ambiental, se ofrece como simple ocasión de expresión, interaccionando con la dinámica intrínseca en función de la cual se resolverá la evolución del núcleo básico, expresándose en ambas modalidades correlativas, en el aspecto interior y en el aspecto físico. De este modo, el espíritu interior se revelará en el cuerpo del mismo modo en que el artista se encuentra impregnado en su obra. El cuerpo mismo también es “creación”, y en este sentido se encontrará sometido a las mismas condiciones formales que se dan en todas las humanas creaciones.
El objetivo de Balzac, según el mismo autor expresa, consistía en realizar una especie de zoología de los tipos humanos que conforman la sociedad. Su posibilidad teórica se funda en que cada personaje no será sino la expresión de distintos principios comunes que el autor encuentra en sí mismo. Principios a través de los cuales establecen diferentes mezclas y composiciones cuyo equilibrio constituido fundará la diversidad de los tipos. Estos tipos se encuentran animados en su interior por el equilibrio psíquico vivido subjetivamente por el artista. Esta será la base del realismo de Balzac, y no la copia, la técnica narrativa o la descripción de los hechos.
Por otro lado, cada equilibrio constituido, se revelará vitalmente en una trayectoria dada. La idea fuerza representa aquella tendencia emergente en función de las cuales se pliegan y armonizan todas las demás. Esta hará las veces de centro de su orientación vital. La monomanía, que los personajes de Balzac siempre padecen, no es sino resultado de un ejercicio teórico, una exageración de la realidad que permite verificar y revelar su dinámica. En este sentido no representa sino el equivalente de las condiciones ideales que permiten simplificar los cálculos, identificar todas las interacciones y resolver la dinámica en condiciones específicamente determinadas. El mundo de Balzac representa, a partir de aquí, una superación de la realidad que permite revelarla; un experimento mental, donde los tipos se constituyen, se define el medio y la situación, se los dispone y, una vez aquí, se los libera para que la historia se resuelva por sí misma. Esta resolución, al estar motorizada por modelos más o menos puros, resultará ser también paradigmática y arquetípica. La identificación de la dinámica permite la proyección de nuestros esquemas a nuevas situaciones más complejas de la realidad vivida, a partir de la cual lograr una mayor inteligibilidad y comprensión de sus mecanismos ocultos.
La monomanía se constituye desde este esquema genérico de ocasión-expresión. El núcleo se expresa tras el modelado, a través del cual, las tendencias constitutivas se armonizan y, a través de múltiples transacciones entre sí mismas, darán por resultado la emergencia de los distintos tipos. Esta emergencia se expresa en una tendencia vital resultante, y, en condiciones dadas, gravitará en función de la adquisición de un objeto idealizado. De este modo la monomanía se constituye de acuerdo a la lógica que rige la expresión del núcleo fundamental. Este habrá de encontrar escollos en su dinámica, habrá de ser reprimido, neutralizado y excitado en diversos sentidos, de lo que resultará una dinámica emergente que dará cuenta de la constitución de los diversos estados configuracionales distinguibles. En dichos estados se fundará el carácter de su lógica de acción e interacción para con el medio. Y, cómo un sentimiento que busca expresarse, el espíritu emergerá igualmente en el cuerpo.  El objeto de la monomanía es un objeto idealizado a través de cuyo simbolismo, hablará a la tendencia vital ampliamente predominante en que se expresa la alquimia de los tipos constituidos. En este esquema, las diversas tendencias se pliegan, y, al modo del esquema evolutivo ideado por Lamarck, el núcleo fundamental se expresará en función de la adquisición del objeto pretendido.
Esto en lo que hace a la fauna de los tipos humanos y a la lógica evolutiva de su formación. Debe tenerse en cuenta, que el pensamiento presentará una realidad tan tangible y real como la de los objetos físicos. De este modo, el pensamiento es una fuerza viva y los objetos se encuentran impregnados de sentimiento. Como en La caída de la casa de Usher de Poe, el mundo de Balzac es un mundo vivo, expresado por una fuerza enorme y aplastante.  En este sentido, sus elementos resultarán solidarios. El alma del artista no se encuentra solamente vivificando los cuerpos sino que se encontrará como un aire sutil impregnando los objetos. De aquí ese sentido profundo y triste que se manifiesta en sus descripciones.  Del mismo modo, de aquí la necesidad teórica de las mismas. Si el ambiente puede tener incidencia efectiva en el modelado anímico, este se extiende aun en los aspectos más sutiles. Balzac nos recuerda siempre la importancia ineludible de la plástica. Así como el arte, es el sentimiento expresado a través de una idea, este sentimiento habita como un doble extático de su creador. El hombre se siente sobrecogido por fuerzas que desconoce, aunque adivine sin definirla aquella energía misteriosa codificada en todas las creaciones. Y aquí, del mismo modo que un alma le habla a otra alma, el ambiente le susurrará sus sentimientos al espíritu, modelándolo de manera tan imperceptible como inevitable.
Con esto llegamos al último punto que, a nuestro juicio, explica el realismo de Balzac. Su genio no solamente no inventa los tipos sino que los vive hasta el fondo, los habita, les extrae su secreto y los dota de vida. De aquí que estos adquieran esa vida interior característica de su creador. De aquí también, esa superación operada sobre la realidad, como si su frágil creación no soportara el peso enorme de su autor. Esta vivencia subjetiva de la realidad no se agota en la vida de los personajes, sino que impregna sus cuerpos y se extiende también hacia el ambiente. Por eso París en sus novelas es un personaje más, un misterio triste e inagotable marcando a fuego, paso a paso, cada sino.

Febrero de 2011