viernes, 28 de junio de 2019

ALDOUS HUXLEY: UN MUNDO FELIZ Y LA REVOLUCIÓN CUALITATIVA







—Pues yo no quiero comodidad. Yo quiero a Dios, quiero poesía, peligro real, libertad, bondad, pecado.
—En suma ‒dijo Mustafá Mond‒, usted reclama el derecho a ser desgraciado.
—Muy bien, de acuerdo ‒dijo el salvaje, en tono de reto‒. Reclamo el derecho a ser desgraciado.
—Sin hablar del derecho a envejecer, a volverse feo e impotente, a tener sífilis y cáncer, a pasar hambre, a ser piojoso, a vivir en el temor constante de lo que pueda ocurrir mañana; el derecho, en fin, a ser un hombre atormentado.
Siguió un largo silencio.
—Reclamo todo estos derechos ‒concluyó el salvaje.
Mustafá Mond se encogió de hombros.
—Están a su disposición ‒dijo[1].

Aldous Huxley, Un mundo feliz


John, “el salvaje”, recibe la oportunidad ‒en un raro experimento‒ de ensayar su propio modo de vida en el espacio vital de un “mundo feliz”. El experimento fracasó porque, aun a despecho de Mustafá Mond, el interventor residente de la Europa occidental ‒aunque, en otro sentido, para gratificación del éxito de su trabajo‒, el proceso de ingeniería social arraigó en el núcleo más profundo de los habitantes de la nueva humanidad. Desde allí, no podría más que extenderse y desparramarse hacia el rincón solitario de la tierra, hasta el faro olvidado, donde se había refugiado “el salvaje”, en un espacio perdido de la campiña inglesa. Allí, éste ‒siguiendo una antiquísima práctica característica de su tradición y de su raza‒ se flagelaba con un látigo lacerando la carne de su espalda, buscando purgarse de la sociedad que había conocido hacía tan poco. El maravilloso mundo nuevo acechaba. Éste, al modo de una erinia legendaria, eterna como los trazos ideales del linaje de humanos y divinidades, implacable en su venganza, lo perseguía hasta su retiro. Es así como, en medio de la muchedumbre invasora, el espíritu del salvaje sucumbe en una Orgía-Porfía; su cuerpo, colgando como un bulto, oscilante en la sombría cuerda del ahorcado, la seguirá poco después hacia el postrero refugio de la noche y de las sombras. Allí, el viajero criado en la roca rojiza del desierto americano hallaría descanso; allí, en ese rincón oscuro, donde la sociedad absorta de felicidad no sabría, ni podría tampoco, encontrarlo.
Huxley ensaya, en este libro fascinante, la conclusión lógica del encuentro de dos ejemplares heterogéneos de sociedad. Más aun, se trata del encuentro dramático y fatal de dos estructuras anímicas, de dos tipos humanos claramente definidos y certeramente expresados en forma literaria. En esta perspectiva, el final del salvaje se nos aparece como natural, ya que, salido de la reserva, no podría subsistir en el mundo contemporáneo. Se trata de una especie fósil cuya sola presencia representa un anacronismo incomprensible. El salvaje es portador de una forma cultural fenecida, en tanto que la humanidad nueva corresponde a un tipo de hombre de caracteres mucho más dúctiles. Se trata este de un sujeto maleable, chato, adaptable, artificiosamente individualizado, sin alturas ni profundidades vitales. Huxley advierte claramente que esta nota, aparentemente defectuosa, fundamenta su preeminencia en el nuevo mundo, de este modo conformado. El ciudadano de Un mundo feliz se encuentra completamente orientado hacia el exterior, en dirección a trayectorias predefinidas. Esta orientación exterior, esta difusión periférica de la dinámica personal, es la condición, precisamente, de una eficacia operativa y de una inscripción funcional estandarizada. El hombre nuevo es un “individuo” socialmente diseñado, sin intimidad, proyectado hacia el exterior, con oportunidades infinitas, elaboradas ‒desde una matriz impersonal‒ para todos los miembros del grupo. Todos pertenecen a todos”, se les enseña a los habitantes por medio de modernas técnicas de hipnopedia científica. Pero fuera de ese “todos” no existe margen para ninguno. Los individuos diferenciados deberán ser, pues, exiliados. Y la característica distintiva de este ciudadano expulsado e indeseable es el desarrollo personal y cualitativo, culpable de la constitución de una curva personal, de un desnivel en la masa homogénea de la sociedad, que ésta no es capaz de soportar. De este modo, la trama del “mundo feliz” se relaciona, por esta vía, con la álgida cuestión del poder de la sociedad sobre el individuo y de cómo éste debe oponerse a aquella para elevarse realmente, de un modo intrínseco, aun en contra de las opiniones y los intereses del “colectivo”.
Esta valoración de los exiliados, en contraposición a los miembros útiles de la sociedad, ante la exagerada reacción de Bernard al serle comunicado el exilio a que se le condenara, es expresada por Mustafá Mond a Helmholtz, otro de los exiliados:

Cualquiera diría que van a degollarle –dijo el interventor, cuando la puerta se cerró tras ellos‒. En realidad, si tuviera un poco de sentido común comprendería que este castigo es más bien una recompensa. Le enviarán a una isla. Es decir, le enviarán a un lugar donde conocerá al grupo de hombres y mujeres más interesante que cabe encontrar en el mundo. Todos ellos personas que, por una razón u otra, han adquirido excesiva conciencia de su propia individualidad para poder vivir en comunidad. Todas las personas que no se conforman con la ortodoxia, que tienen ideas propias. En una palabra, personas que son alguien. Casi le envidio, Mr. Watson.
Helmholtz se echó a reír[2].



Los miembros de la comunidad estable de “un mundo feliz” compran su bienestar a precio de no ser “nadie”. La expansión de las posibilidades proporcionadas por el nuevo orden supone la eliminación completa de una dimensión fundamental, precisamente de aquella que nos individualiza. De este modo, en virtud de la inclusión nítida y la formulación dramática de estas reflexiones, la obra de Huxley incluye una rica diversidad de problemáticas, por demás proféticas. No obstante la innegable calidad literaria y los grandes aciertos sustanciales y sugestiones filosóficas profundas, de esta novela sucinta pero inagotable, el autor de la misma, en un Prólogo tardío (el Prólogo data de 1946, mientras que la obra se publicó en 1931), se permite la enumeración de unas cuantas críticas a su libro. De este modo, enumera una serie de errores de diversa importancia:

Sin embargo, creo que sí merece la pena, al menos, citar el más grave defecto de la novela: al Salvaje se le ofrecen sólo dos alternativas: llevar una vida insensata en Utopía, o la de un primitivo en un poblado indio, una vida más humana en algunos aspectos, pero en otros casi igualmente extravagante y anormal. En la época en que la obra fue escrita, esta idea de que a los hombres se les ofrece el libre albedrío para elegir entre la locura de una parte y la insanía de otra, se me antojaba divertida y la consideraba como posiblemente cierta[3].

Huxley reconoce que ninguna de las alternativas planteadas es deseable; no obstante lo cual, la propuesta del salvaje es más humana y, quizás, puestos a elegir, también preferible a la distópica. Ahora bien, ¿por qué la alternativa del salvaje se nos aparece como menos insatisfactoria? Porque existe un margen para la elección personal y, a través del esfuerzo, la posibilidad de un fortalecimiento interno. Existe así, en el mundo del salvaje, la posibilidad de un progreso intrínseco y de un desarrollo cualitativo. Este es el principio clave, que tanto cuesta identificar en esta obra a los lectores académicos y a los espíritus superficiales. El movimiento de los ciudadanos del nuevo mundo, ensanchado de manera extraordinaria, carece de profundidad. Junto a la satisfacción inmediata, se extravió algo así como el sentido que torna digna la existencia. Es así como, en la sociedad conformada por el “mundo feliz”, el individuo carece de oportunidad para la aplicación de sus propias energías. Además, el ciudadano satisfecho pierde el sentido de algo intransferible, sustancial e íntimo. La atmósfera de opresión, asimilada por el individuo de probeta, toma la forma de una liberación falaz. El cerco se cierra y la muerte del salvaje viene a confirmarnos que, en el maravilloso mundo contemporáneo, no existe ninguna salida. Y eso sucede porque el próspero habitante de la utopía, más que su realidad, lo que pierde es “su” posibilidad, aquella que lo especifica. Existen alternativas que satisfacen complejos de deseos y tendencias, de modo tal de asegurar la estabilidad del complicado mecanismo social. Pero, entre esas alternativas ofrecidas al ciudadano (el trabajo seguro y bien remunerado, el sensorama, los deportes tecnificados, el sexo, el consumismo extremo, el soma, la Orgía-Porfía), no se encuentra nada específicamente personal. Esas posibilidades son diseñadas, previamente conformadas, por ingenieros sociales representantes del colectivo e impuestas (no sin previo acondicionamiento) a las individualidades que surgen ‒ya de forma artificial‒ a la escena de la vida. Sin una auténtica posibilidad personal no existe un principio de desarrollo genuino y, cuando éste se encuentra, la alternativa es asimilarlo al sistema ‒como es el caso del interventor Mustafá Mond‒ o el exilio ‒como ocurre con, el quizás demasiado inteligente, Helmholtz‒.
De tal suerte, en atención a consideraciones como esta, el autor ‒quien es un verdadero filósofo‒ piensa que la obra literaria debería haber sido confeccionada de una manera diversa. En este punto, Huxley nos permite profundizar en las elaboraciones más finas de su concepción literaria y en las conclusiones teóricas de su temperamento reflexivo:

Pero volviendo al futuro… Si ahora tuviera que volver a escribir esta obra, ofrecería al Salvaje una tercera alternativa. Entre los cuernos utópico y primitivo de este dilema, yacería la posibilidad de la cordura, una posibilidad ya realizada, hasta cierto punto, en una comunidad de desterrados o refugiados del MUNDO FELIZ, que viviría en una especie de reserva. En esta comunidad, la economía sería descentralista y al estilo de Henry George, y la política kropotkiniana y cooperativista. La ciencia y la tecnología serían empleadas como si, al igual que el Sabbath, hubiesen sido creadas para el hombre, y no (como sucede en la actualidad) el hombre debiera adaptarse y esclavizarse a ellas. La religión sería la búsqueda consciente e inteligente del fin último del hombre, el conocimiento unitivo del tao o logos inmanente, la trascendente divinidad de Brahma. Y la filosofía de la vida que prevalecería sería una especie de alto utilitarismo, en el cual el principio de la máxima felicidad sería supeditado al principio del fin último, de modo que la primera pregunta a formular y contestar en toda contingencia de la vida sería: “¿hasta qué punto este pensamiento o esta acción contribuye o se interfiere con el logro, por mi parte y por parte del mayor número posible de otros individuos, del fin último del hombre?”[4].



En la pretensión de trascendencia espiritual y en la ampliación de este utilitarismo se funda la particularidad de las concepciones filosóficas de Huxley. Aquí ha de encontrarse, también, la oposición radical del pensador con la sociedad de su tiempo y con lo que este proyectaba como un destino próximo para la humanidad, si antes ‒vía la guerra nuclear‒ ésta no era despedazada de manera definitiva. Es así como, del mismo modo, el “mundo feliz” de Huxley se encuentra con la utopía, y con la comprobación del inquietante epígrafe incluido al principio de la obra por el literato inglés del pensador ruso Nicolás Berdiaev: las utopías son realizables. La historia nos permite confirmar cómo las Revoluciones, además de posibles, son de hecho reales. Y en esta posibilidad (y en esta emergencia alarmante de la actualidad) el afán de trascendencia, conjuntamente con el utilitarismo ampliado por la inclusión del desarrollo de la espiritualidad, es obstruido y completamente escamoteado.
En virtud de estas reflexiones, el escritor-filósofo nos permite vislumbrar, desde una perspectiva mucho más profunda (y, en términos prácticos, muchas veces antitética), el fenómeno revolucionario. Estas expresiones, contenidas en el Prólogo tardío de Huxley, nos permitirán comprender algo más del universo de Un mundo feliz y de las reacciones ambiguas (mezcla compleja de encono, desprecio, impresión de ingenuidad, vértigo ante el vacío de realidad y algo así como una inquietante sensación familiar…) que a nosotros nos producen sus “extraños” habitantes de un futuro demasiado cercano. Las expresiones de Huxley, al mismo tiempo, nos permitirán comprender algo más de la psicología, los impulsos, la sed de sangre, los movimientos de masas, la colectividad, la racionalidad, la revolución y la historia; todos ellos fenómenos humanos que el pensamiento del autor inglés sabe encubrir dramáticamente en un relato de una proximidad perturbadora:

El cambio realmente revolucionario deberá lograrse, no en el mundo externo, sino en el interior de los seres humanos. Viviendo como vivió en un período revolucionario, el marqués de Sade se valió con gran naturalidad de esta teoría de las revoluciones con el fin de racionalizar su forma peculiar de insanía. Robespierre logró la forma más superficial de revolución: la política […]. Entre sadismo y revolución realmente revolucionaria no hay, naturalmente, una conexión necesaria o inevitable. Sade era un loco, y la meta más o menos consciente de su revolución eran el caos y la destrucción universales. Las personas que gobiernan en El mundo feliz pueden no ser cuerdas, si consideramos el sentido absoluto del término, el sentido absoluto de la palabra, pero no son locos de atar, y su meta no es la anarquía, sino la estabilidad social. Para lograr esta estabilidad llevan a cabo, por medios científicos, la revolución final, personal, realmente revolucionaria[5].



[1] Huxley, A., Un mundo feliz, Trad. de Ramón Hernández, Buenos Aires, De Bolsillo, 2013, p. 198.
[2] Huxley, Op. Cit., p. 188.
[3] Huxley, A., “Prólogo” en Op. Cit., p. 10.
[4] Huxley, “Prólogo”, Op. Cit., pp. 10-11.
[5] Huxley, “Prólogo”, Op. Cit., p. 12.

martes, 14 de mayo de 2019

LOS PERROS DE PAJA Y LOS TRAZOS DEL DESTINO



El cielo y la tierra no son benévolos.
Para ellos los hombres son
Como perros de paja
Destinados al sacrificio.

El sabio no es benévolo.
Para él los hombres son
Como perros de paja
Destinados al sacrificio.

El espacio que hay entre cielo y tierra
Es como una flauta
Estando vacía no se agota,
Y cuanto más se mueve, más produce.

Las muchas palabras, no sirven
Más vale conservar lo interno[1].

Lao Tsé



Los perros de paja, recuerda el sinólogo alemán Richard Wilhem, cumplían una función ceremonial. Ellos eran reverenciados y, una vez cumplida la función fijada por el ritual, eran escarnecidos y luego incinerados. Lo mismo acontece con los hombres cuando encuentran el mundo dispuesto para la expresión de sus propósitos. Lo que parece superado es, en verdad, pospuesto. Ellos son como perros de paja y, finalizado el momento asignado a su acción, serán arrojados a las llamas. El sabio reconoce este parentesco y sabe que lo que dinamiza los eventos materiales tangibles es una potencia invisible, pero no por ello menos férrea. Cuando la acción de estos principios ideales finaliza, las imágenes materiales quedan despojadas de núcleo y gravitan exangües hasta ser desalojadas fatalmente del escenario del mundo y de la vida.
El cielo se conecta a la tierra, y ese vínculo es expresado por Lao Tsé, el sabio chino. Lo superior se vincula en forma continua con lo inferior. El espacio se encuentra vacío y, a lo largo de su extensión, permite la vinculación por medio de algo así como un hálito. El soplo es una modulación del aliento, que otorga una forma expresiva a las ideas. Por medio del soplo las ideas adquieren expresión corpórea. El vínculo cósmico, luego, se establece por una modulación proyectada a través de un medio expresivo capaz de otorgar consistencia material y vital a las ideas.
Las concepciones filosóficas trazadas encuentran una condensación simbólica en el Libro de las Transformaciones. Éste se sirve de trazos que admiten una diferencia mínima: son continuos (—) o bien discontinuos en su centro (‒ ‒). Esta distinción básica permite la construcción de estructuras más complejas por medio de adiciones sencillas. Ellas condensan, por el agregado de nuevas líneas, un mayor potencial de diferencias. Es así como, por medio de los 8 trigramas (tres líneas ‒continuas o discontinuas‒ ubicadas una encima de otra), adquiere forma simbólica y expresiva todo un conjunto de concepciones sumamente elaboradas y complejas.




Resultado de imagen para 8 trigramas y sus representaciones


Este lenguaje, por medio de su particular simbolismo, es operativo a un nivel trascendental, dado que, según Richard Wilhem,

Estos trigramas fueron concebidos como imágenes de cuanto ocurre en el Cielo y en la Tierra. Junto a esto prevalecía la creencia en una continua transición de un fenómeno en otro, tal como ocurre la transición de un fenómeno en otro en el mundo físico. Tenemos aquí el concepto fundamental de los cambios. Los ocho trigramas son símbolos que representan cambiantes estados de transición, imágenes que se hallan en constante transformación. La atención se centra no sobre las cosas en su estado de ser, como sucede por regla general en Occidente, sino sobre sus movimientos en mutación. De tal modo, los ocho trigramas no son representaciones de cosas como tales, sino de sus tendencias de movimiento[2].



Los 8 trigramas básicos son los que representan al cielo, la tierra, el fuego, el agua, el lago, la montaña, el trueno y el viento. Cada uno de ellos permite una asociación con una serie de sentidos enlazados. Por lo cual las posibilidades alusivas se multiplican al máximo. Por lo demás, este sistema simbólico permite la construcción de estructuras significativas extraordinariamente complejas. Es así como los 8 trigramas se asocian entre sí en la elaboración de los 64 hexagramas del Libro de las Transformaciones. El sistema de formación de estos signos permite modificar el sentido y construir una serie de alusiones anexas por medio de pequeñas modificaciones; por ejemplo, pasar de una línea continua a otra discontinua o viceversa. Ello modifica el sentido del conjunto, dando cuenta al mismo tiempo de un dinamismo intrínseco característico. Por lo cual, el sistema de codificación eidética del I Ching provee al sistema filosófico de un dinamismo que permite proyectar las transformaciones de un estado de la realidad en otro. Richard Wilhem resalta la idea de que los trigramas no son representaciones de ideas, sino de lo que podríamos llamar tendencias o tipos de cambios. La oposición señalada con el pensamiento occidental es de énfasis. El occidental, aun en el pensamiento aristotélico (eminentemente sustancialista), considera que los objetos individuales son el producto de una potencia cohesiva que imprime algo así como un equilibrio inestable sobre un substrato indeterminado que resiste la imposición de la forma. El equilibrio sustancial es producto, así, de un equilibrio inestable ‒de algo así como una armonización‒ entre fuerzas en cierto modo diferentes y en tensión. La teoría de las formas aristotélicas deriva, a su vez, de la platónica; y ésta, en grandes líneas, de la concepción pitagórica, aun más antigua. Con todo, por la filiación platónica del aristotelismo que domina las formas fundamentales de interpretación de la realidad de la inteligencia occidental, se opone muchas veces la “teoría de las Ideas” de Platón con el esquema de los antiguos pensadores chinos, no obstante las semejanzas estructurales innegables existentes entre ambas concepciones filosóficas. Así, por ejemplo, se comprenderán las siguientes explicaciones de Richard Wilhem:

El segundo tema fundamental del Libro de los Cambios es su ideología. Los ocho trigramas no son imágenes tanto de objetos como de estados de cambio. Este aspecto está asociado con el concepto expresado en las enseñanzas de Lao Tse, como asimismo en las de Confucio: todo cuanto ocurre en el mundo visible es el efecto de una ‘imagen’, es decir, de una idea en el mundo invisible. En consecuencia, todo cuanto sucede sobre la tierra es sólo la reproducción, por así decirlo, de un acontecimiento en un mundo más allá de nuestra percepción sensorial; en cuanto a su ocurrir en el tiempo, es posterior al evento suprasensible. Los hombres santos y los sabios, que están en contacto con todas estas esferas superiores, tienen acceso a estas ideas a través de la intuición directa y, por lo tanto, se hallan facultados para intervenir en forma decisiva en los acontecimientos del mundo. Así el hombre está vinculado con el Cielo, el mundo suprasensible de las ideas, y con la tierra, el mundo material de las cosas sensibles, para formar con éstos una trinidad de los poderes fundamentales.
Esta teoría de las ideas se aplica en un doble sentido. El Libro de los Cambios muestra las imágenes de los acontecimientos y asimismo el devenir de los estados in statu nascendi[3].



Por la acción de las potencias del cielo se configura un estado de realidad inferior y concreto. El entramado invisible construye los pliegues de las realidades materiales más densas. Lo sutil se torna denso y los objetos materiales se manifiestan en todo su carácter en virtud de la condensación de trazos ideales. No obstante lo cual, queremos hacer notar que la acentuación del devenir y la oposición trazada con el pensamiento occidental, aun tal como puede verse en la ciencia moderna, es más bien superficial. Los objetos son, en las concepciones contemporáneas, considerados como sistemas definidos productos de un equilibrio de tendencias. La estabilidad que determina la identidad del sistema depende de un conjunto de variables y de su conservación dentro de una serie de parámetros estables. Existen, por lo tanto, en cada sistema, una multiplicidad de líneas (caminos o posibilidades) por las cuales puede llegar a constituirse, y otras tantas por las que puede dejar de ser el que es. Es así como todo sistema material estructuralmente definido contiene en sí mismo una dinámica anexa. Esta dinámica se funda en una serie de movimientos potenciales, con condiciones energéticas definidas y determinantes de su efectivo desarrollo. Por lo tanto, el objeto puede concebirse ya sea directamente en virtud de la especificidad de sus condiciones intrínsecas, o mediatamente a través de la posibilidad de sus cambios.
Retornando a la concepción oriental estudiada, debemos decir que el cielo, por medio de las imágenes, configura el entramado de los eventos de nuestro mundo terreno. Estas imágenes representan estados, pero también tendencias, direcciones potenciales del cambio. El presente es considerado ‒de una manera bien aristotélica‒ como un acto de ser que entraña el movimiento. Ahora bien, el movimiento, tal como es por todos evidente, se extiende y desarrolla desde un contrario hacia su opuesto. Por ello, estas ideas básicas del Libro de las Transformaciones se asociaron con la de la pareja de opuestos fundamentales del Yin y el Yang, la dualidad de principios que surge de la unidad fundamental. Por lo pronto, cada opuesto tiene un lugar, un puesto asignado en la dimensión de la realidad, y cada imagen puede concebirse como la codificación de un opuesto (o bien, de una forma más ambigua, con una significación formada por una conjugación de estos opuestos; por ejemplo, en la consideración aristotélica, el ‘fuego’ incluye las nociones de lo caliente y lo seco, mientras que el ‘agua’ las nociones opuestas de lo frío y lo húmedo) estructuralmente básico. El momento asignado a la manifestación material se encuentra ordenado por la acción de las imágenes celestes. Existe un momento de agotamiento de un movimiento que viene a coincidir con el del desarrollo incipiente del otro contrario.
Por ello, la filosofía oriental, tal como se encuentra trazada en el I Ching, considera el desarrollo de las manifestaciones de la realidad desde un esquema dinámico de surgimiento, evolución, plenitud, declive y desvanecimiento. El momento de máximo esplendor del principio de manifestación más potente de una imagen es el principio mismo de su inminente derrumbe. Es fundamental, en el dominio comprehensivo de la realidad, la adecuada percepción de las realidades incipientes. A ello es a lo que refiere Wilhem al hablar de la realidad in status nascendi, esto es, en las primeras instancias de desarrollo de una modalidad existencial diferenciada. Es así como todos estos pensamientos, que configuran una concepción del universo, se asocian con la porción oracular del Libro de las Transformaciones. Se trata, finalmente, de determinar cursos de acción comprendiendo las estructuras fundamentales según las cuales se desenvuelve el cosmos. Con esta comprensión de las estructuras de la realidad, la acción del sabio puede llegar a ser realmente operativa. En efecto, la versión oracular deja un amplio margen para la decisión del individuo. Y lo hace mostrando con claridad modos de respuesta correlativos a una dada configuración de la realidad expuesta por el trazado oracular: cómo es que actúa el necio y cómo es que, por el contrario, actúa el hombre sabio.

Es así como el individuo se hizo partícipe de la configuración del destino porque sus actos mediaban como factores determinantes de los acontecimientos universales, y en forma tanto más decisiva, cuanto más pronto era capaz, con ayuda del Libro de los Cambios, de reconocer las situaciones en sus fases germinales. ¡Los gérmenes son lo importante!.
Mientras las cosas se hallan en su formación, pueden ser dirigidas, pero una vez que han crecido hasta sus últimas consecuencias, adquieren un poder tan avasallador que el hombre se encuentra impotente ante ellas. Por eso el Libro de los Cambios llegó a ser un libro de adivinación particular. Sus hexagramas y líneas imitaban, en sus movimientos y cambios, los movimientos y cambios del macrocosmos[4].
              
                                                                     
            El hombre incluye en sí mismo los mismos elementos que el mundo. Por ello puede reunirse, interpretar y actuar de una forma efectivamente operativa con el universo. Él mismo comprehende los mismos principios de la realidad y los condensa de manera consciente y reflexiva; por ello, la particularidad del I Ching como libro oracular aparece en la posibilidad de desarrollar una acción efectiva fundada en un conocimiento certero de los procesos rectores del dinamismo intrínseco de la realidad. La consideración in statu nascendi es la modalidad privilegiada de entendimiento del sabio. Éste trabaja con las tendencias antes de que se nutran y con las manifestaciones de la realidad antes que se desarrollen; es así como éste desata lo que todavía no se encuentra atado y deambula sin dejar huellas, de manera indiferente, a través de caminos atestados o bien escasamente transitados.
            Aquí quisiéramos distinguir lo que sería una acción sobre el desarrollo incipiente de una manifestación de la realidad recientemente condensada en el plano sensible (dada tanto en el macro como en el microcosmos) de lo que sería una acción sobre las semillas[5]. En sentido estricto, la acción germinal actúa sobre las fuerzas una vez que las semillas comienzan a desarrollarse. Una acción sobre las semillas, por otra parte, representa una acción previa. Es una acción indirecta que trabaja sobre el medio, procurando, en virtud de operaciones definidas, que dicha potencialidad no pueda ser actualizada. En términos contemporáneos, podríamos decir que el sistema se ordena de manera tal que el movimiento potencial resulte obliterado por condiciones energéticas restrictivas. En términos tradicionales, según el pensamiento del Libro de los Cambios, se trata de que las imágenes que constituyen el entramado invisible no puedan manifestarse en el mundo visible. Ello se logra, fundamentalmente, procurando un ambiente efectivo donde se encuentren activas determinadas combinaciones de principios que resulten refractarios a la acción de los principios funestos. Por ello, de un modo natural, la sabiduría del I Ching se continúa y desarrolla, por ejemplo, en el Feng Shui.
            Las ideas aquí expuestas son interpretaciones elaboradas, si se quiere por una mentalidad occidental, sobre una concepción filosófica que puede considerarse a un tiempo exótica y principalmente compleja. Con todo, interesó mostrar hasta aquí cómo la concepción occidental, aunque diversa, no es necesariamente contradictoria con la oriental. Creemos que, de hecho, se trata no de ideas contrapuestas, sino de acentuaciones complementarias y cuya comunicación es apta para colaborar, a las posibilidades de un enriquecimiento mutuo. Ahora bien, interesa mostrar aquí que, para la concepción trazada por el Libro de las Transformaciones, el individuo es libre de elegir cursos de acción alternativos. Ello significa que el destino no se encuentra apodícticamente trazado. Una situación provee un espectro de potencialidades, de movimientos por los cuales pueden desarrollarse de manera efectiva los sucesos. El individuo elige, recortando entre el abanico virtualmente desplegado, entre esos movimientos. Posteriormente a la decisión, la situación cambia, y el espectro de movimientos diferenciales también lo hace. El devenir dependerá, así, de la determinación de la libertad del sujeto; aunque, a grandes líneas, puede trazarse una tipificación de las clases de movimiento: una será la línea seguida por el sabio, y otra la seguida por el necio. No obstante, interesa mostrar que, si existe una descripción de las estructuras fisiológicas de la historia ‒permítanme llamarla de ese modo‒, no hay aquí una filosofía de la historia, a la manera hegeliana, con un delineado continuo de una trayectoria completa y necesaria de la vida de la humanidad y de las naciones.
            El modo en que las realidades trazadas por el cielo (las imágenes simbolizadas por los trigramas) adquieren consistencia en la tierra no es por demás claro. Se trata del viejo problema de la comunicación entre las Ideas subsistentes en el “ámbito inteligible” y los objetos particulares localizados en el “ámbito sensible”. Tal inconveniente ha recibido soluciones sumamente desarrolladas, fundamentalmente en el pensamiento neoplatónico. Paralela, y con vínculos innegables, con este pensamiento se encuentra la tradición esotérica, que considera la existencia de un plano intermedio entre el reino de los Principios arquetípicos y el plano material de recepción de los mismos. Estas nociones son aclaradas por el estudioso ocultista francés Gerard Encausse (el Dr. Papus) cuando puntualiza que

En el dominio de este plano de creación primordial, no hay sino ideas, principios, igual que ocurre en el cerebro del artista. Entre ese plan superior y nuestro mundo físico visible, hay un plano intermedio encargado de recibir las impresiones del plano superior y realizarlas actuando sobre la materia, así como la mano del artista está encargada de recibir las impresiones del cerebro y de fijarlas sobre la materia.
Este plano intermedio entre el principio de las cosas y las cosas mismas, es lo que se llama en ocultismo el plano astral[6].


            Lao Tsé ilustraba el volumen que mediaba entre el cielo y la tierra con la imagen de un espacio vacío que permite la acción del soplo divino en la diversidad de sus modulaciones creativas. Lo cierto es que lo que afirma fundamentalmente aquí es la presencia de un espacio que establece una continuidad entre polos opuestos. Ese espacio es definido por el pensamiento tradicional como el de un mediador plástico doblemente polarizado. Eso significa que, por una sección, la superior del plano intermedio, éste se aproxima al divino, y desde allí recibe y elabora los principios superiores. Una vez incorporados estos principios a su plano, éstos descienden hasta las regiones inferiores del astral, polarizados en dirección al plano material. Desde allí se desprende la región efectiva de los principios superiores, que descienden hacia la materia desde el plano divino. De este modo se explica el funcionamiento básico de esa dinámica funcional donde, desde una idea que agrupa una serie de características fundamentales, pueden surgir una serie de individualidades diferenciadas. Estos individuos, no obstante sus diferencias, son aptos para ser agrupados dentro del mismo concepto por ser modelados, todos, en acuerdo a los mismos principios operativos en el plano de los arquetipos inteligibles. La consideración de la unidad de la idea y de la multiplicidad de las expresiones sensibles nos va a permitir profundizar un poco más en el funcionamiento de este plano intermediador e intermedio con explicaciones adicionales del Dr. Papus:

Regresemos ahora al artista y a su estatuilla. Supongamos que la materia, vencida por el trabajo, se haya doblegado a los impulsos de la mano que la modela, y que la estatuilla esté ahora acabada.
Pero ¿qué es, en sustancia, esta estatuilla? Una imagen física de la idea que el artista tiene en su cabeza. La mano ha hecho el papel de un molde en el que se ha dado forma a la materia, y esto es tan cierto que, si por un accidente la estatuilla se rompe, el artista hallará la forma original archivada en su cerebro y podrá moldear una nueva estatuilla, una imagen más o menos perfecta de la idea que sirve de modelo.
Pero existe un medio para evitar la pérdida de la estatuilla una vez terminada, y éste es hacer un molde de la misma. De esta manera se consigue un negativo de la pieza que se quiere reproducir, y la materia saldrá del molde siempre en su forma original, sin que el artista tenga que volver a intervenir.
Así pues es suficiente que haya un negativo de la idea original para que tomen forma multitud de imágenes positivas de esa idea, imágenes idénticas entre sí, por la acción de ese negativo sobre la materia[7].

El modelo universal adquiere consistencia en el mundo material por medio de un clisé: una imagen en negativo de los principios eidéticos, que se fija en el plano astral. Esta especie de proyección astral, hemos dicho, representa el negativo, un molde intermediario del original, que puede servir de modelo para una multiplicidad de nuevas copias. Por ello, el clisé, la constitución y la fijación del mismo, adquiere, en cierta forma, una existencia dramática. El clisé, para esta concepción, no depende solamente de la acción de los principios superiores en el plano intermedio, sino que también puede formarse por perturbaciones producidas, en la materia fluida y receptiva del plano intermedio, a través de la acción del ser humano. En todo caso, en tanto su trazado subsista, gravitará sobre la atmósfera del mundo y, cuando la ocasión sea propicia, adquirirá una condensación tangible[8]. El fundamento de esta operatividad del hombre en el plano intermedio se funda en el hecho de que el ser humano reúne los mismos principios que el universo ‒desde los superiores a los más burdos‒, y la inteligencia unida a su voluntad es capaz de modificar la atmósfera del astral del universo con el que se encuentra inmediatamente conectado. Esta especie de mar ‒en el que habitan una serie de entidades, en las que no importa aquí detenernos‒ es, en cierta forma, imantado, galvanizado, cargado, con la cualidad anímica predominante y dirigido en formación de estructuras sutiles, que gravitan hasta ser disueltas por la acción de una voluntad más poderosa. Es así como estas influencias, surgidas de la acción del hombre,

Reunidas por simpatías analógicas, según la ley mecánica de la fuerza de igual dirección, se multiplican concentrándose en una resultante común. Es entonces cuando todo el mundo, con una conciencia más o menos oscura, siente que hay una idea en el aire, o cuando menos los sensitivos la perciben y la enuncian, a veces, como una realidad ya efectuada, pero que en el presente es aún invisible. Entonces se recibe un presentimiento, una previsión de las cosas futuras, un oráculo[9].


Este es el proceso de constitución de la atmósfera del astral. En función de esta atmósfera, fundamentalmente, las ideas del plano superior podrán (o no) manifestarse. El ambiente propicio, el que permite o impide las manifestaciones, corresponde a la cualidad del plano intermedio. Con estas nociones logramos comprender cómo puede lograrse una resolución conceptual, por un lado, del problema de la comunicación de las ideas con el mundo material más burdo. Y, por el otro, logramos clarificar cómo es que la acción humana resulta operativa (de forma mediata o inmediata) y cómo esta acción no es contradictoria ‒sino que más bien entra en conjunción‒ con la acción real de los trazados ideales subsistentes en el plano divino; y cómo las imágenes simbolizadas por los trigramas ‒y descritas en combinaciones más complejas por los hexagramas en el Libro de las Transformaciones (con sus movimientos potenciales anexos)‒ pueden adquirir consistencia efectiva en el mundo sensible.  
De este modo se comprende cómo el sabio logra percibir y actuar sobre las realidades incipientes o bien sobre aquello que aún no ha surgido a la vida. Claro que este nacimiento es relativo a nuestro plano, dado que existe una contemporaneidad con las realidades astrales, y es sobre ellas sobre las que opera el sabio. La flauta mágica de la modulación universal se pone en funcionamiento cuando se alcanza una conjunción adecuada en los principios superiores. El astral mismo, en virtud de la condensación de la luz fluida de su mar interior, es apto para adquirir una manifestación material concreta. Sea como fuere, la conjunción armónica de los planos es la que proyecta los eventos de la Tierra, según un plan fijado en las imágenes trazadas a nivel eidético. Cuando este esquema se encuentra operativo, es cuando los individuos que deben representar el plan; se ponen en movimiento y son acogidos triunfalmente por todas las fuerzas de la tierra. Es así como estos intérpretes encuentran la mesa servida y son acogidos y celebrados, a lo largo y ancho del escenario del mundo, en la medida en que esta conjunción armónica permanezca. Luego, agotada ésta, son escarnecidos para, cuando la proyección eidética concluya, como perros de paja, ser finalmente destinados a las llamas. Y es allí, en el fuego, donde la celebración del antiguo ritual religioso se consuma en una hoguera purificadora.


[1] Lao Tsé, Tao Te King, Trad. de Pedro Lozano Mitter, Barcelona, Edicomunicación, 1994, p. 46.
[2] Wilhem, R., “Introducción al I Ching”, en I Ching, Trad. de Helena Jacoby de Hoffmann, Cuatro Vientos, Chile, 1994, p. 36.
[3] Wilhem, “Introducción al I Ching”, Op. Cit., p. 43.
[4] Wilhem, Introducción al I Ching, Op. Cit., p. 40.
[5] Este tema de las semillas de la realidad es aclarado por el estudioso alemán Richard Wilhem en su Estudio preliminar al Tao Te King de Lao Tsé: “Es decir, no es por una abstracción la cual llega a sus pensamientos, sino que una profunda meditación en el mundo de su interior es la que le muestra esas imágenes. Esas imágenes son incorpóreas, ilimitadas. Son como las fugaces imágenes de cosas, son como semillas de la realidad. Así como en el grano está incluido el árbol impalpable e invisible y a pesar de todo presente como una entelequia, así están comprendidas en estas ‘semillas-imágenes’ las cosas de la realidad. Se manifiestan intermitentemente y se desarrollan de una forma bien concreta, ya que estas semillas son bien reales y en ellas está basada la solidez de los sucesos; nunca ocurre que de una determinada semilla salga algo diferente; y aunque esto llegara a ocurrir, no se adhieren al Ser, vuelven a la nada y dejan las carcasas de los fenómenos, que antes había animado, muertos y vacíos. Pero la vida no muere tampoco cuando ‘los perros de paja’ de los fenómenos son tirados y maltratados. Vemos en esta ideología de Lao Tse una evolución de la enseñanza de los brotes, tal como está comprendida en el Libro de las Transformaciones” (Wilhem R., “Las enseñanzas de Lao Tsé. Comentario” en “Introducción a Lao Tsé”, incluido en: Lao Tsé, Tao Te King, Trad. de Pedro Lozano Mitter, Barcelona, Edicomunicación, 1994, pp. 18-19).
[6] Papus, Tratado elemental de Ciencias ocultas, Barcelona, Brontes, 2008, p. 231, énfasis original.
[7] Papus, La ciencia de los magos, Trad. de Loto Parrella, Abraxas, Barcelona, 2006, p. 49.
[8] Estas ideas han sido genialmente ilustradas por Arthur Conan Doyle, quien estudió a fondo la cuestión, en Jugar con fuego, uno de sus relatos más extraordinarios.
[9] Papus, Tratado elemental de Ciencias ocultas, Op. Cit., p. 239, énfasis original.